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Desde lo alto de una cuesta, por entre las escobillas del limpiaparabrisas, O'Connell vio al cónsul Bertoldi que corría a ocultarse detrás de una hilera de bananeros. Iba cubierto por el panamá y arrastraba una valija. Kiko apretaba el acelerador a fondo, pero el Chevrolet se había quedado sin resuello y una humareda blanca subía desde el capó. El irlandés tomó la linterna y se arrojó del camión en marcha. Tropezó, pero consiguió enderezarse y se internó en la selva detrás del argentino. De vez en cuando cantaba un sapo y los insectos se movían en remolino alrededor de la luz. O'Connell llamó al cónsul por su nombre y lo sorprendió escucharse de nuevo la voz que sonaba áspera y un poco excedida. Caminó unos minutos en círculo, tomando como eje un árbol agujereado por las termitas, y volvió a llamar a Bertoldi en todos los tonos de cordialidad que le vinieron a los labios. Entendía bien por qué el argentino se ocultaba de él y se puso a explicar en detalle las causas que lo habían privado de la voz y de participar en la insurrección. Al rato, mientras charlaba a solas y alumbraba entre el follaje, sintió que le picaba la nariz y empezó a estornudar otra vez. Se preguntó cuál sería la planta que le resultaba tan dañina y empezó a apartar hojas y matorrales hasta que encontró al cónsul acurrucado contra la valija, ente dos tallos nudosos atiborrados de flores blancas. El argentino cerraba los ojos y se apretaba las orejas como si esperara un estallido. Una mosca gorda y azulada le caminaba por la nariz e iba a escarbar en las pestañas abundantes. O'Connell lo observó, perplejo, con el pañuelo en la mano, y entre un estornudo y otro le preguntó si la explicación le había resultado satisfactoria. Bertoldi abrió los ojos lentamente; la mosca se espantó y quedó dando vueltas entre los dos hombres hasta que O'Connell se agachó para mirar al cónsul de frente y demostrarle que estaba diciendo la pura verdad.

– Tengo sus cartas, por si no me cree.

– ¿Mis cartas?

– Un paquete grande. No sé para qué escribía tanto; no hay nada que no pueda decirse en dos palabras.

– Aquí adentro hay una bandera -el cónsul señaló la valija temblando-. Cuando esté muerto cúbrame con ella.

– Está bien. Me emocionó con el discurso, le aseguro ¿Dónde está Quomo?

– En el tren, con los monos. ¿En serio estuve bien?

O'Connell encendió un cigarrillo y lo puso en los labios del cónsul.

– Demoledor. Hace tiempo que nadie puteaba tanto a los ingleses.

– Yo lo único que quería era salir de acá – dijo Bertoldi en un hilo de voz.

– Va a salir hombre, ya se lo dije. En el avión del Emperador.

Dos lagrimones largos corrieron por las mejillas encarbonadas del cónsul. O'Connell lo tomó de la nuca y lo atrajo contra un hombro. El cigarrillo cayó sobre las hojas mojadas.

– Ya estamos cerca, compañero. Vamos, que el comandante está esperando.

– ¿Entonces me perdona…?

– Quédese con el sombrero si le gusta tanto, hombre -el irlandés levantó el cigarrillo y le dio una pitada-. Déme que le llevo la valija.

– No me quería rendir, ¿sabe?, no les quería dar el gusto.

– ¡Cómo se iba a rendir!

El cónsul se refregó la cara con la manga del impermeable y sacó la botella. Estaba tan tiznado como Al Johnson.

– No se imagina las que pasé por esa valija… -dijo y se puso de pie.

– Ya me va a contar. Venga que le doy las cartas.

O'Connell caminó adelante, con la maleta, hasta que salieron de la selva. Al otro lado de la ruta esperaba el Chevrolet con los faros encendidos. Cuando lo vio llegar, Kiko hizo sonar la bocina y gritó, alborozado:

– ¡Hombre de Falkland traer plata! ¡Festejar, festejar!

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