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El coche se detuvo en el camino de acceso.

– Lo siento mucho, Hope -fueron las primeras palabras de Sally desde que salieran del hospital-. Sé cuánto significaba para ti.

A Hope le pareció que era la primera frase amable que oía de su compañera en meses. Inspiró hondo y sin decir nada se apeó. Recorrió el jardín, mientras la hojarasca revoloteaba a sus pies. Se detuvo ante la puerta y la contempló un segundo antes de volverse hacia Sally.

– Por aquí no entró -dijo con un profundo suspiro-. Habría necesitado utilizar una ganzúa y habrían quedado marcas.

Sally se acercó a ella.

– Por detrás -dijo-. Por el sótano. O tal vez por una de las ventanas laterales.

Hope asintió.

– Miraré la parte de atrás. Comprueba tú las ventanas, sobre todo las de la biblioteca.

Hope no tardó en encontrar la trampilla del sótano forzada. Se quedó inmóvil un momento, mirando las astillas de madera diseminadas por los escalones de cemento del sótano.

– ¡Sally, aquí abajo!

Sólo había una bombilla pelada en el techo, que proyectaba extrañas sombras en los rincones del viejo sótano. Hope recordó que, cuando Ashley era una niña, siempre le daba miedo bajar sola a hacer la colada, como si temiera que los rincones y las telarañas ocultaran monstruos o fantasmas. Anónimo la acompañaba en esas ocasiones. Incluso en su adolescencia, cuando Ashley ya no creía en esas cosas, cogía sus vaqueros ceñidos y la diminuta ropa interior que no quería que descubriera su madre, una galleta para perros, y dejaba la puerta del sótano abierta para Anónimo. Entonces el chucho bajaba ansiosamente la escalera, haciendo suficiente ruido para espantar a cualquier demonio persistente, y esperaba a Ashley, sentado y con la cola barriendo el polvoriento suelo.

Hope se volvió cuando Sally bajó por la escalera.

– Entró por aquí -dijo.

Sally miró las astillas y asintió.

– Luego entró en la cocina…

– Ahí es donde Anónimo debió de oírlo u olerlo -dijo Sally.

Hope tomó aliento.

– Le gustaba esperarnos en el vestíbulo, así que tuvo que reaccionar, y supo que no éramos nosotras ni Ashley que volvía a casa.

Hope escrutó la cocina.

– Aquí es donde le hizo frente -dijo en voz baja. «Su último acto de lealtad», pensó. Se lo imaginó con el pelaje gris erizado, enseñando los colmillos. Defendiendo su casa y su familia, aunque su visión era débil y casi estuviera sordo. Hope contuvo las lágrimas y se agachó para examinar el suelo con atención.

– Mira aquí -dijo tras unos segundos.

Sally miró.

– ¿Qué es?

– Sangre. Al menos eso parece. Y probablemente no es de Anónimo.

– Tienes razón -dijo Sally, y añadió en voz baja-: Buen perro.

– ¿Quién pudo ser?

Esta vez fue Sally quien inhaló bruscamente.

– Fue él -dijo.

– ¿Él? ¿Te refieres a…?

– A O'Connell.

– Pero creía… dijiste que se había olvidado de Ashley. El detective privado te dijo…

– El detective privado está muerto. Asesinado. Ayer.

Hope abrió los ojos como platos.

– Iba a decírtelo cuando llegué a casa…

Sally no necesitó continuar.

– ¿Asesinado? ¿Cómo? ¿Dónde?

– En una calle de Springfield. Estilo ejecución, o eso pone el periódico.

– ¿Qué demonios significa «estilo ejecución»?

– Significa que alguien se le acercó por detrás y le metió dos balas en la nuca. -La voz de Sally sonó fría y profesional.

– ¿Crees que fue él? ¿Por qué?

– No lo sé con seguridad. Muchas personas odiaban a Murphy. Cualquiera de ellos…

– Pero crees que fue O'Connell. -Hope contempló las manchas de sangre en el suelo.

– ¿Quién si no?

– Bueno, pudo ser un ladrón.

– No es corriente en este barrio. Cuando ocurre algo así, suelen ser chavales que se llevan un par de cosas. ¿Ves que hayan robado algo?

– No. Si fue O'Connell, eso significa…

– Que vuelve a ir tras Ashley.

– Pero ¿por qué vino aquí?

Sally se estremeció.

– Seguramente buscaba información.

– Pero creí que Scott había inventado esa historia sobre Italia y O'Connell se la había creído.

Sally sacudió la cabeza.

– No lo sabemos -dijo-. No tenemos ni idea de lo que cree o no cree O'Connell, ni de lo que ha averiguado. Ni de lo que ha hecho. Sólo sabemos que han matado a Murphy y ahora a Anónimo. ¿Ambos hechos están relacionados? -Suspiró, apretó los puños y se dio unos golpecitos en la cabeza con gesto de frustración-. No sabemos nada con certeza.

Hope miró el suelo y le pareció ver más gotas de sangre junto a la puerta que daba al resto de la casa.

– Ven, echemos un vistazo -dijo.

Sally cerró los ojos y se apoyó un momento contra la pared. Dejó escapar un suspiro largo y lento.

– Al menos aquí no hay nada que indique dónde está Ashley. Me encargué de eso. -Abrió los ojos y continuó-.Y Anónimo, al atacarlo con fiereza, bastó probablemente para ahuyentarlo.

Hope asintió, pero no estaba tan segura.

– Echemos un vistazo -insistió.

Había otra mancha de sangre en el pasillo que conducía a la biblioteca y la salita.

Hope lo observó todo con atención, buscando algún signo que indicara que O'Connell había estado allí. Cuando sus ojos se posaron en el teléfono, jadeó y musitó:

– Sally, mira aquí.

Había varías manchas de sangre escarlata en el teléfono.

– Pero es sólo el teléfono… -empezó Sally. Entonces vio que el piloto rojo del contestador estaba parpadeando. Pulsó reproducción.

La alegre voz de Ashley llenó la habitación.

«Hola, mamá y Hope. Os echo de menos, pero me lo estoy pasando la mar de bien con Catherine. Creo que me pasaré a veros dentro de un par de días. Es que necesito ropa de abrigo. Vermont es precioso durante el día, pero de noche hace mucho frío. Me va a hacer falta un abrigo y tal vez unas botas. Iré en el coche de Catherine. Hablaré con vosotros más tarde. Os quiero.»

– Oh, Dios mío -farfulló Sally-. Oh, no.

– Lo sabe -dijo Hope.

Sally retrocedió, tenía la cara desencajada.

– Eso no es todo -musitó Hope. Sally siguió su mirada.

La segunda balda de una estantería estaba llena de fotos familiares: de Hope y Sally, de Anónimo, y de todos ellos con Ashley. También había una elegante foto de Ashley, de perfil, haciendo senderismo por las Green Mountains durante una puesta de sol, una foto afortunada que la mostraba justo en esa maravillosa transición de niña a mujer, de los correctores dentales y las rodillas huesudas a la gracia y la belleza.

La foto solía ocupar el centro del estante. Pero ya no estaba allí.

Sally sollozó y corrió al teléfono. Marcó el número de Catherine, que sonó una y otra vez, sin que nadie respondiese.

Esa noche Scott había ido a una facultad cercana para asistir a una conferencia de un catedrático de Harvard que estaba haciendo una gira. El tema era la historia y la evolución del derecho procesal. Había sido muy interesante, y se sentía de excelente ánimo. Cuando se detuvo en el camino de vuelta a casa para comprar un poco de pollo agridulce y ternera con setas en un restaurante chino, se sentía con ganas de sentarse a su escritorio para seguir corrigiendo los trabajos de sus estudiantes.

Se recordó que tenía que llamar a Ashley para comprobar cómo estaba y ver si necesitaba algo de dinero. No le agradaba que la madre de Hope tuviera que pagar la estancia de Ashley. Le parecía que deberían buscar algún acuerdo económico equitativo, sobre todo porque no sabía cuánto tiempo tendría Ashley que pasar allí. No mucho más, tal vez. Pero aun así era una carga imprevista para la anciana. No conocía la situación financiera de Catherine. Sólo la había visto un par de veces, en momentos breves y amables. Sabía que apreciaba a Ashley, lo cual la convertía básicamente en buena gente.

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