Литмир - Электронная Библиотека

La primera vez que vi a Julián en persona fue en la estación de Austerlitz. El otoño había llegado a París a traición y la estación estaba inundada de niebla. Me quedé esperando en el andén, mientras los pasajeros partían hacia la salida. Pronto me quedé sola y vi a un hombre enfundado en un abrigo negro apostado a la entrada del andén que me observaba entre el humo de un cigarrillo. Durante el viaje me había preguntado a menudo cómo iba a reconocer a Julián. Las fotografías que había visto de él en la colección de Miquel Moliner tenían por lo menos trece o catorce años. Miré a un lado y a otro del andén. No había nadie más excepto aquella figura y yo. Advertí que el hombre me contemplaba con cierta curiosidad, quizá esperando a otra persona, al igual que yo. No podía ser él. Según mis datos, Julián tenía entonces treinta y dos años, y aquel hombre me pareció mayor. Tenía el pelo cano y una expresión de tristeza o cansancio. Demasiado pálido y demasiado delgado, o quizá fuera sólo la niebla y el cansancio del viaje. Había aprendido a imaginar un Julián adolescente. Me aproximé a aquel desconocido con cautela y le miré a los ojos.

– ¿Julián?

El extraño me sonrió y asintió. Julián Carax tenía la sonrisa más bonita del mundo. Es lo único quedaba de él.

Julián ocupaba una buhardilla en la barriada de St. Germain. El piso se reducía a dos piezas: una sala con una cocina diminuta que daba a una balaustrada desde la que se veían las torres de Notre-Dame emergiendo tras una jungla de tejados y neblina, y un dormitorio sin ventanas con un lecho individual. El baño estaba al fondo del pasillo del piso inferior y lo compartía con el resto de vecinos. El conjunto de la vivienda era más pequeño que el despacho del señor Cabestany. Julián había limpiado a conciencia y había dispuesto todo para acogerme con sencillez y decoro. Fingí estar encantada con la casa, que todavía olía al desinfectante y a la cera que Julián había aplicado con más empeño que maña. Las sábanas de la cama se veían por estrenar. Me pareció que eran de un estampado con dibujos de dragones y castillos. Sábanas de niño. Julián se disculpó diciendo que las había conseguido a un precio excepcional, pero que eran de primera calidad. Las que no llevaban estampado costaban el doble, argumentó, y eran más aburridas.

En la sala había un escritorio de madera vieja enfrentado a la visión de las torres de la catedral. Sobre él yacía la máquina Underwood que había adquirido con el anticipo de Cabestany y dos pilas de cuartillas, una en blanco y la otra escrita por ambas caras. Julián compartía el piso con un inmenso gato blanco al que llamaba Kurtz. El felino me observaba con recelo a los pies de su dueño, relamiéndose las garras. Conté dos sillas, una percha y poco más. Lo demás eran libros. Murallas de libros cubrían las paredes desde el suelo hasta el techo, en dos capas. Mientras yo inspeccionaba el lugar, Julián suspiró.

– Hay un hotel a dos calles de aquí. limpio, asequible y respetable. Me permití hacer una reserva…

Tuve mis dudas, pero temía ofenderle.

– Aquí estaré perfectamente, siempre y cuando no suponga una molestia para ti, ni para Kurtz.

Kurtz y Julián intercambiaron una mirada. Julián negó, y el gato imitó su gesto. No me había dado cuenta de lo mucho que se parecían el uno al otro. Julián insistió en cederme el dormitorio. Él, alegaba, apenas dormía y se instalaría en la sala en un plegatín que le había prestado su vecino monsieur Darcieu, un anciano ilusionista que leía las líneas de la mano a las señoritas a cambio de un beso. Aquella primera noche dormí de un tirón, agotada por el viaje. Me desperté al alba y descubrí que Julián había salido. Kurtz dormía sobre la máquina de escribir de su dueño. Roncaba como un mastín. Me aproximé al escritorio y vi el manuscrito de la nueva novela que había venido a recoger.

El ladrón de catedrales

En la primera página, al igual que en todas las novelas de Julián, rezaba la leyenda, escrita a mano:

Para P

Me sentí tentada de empezar a leer. Estaba a punto de tomar la segunda página cuando advertí que Kurtz me miraba de reojo. Al igual que había visto hacer a Julián, negué con la cabeza. El gato negó a su vez, y devolví las páginas a su lugar. Al rato, Julián apareció trayendo pan recién hecho, un termo de café y queso fresco. Desayunamos en la balaustrada. Julián hablaba sin cesar pero rehuía mi mirada. A la luz del alba me pareció un niño envejecido. Se había afeitado y enfundado el que supuse era su único atuendo decente, un traje de algodón color crema que se veía gastado pero elegante. Le escuché hablarme de los misterios de Notre-Dame, de una supuesta barcaza fantasma que surcaba el Sena por las noches recogiendo las almas de los amantes desesperados que se habían suicidado tirándose a las aguas heladas, de mil y un embrujos que inventaba sobre la marcha con tal de no permitirme preguntarle nada. Yo le contemplaba en silencio, asintiendo, buscando en él al hombre que había escrito los libros que conocía casi de memoria de tanto releerlos, al muchacho que Miquel Moliner me había descrito tantas veces.

– ¿Cuántos días vas a estar en París? -preguntó.

Mis asuntos con Gallimard iban a llevarme unos dos o tres días, supuse. Mi primera cita era aquella misma tarde. Le dije que había pensado tomarme un par de días para conocer la ciudad antes de regresar a Barcelona.

– París exige más de dos días -dijo Julián-. No se aviene a razones.

– No dispongo de más tiempo, Julián. El señor Cabestany es un patrón generoso, pero todo tiene un límite.

– Cabestany es un pirata, pero incluso él sabe que París no se ve en dos días, ni en dos meses, ni en dos años.

– No puedo estar dos años en París, Julián.

Julián miró un largo rato en silencio y me sonrió.

– ¿Por qué no? ¿Alguien te espera?

Los trámites con Gallimard y mis visitas de cortesía a varios editores con quienes Cabestany tenía contratos ocuparon tres días completos, tal y como había previsto. Julián me había asignado un guía y protector, un muchacho llamado Hervé que tenía apenas trece años y se conocía la ciudad al dedillo. Hervé me acompañaba de puerta a puerta, se aseguraba de indicarme en qué cafés tomar un bocado, qué calles evitar, qué vistas apresar. Me esperaba durante horas a la puerta de las oficinas de los editores sin perder la sonrisa y sin aceptar propina alguna. Hervé chapurreaba un español divertido, que mezclaba con tintes de italiano y portugués.

– Signore Carax, ya me ha pagato con tuoda generosidade pos meus servicios…

Según pude deducir, Hervé era el huérfano de una de las damas del establecimiento de Irene Marceau, en cuyo ático vivía. Julián le había enseñado a leer, escribir y a tocar el piano. Los domingos lo llevaba al teatro o a un concierto. Hervé idolatraba a Julián y parecía dispuesto a hacer cualquier cosa por él, incluido guiarme hasta el fin del mundo si era necesario. En nuestro tercer día juntos me preguntó si yo era la novia del signore Carax. Le dije que no, sólo una amiga de visita. Pareció decepcionado.

Julián pasaba casi todas las noches en vela, sentado en su escritorio con Kurtz en el regazo, repasando páginas o simplemente mirando las siluetas de las torres de la catedral a lo lejos. Una noche en que yo tampoco podía dormir por el ruido de la lluvia arañando el tejado salí a la sala. Nos miramos sin decir nada y Julián me ofreció un cigarrillo. Contemplamos la lluvia en silencio durante un largo rato. Luego, cuando la lluvia cesó, le pregunté quién era P.

– Penélope -respondió.

Le pedí que me hablase de ella, de aquellos trece años de exilio en París. A media voz, en la penumbra, Julián me contó que Penélope era la única mujer a la que había amado.

86
{"b":"100379","o":1}