– Lo comprendo -murmuraba mi padre.
Los gritos de Fermín Romero de Torres se oían desgarrando las paredes al fondo del corredor. De las puertas entreabiertas se asomaban varias caras chupadas y asustadas, caras de pensión y sopa aguada.
– Venga, y los demás a dormir, coño, que esto no es una revista del Molino -exclamó doña Encarna con furia.
Nos detuvimos frente a la puerta de la habitación de Fermín. Mi padre golpeó suavemente con los nudillos.
– ¿Fermín? ¿Está usted ahí? Soy Sempere.
El aullido que atravesó la pared me heló el corazón. Incluso doña Encarna perdió la compostura de gobernanta y se llevó las manos al corazón, oculto bajo los pliegues abundantes de su frondosa pechuga.
Mi padre llamó de nuevo.
– ¿Fermín? Ande, ábrame.
Fermín aulló de nuevo, lanzándose contra las paredes, gritando obscenidades hasta desgañitarse. Mi padre suspiró.
– ¿Tiene usted llave de esta habitación?
– Pues claro.
– Démela.
Doña Encarna dudó. Los demás inquilinos se habían vuelto a asomar al pasillo, blancos de terror. Aquellos gritos se tenían que oír desde Capitanía.
– Y tú, Daniel, corre a buscar al doctor Baró, que está aquí al lado, en el 12 de Riera Alta.
– Oiga, ¿no sería mejor llamar a un cura?, porque a mí éste me suena a endemoniado -ofreció doña Encarna.
– No. Con un médico va que se mata. Venga, Daniel. Corre. Y usted deme esa llave, haga el favor.
El doctor Baró era un solterón insomne que pasaba las noches leyendo a Zola y mirando estereogramas de señoritas en paños menores para combatir el tedio. Era cliente habitual en la tienda de mi padre y él mismo se autocalificaba de matasanos de segunda fila, pero tenía más ojo para acertar diagnósticos que la mitad de los doctores de postín con consulta en la calle Muntaner. Gran parte de su clientela la componían furcias viejas del barrio y desgraciados que apenas podían pagarle, pero a los que atendía igualmente. Yo le había escuchado decir más de una vez que el mundo era un orinal y que estaba esperando a que el Barcelona ganase la liga de una puñetera vez para morirse en paz. Me abrió la puerta en bata, oliendo a vino y con un pitillo apagado en los labios.
– ¿Daniel?
– Me manda mi padre. Es una emergencia.
Cuando regresamos a la pensión nos encontramos a doña Encarna sollozando de puro susto, al resto de los inquilinos con color de cirio gastado y a mi padre sosteniendo en sus brazos a Fermín Romero de Torres en un rincón de la habitación. Fermín estaba desnudo, llorando y temblando de terror. La habitación estaba destrozada, las paredes manchadas con lo que no sabría decir si era sangre o excremento. El doctor Baró echó un rápido vistazo a la situación y, con un gesto, le indicó a mi padre que tenían que tender a Fermín en la cama. Les ayudó el hijo de doña Encarna, que aspiraba a boxeador. Fermín gemía y se convulsionaba como si una alimaña le estuviese devorando las entrañas.
– Pero ¿qué tiene este pobre hombre, por Dios? ¿Qué tiene? -gemía doña Encarna desde la puerta, agitando la cabeza.
El doctor le tomó el pulso, le inspeccionó las pupilas con una linterna y sin mediar palabra procedió a preparar una inyección de un frasco que llevaba en el maletín.
– Sujétenlo. Esto lo pondrá a dormir. Daniel, ayúdanos.
Entre los cuatro inmovilizamos a Fermín, que se sacudió violentamente cuando sintió la punzada de la aguja en el muslo. Se le tensaron los músculos como cables de acero, pero en unos segundos los ojos se le nublaron v su cuerpo cayó inerte.
– Oiga, vigile, que este hombre es muy poca cosa y según lo que le dé lo mata -dijo doña Encarna.
– No se preocupe. Sólo está dormido -dijo el doctor, examinando las cicatrices que cubrían el cuerpo famélico de Fermín.
Le vi negar en silencio.
– Fills de puta -murmuró.
– ¿De qué son esas cicatrices? -pregunté-. ¿Cortes?
El doctor Baró negó, sin alzar la vista. Buscó una manta entre los despojos y cubrió a su paciente.
– Quemaduras. A este hombre lo han torturado -explicó-. Esas marcas las hace una lámpara de soldar.
Fermín durmió durante dos días. Al despertar no recordaba nada, excepto que creía haberse despertado en una celda oscura y luego nada más. Se sintió tan avergonzado por su conducta que se puso de rodillas a pedirle perdón a doña Encarna. Le juró que le iba a pintar la pensión y, como sabía que ella era muy devota, hacer decir diez misas por ella en la iglesia de Belén.
– Usted lo que tiene que hacer es ponerse bien, y no darme más sustos así, que yo estoy vieja para esto.
Mi padre pagó los desperfectos y rogó a doña Encarna que le diese otra oportunidad a Fermín. Ella asintió de buen grado. La mayoría de sus inquilinos eran desheredados y gente sola en el mundo, como ella. Pasado el susto, le cogió aún más cariño a Fermín y le hizo prometer que tomaría unas pastillas que el doctor Baró le había recetado.
– Yo por usted, doña Encarna, me trago un ladrillo si es necesario.
Con el tiempo todos hicimos como que habíamos olvidado lo sucedido, pero nunca más volví a tomarme a broma las historias del inspector Fumero. Después de aquel episodio, para no dejarlo solo, nos llevábamos a Fermín Romero de Torres casi todos los domingos a merendar al café Novedades. Luego subíamos andando hasta el cine Fémina en la esquina de Diputación y paseo de Gracia. Uno de los acomodadores era amigo de mi padre y nos dejaba colarnos por la salida de incendios de platea a medio No-Do, siempre en el momento en que el Generalísimo cortaba la cinta inaugural de algún nuevo pantano, lo cual a Fermín Romero de Torres le atacaba los nervios.
– Qué vergüenza -decía, indignado.
– ¿No le gusta a usted el cine, Fermín?
– En confianza, a mí esto del séptimo arte me la repampinfla. A mi entender no es más que pábulo para atontar a la plebe embrutecida, peor que el fútbol o los toros. El cinematógrafo nació como invento para entretener a las masas analfabetas, y cincuenta años más tarde no ha cambiado mucho.
Toda aquella reticencia cambió radicalmente el día que Fermín Romero de Torres descubrió a Carole Lombard.
– ¡Qué busto, Jesús, María y José, qué busto! -exclamó en plena proyección, poseído-. ¡Eso no son tetas, son dos carabelas!
– Cállese, so guarro, o ahora mismo llamo al encargado -masculló una voz de confesonario ubicada un par de filas a nuestras espaldas-. Habráse visto el poca vergüenza. Qué país de cerdos.
– Más vale que baje la voz, Fermín -aconsejé.
Fermín Romero de Torres no me escuchaba. Andaba perdido en el suave vaivén de aquel escote milagroso, con la sonrisa robada y los ojos envenenados de tecnicolor. Más tarde, caminando de vuelta por el paseo de Gracia, observé que nuestro detective bibliográfico seguía en trance.
– Creo que vamos a tener que buscarle a usted una mujer -dije-. Una mujer le alegrará la vida, ya lo verá.
Fermín Romero de Torres suspiró, su mente rebobinando aún las delicias de la ley de la gravedad.
– ¿Habla usted por experiencia, Daniel? -preguntó inocentemente.
Me limité a sonreír, sabiendo que mi padre me observaba de refilón.
Después de aquel día, Fermín Romero de Torres se aficionó a ir todos los domingos al cine. Mi padre prefería quedarse en casa leyendo, pero Fermín Romero de Torres no se perdía una sesión. Compraba un montón de chocolatinas y se sentaba en la fila diecisiete a devorarlas, esperando la aparición estelar de la diva de turno. El argumento le traía al pairo, y no paraba de hablar hasta que una dama de considerables atributos llenaba la pantalla.
– He estado pensando en lo que dijo usted el otro día sobre lo de buscarme una mujer -dijo Fermín Romero de Torres-. A lo mejor tiene usted razón. En la pensión hay un nuevo inquilino, un ex seminarista sevillano muy salado que de vez en cuando se trae unas chavalas imponentes. Oiga, cómo ha mejorado la raza. No sé cómo se lo hace, porque el muchacho es bien poca cosa, pero a lo mejor las atonta a padrenuestros. Como tiene la habitación de al lado, yo lo oigo todo, y a juzgar por lo que se escucha, el fraile debe de ser un artista. Lo que hace un uniforme. ¿A usted cómo le gustan las mujeres, Daniel?