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– Artorius -levantó de repente la voz-. Eres un gobernante ilegítimo. No tienes ningún derecho a ser el imperator. Has quebrantado el ius romanum…

No terminó la frase. Caius había llegado a su altura y de un bofetón propinado con el dorso de la mano lo lanzó contra el suelo.

– ¡No, Caius, no!

Volví la cabeza hacia el lugar del que procedía la voz. Un Artorius con los cabellos revueltos, la capa desgarrada y el rostro sucio caminaba a grandes zancadas hasta el lugar donde se encontraba el eques veterano.

– Hoy no habrá más muertes -dijo a su veterano oficial mientras le colocaba una amistosa diestra sobre el hombro.

Observé a Medrautus. Caído en el suelo, se acariciaba el labio partido y sanguinolento, mientras, desde el embarrado suelo, lanzaba una mirada preñada de odio a Artorius. No me cupo la menor duda de que si el resultado de la batalla hubiera sido el opuesto, Artorius no hubiera contado con el menor atisbo de compasión de su vencedor. Medrautus apoyó la mano izquierda en tierra y, dándose impulso, se puso en pie. Presentaba ahora un aspecto ridículo con la mitad de su ropa militar inmaculada y la otra, totalmente sucia.

– Artorius -volvió a gritar una vez en pie-. ¿No te avergüenza escudarte tras tus milites? ¿Acaso no tienes valor suficiente para enfrentarte a mí?

Caius hizo ademán de dirigirse a Medrautus con la obvia intención de expulsarlo del mundo de los vivos, pero Artorius lo sujetó con un vigoroso tirón de su brazo izquierdo.

Medrautus tragó saliva. Miraba ahora hacia el suelo, lo que me hizo pensar que el golpe propinado por Caius le había espabilado siquiera mínimamente. No tardé en darme cuenta de lo equivocado que estaba.

– Artorius has roto tu palabra… -insistió Medrautus-. Tú no puedes formar una dinastía. Fuiste designado Regissimus por mi abuelo, entraste a formar parte de su familia, con la condición de que uno de sus descendientes, no de los tuyos, le sucediera. Yo soy ese descendiente y tú, con tu puerca ambición, me estás robando.

Al escuchar aquellas palabras, el rostro de Artorius palideció como si, de repente, se hubiera transformado en un pedazo de nieve. Sin embargo, de sus labios no salió una sola palabra. De hecho, daba la impresión de que algo indefinidamente poderoso sujetaba su lengua como si se tratara de una invencible mordaza.

– Hoy han muerto muchos, Artorius -prosiguió Medrautus envalentonado por el silencio de su enemigo-. Y tú eres el culpable. Si hubieras cumplido tu palabra, si no hubieras actuado contra mi derecho, si te hubieras comportado de manera justa y decente ahora estarían vivos.

– ¡Traidor repugnante! -dijo Caius con los ojos encendidos de ira-. Pero ¿cómo se atreve a hablar así el que ha pactado con los barbari? Déjame quitarle la vida, domine. Libraremos al mundo de una asquerosa alimaña…

Artorius le impuso silencio con un gesto. No me pareció que estuviera dispuesto a consentir que nadie callara a Medrautus. Al igual que yo, era consciente de que había demasiada verdad en sus palabras. Cierto, Medrautus era un ser repulsivo que para satisfacer su ambición no había dudado en pactar con los que habían asesinado a no pocos britanni en el pasado. Sin embargo, si Artorius no se hubiera dejado llevar por su ambición, si no hubiera vuelto la espalda a su juramento, si…

– Yo… yo te desafío, Artorius -dijo Medrautus con un tono de voz tan violento que las venas del cuello se le hincharon como tensadas por una mano invisible-. Bátete conmigo y deja que sea Dios el que dicte justicia entre tu causa y la mía.

Un murmullo que, primero, fue de sorpresa y, luego, de abierta cólera se extendió entre los milites. Sin duda, les parecía intolerable que alguien se permitiera retar a su imperator, un imperator que, por añadidura, acababa de batirlo en toda regla en el campo de batalla. Sin embargo, tanto Artorius como yo sabíamos que no podía rechazar aquel desafío porque, en medio de tanta miseria, de tanta vileza y de tanta traición, encerraba una gran verdad, la de que había pasado por alto un compromiso sagrado y que su infidelidad, por muy nobles que fueran sus intenciones, había desencadenado una guerra.

– Sea como dices -exclamó Artorius a la vez que desenvainaba la espada- Dios es testigo entre tú y yo.

– Pero, domine… -protestó Caius que no podía entender lo que se proponía el antiguo Regissimus.

Artorius no se dejó disuadir. Mientras movía el arma con una sutil oscilación de la muñeca derecha, miró al veterano que le había acompañado durante años y le dijo:

– Dale tu espada a Medrautus.

Las cejas del legionario se arquearon como si en aquel momento hubiera podido contemplar al ser más prodigioso y peregrino que pudiera existir bajo la capa del cielo.

– Domine, ese miserable no tiene ningún derecho… -balbució-… esta… esta espada…

– ¿Voy a tener que prestarle la mía? -cortó Artorius.

Caius bajó la mirada avergonzado por su pasajera y bienintencionada insubordinación. Luego cubrió la distancia que le separaba de Medrautus y, como si fuera un reptil repulsivo, lanzó su espada contra el suelo.

Observé la manera en que Medrautus clavó la vista en aquella hoja a medias hundida en el suelo. Tengo para mí que en esos momentos hubiera deseado volverse atrás, retroceder en el tiempo, regresar a una época en la que la idea de ser el Regissimus Britanniarum no pasaba de ser un sueño infantil. ¿Le hubiera sido posible arrepentirse? Seguramente, para alguien tan impregnado de soberbia como Medrautus tal eventualidad no resultaba aceptable, pero ahora aquel orgullo podía costarle muy caro. Por su propio deseo, había adoptado una decisión disparatada y ahora, llegado a ese punto, tan sólo le quedaba seguir adelante sucediera lo que sucediese.

Sin dejar de mirar a Artorius, Medrautus se frotó las manos como si deseara fortalecerlas. Luego arrancó la espada del suelo y, de una carrera rápida e inesperada, se encontró a la altura de Artorius. Un combatiente menos experimentado quizá se hubiera visto sorprendido por aquella embestida, pero no fue el caso de Artorius. En realidad, se limitó a levantar su hoja y con un gesto trazado con facilidad detuvo la estocada de Medrautus y la desvió. Lo hizo deslizando con suavidad el filo de su espada sobre la hoja de su contrario y, al ejecutar aquel movimiento, pareció que se escuchaban las notas de una peregrina melodía musical.

– La espada canta… -musitó a mi lado un eques-. ¿Habéis escuchado cómo canta?

Un coro de vítores respondió entusiasta a aquellas palabras. Medrautus torció el gesto, pero, desde luego, no se dio por vencido. Con agilidad se retiró unos pasos, inhaló una bocanada de aire y volvió a lanzarse sobre Artorius. Esta vez, el antiguo Regissimus no sólo detuvo la estocada del joven. Lo hizo, sí, pero, acto seguido, torció su mano hacia la izquierda empujando la espada de Medrautus en dirección al suelo. Luego con extraordinaria habilidad remontó desde abajo con un giro hacia la derecha y, con fuerza, dio un golpe seco hacia arriba. La espada de Medrautus saltó por los aires, mientras que la hoja de Artorius se colocaba a un par de dedos del cuello del adversario.

Hubiera podido matarlo en aquel momento y así, sin ningún género de dudas, debió creerlo Medrautus porque, lívido como un muerto, cerró los ojos como si esperara que Artorius le asestara el último golpe. No fue así. Artorius subió la espada y la deslizó por la mejilla de Medrautus hasta llegar a su sien. Entonces, con un gesto rápido, la bajó ocasionándole un corte.

No se trató de una herida profunda ni mucho menos grave, pero su significado no podía resultar más obvio. Artorius había tenido en sus manos, sin ningún género de dudas, la posibilidad de arrancarle la vida a Medrautus. Se había conformado con causarle la primera sangre y dejar de manifiesto que le perdonaba la vida. Algunos aplausos, risas y vivas dejaron de manifiesto que los milites habían comprendido a la perfección lo que acababa de hacer el antiguo Regissimus.

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