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Llevaba conduciendo hacia el norte desde hacía unos buenos cinco minutos antes de escuchar el zumbido. Entonces me di cuenta de que aquel sonido me había estado acompañando desde que había salido de la gasolinera. El retrovisor me reveló una motocicleta a varios largos por detrás, rebotando en la distancia como una mosca en un cristal caliente. El conductor giró el acelerador del manillar, y la mosca creció como uno de los monstruos de una película japonesa de terror.

Estaba a dos largos por detrás, y ganándome terreno. Mientras se aproximaba me fijé en él: tejanos, botas, chaqueta de cuero negro, casco negro con un visor teñido para el sol, que le cubría toda la cara y enmascaraba completamente sus facciones.

Marchó a mi cola durante varias manzanas. Cambié de carriles, pero en lugar de pasarme se quedó atrás, dejando que un Ford lleno de monjas se pusiera entre nosotros. Un kilómetro después de Lexington, las monjas giraron. Yo doblé violentamente hacia la acera y me detuve frente a un restaurante de la cadena Pup 'n Taco. La motocicleta pasó a toda prisa. Esperé a que hubiera desaparecido, me dije que me estaba volviendo paranoico y salí del Seville. Miré a ver si le veía, no le vi, me compré una Coca-Cola, me puse tras el volante y volví a entrar en el tráfico de la calle.

Había girado al este en Temple, dirigiéndome hacia la autopista de Hollywood, cuando le volví a escuchar. El comprobar su presencia en el retrovisor me hizo perder la salida, y seguí en Temple, hundiéndome bajo el puente creado por la desviación. La motocicleta siguió conmigo. Le di gas al Seville y me tragué una luz roja. Él mantuvo su posición, zumbando y petardeando. El siguiente cruce estaba lleno de peatones y tuve que detenerme.

Estuve vigilándole por el retrovisor. Él rodó hacia mí, a un metro de distancia, luego a medio, acercándose por el lado del conductor. Una mano se metió dentro de la chaqueta de cuero. Una joven madre llevaba a un bebé en un cochecito, pasando directamente frente a mi parachoques. El crío berreaba, la madre mascaba chicle, con las piernas pesadas, moviéndose, ¡oh, qué lentamente! Algo metálico apareció en la mano en el espejo. La motocicleta estaba justo detrás de mí casi junto a la ventanilla del conductor. Entonces vi la pistola, una de esas feas de cañón muy corto, fácil de ocultar en una palma de mano grande. Hice rugir el motor. La joven madre no pareció impresionada, mascando impasible su chicle. Parecía moverse a cámara lenta, subiendo y bajando indolentemente sus mandíbulas, con el crío ahora gritando como para reventarse los pulmones. La luz del semáforo seguía en rojo, pero su pariente situada en ángulo con ella se había puesto ámbar. Era la luz que más duraba en la historia de la ingeniería de tráfico… ¿Cuánto podía durar una luz ámbar en un semáforo?

La boca del revólver se apretó contra el espejo, directamente en línea con mi sien izquierda. Un agujero negro de kilómetros de largo, envuelto en un halo concéntrico de plata. La madre aún arrastraba cansinamente su pesado cuerpo en línea con mi neumático delantero derecho, sin darse cuenta de que al hombre del Cadillac verde le iban a volar los sesos en cualquier momento. El dedo del gatillo blanqueó. La madre pasó más allá, dejándome libre por un par de centímetros. Retorcí el volante hacia la izquierda, apreté a fondo el acelerador y salté diagonalmente a través del cruce, metiéndome en el camino del tráfico que llegaba. Forcé el motor, dejé una larga mancha de goma, escuché un verdadero coro deifico de maldiciones, gritos, bocinazos y chirrido de frenos, y me metí a toda prisa por la primera travesía, evitando por los pelos una colisión frontal con un camión de la Compañía del Agua y la Electricidad que venía en dirección opuesta.

La calle era estrecha y serpenteante, y además estaba llena de agujeros. El Seville no era ningún coche deportivo y yo tenía que luchar contra su holgada dirección, para mantener el control y la velocidad en los giros. Subí, rebotando duramente, y me hundí cuesta abajo por la colina. La entrada a una calle grande que había al final estaba vacía. Pasé a toda prisa. Tres manzanas de camino liso a ciento diez por hora y el zumbido había regresado, haciéndose más fuerte. La motocicleta, mucho más fácil de maniobrar, estaba alcanzándome con rapidez.

El camino terminaba en una pared de ladrillos cuarteados. ¿A la derecha o a la izquierda? Decisiones, decisiones, con la adrenalina entrando en cada corpúsculo, con el zumbido convertido ya en un rugido, con mis manos sudorosas, resbalando en el volante. Miré por el retrovisor, vi cómo una de las manos soltaba el manillar y apuntaba el arma a mis neumáticos. Elegí la izquierda y pisé hasta el suelo el acelerador del Seville, empleando para ello todo el peso de mi cuerpo. La calle subió, escalando por entre travesías vacías, subiendo más, entrando en espiral en la neblina, una calle parecida a una montaña rusa y trazada por un urbanista enloquecido. El motociclista seguía manteniéndose a mi cola, apartando la mano de la pistola del manillar siempre que podía, tratando de lograr apuntar bien…

Yo culebreaba constantemente, bailando en su punto de mira, pero lo estrecho de la calle me daba poco espacio para maniobrar. Sabía que tenía que evitar el caer, inconscientemente, en un ritmo regular, a un lado y a otro, a un lado y a otro, como un metrónomo movido a gasolina, pues el hacer tal cosa sería ofrecerle un blanco fácil. Conducía de un modo errático, enloquecido, dando tirones al volante, frenando, acelerando, rascando la acera, perdiendo un tapacubos que salió disparado como un disco volante plateado. Era un ataque directo contra mi eje, y no sabía cuánto podría durar aquello.

Continuamos subiendo. Tras una esquina apareció abajo una vista de Sunset. Estábamos de vuelta en Echo Park, en el lado sur de la avenida. La ruta llegó a su cima. Un disparo pasó tan cerca que los cristales del Seville vibraron. Di un giro y una segunda bala pasó muy lejos.

El terreno fue cambiando, a medida que aumentaba la altitud, vaciándose de bloques residenciales de casas familiares y dando paso a extensiones progresivamente más vacías de terrenos polvorientos, con aquí y allá una decrépita chabola. Ya no había postes telefónicos, ni coches, ni signos de vivienda humana… perfecto para un asesinato al atardecer.

Comenzamos a correr colina abajo y vi con horror que me estaba dirigiendo a toda velocidad a un callejón sin salida, que estaba a escasos metros de chocar de cabeza contra un montón de tierra en la entrada de un terreno vacío, por construir. No había escapatoria: el camino acababa en el terreno y estaba además bloqueado por montones de ladrillos, pilas de maderos, vigas y más montones de tierra escavada. Un maldito cañón para una encerrona. Si el impacto del chocar de morro contra la tierra no me mataba, me quedaría clavado, con los neumáticos girando locos, tan inmóvil como el perejil en la gelatina, un blanco perfecto, pasivo…

El hombre de la motocicleta debió tener pensamientos similares en el mismo instante, porque se dedicó a llevar acabo una serie de acciones llenas de confianza. Sacó la mano de la pistola del manillar, frenó su marcha, y se dirigió a la izquierda, dispuesto para encontrarse a mi lado, cuando mi escapatoria llegase a su fin.

Hice lo único que me quedaba: apreté el freno a fondo. El Seville tuvo una convulsión, resbaló violentamente, se estremeció y se encabritó sobre sus cojinetes, amenazando con desplomarse. Necesitaba seguir resbalando para continuar, de modo que giré el volante en la otra dirección. El coche giró sobre sí mismo como la paleta de un rotor.

Entonces un repentino impacto me tiró contra el asiento.

La parte delantera de mi coche había perdido el control y chocado contra la motocicleta, cuando ésta salía de un giro con toda la fuerza centrífuga detrás. El vehículo más ligero rebotó en el coche, se alzó y voló por los aires, trazando un amplio arco por encima del montón de tierra. Vi cómo hombre y máquina iban cada cual por su lado, la motocicleta subiendo, como en un truco cinematográfico y luego cayendo, el conductor lanzado más arriba, como un espantapájaros al que sueltan de su estaca y luego cayendo también, para ir a parar a algún lugar invisible.

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