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– Mmm -dijo Ekström-. Eso ya lo averiguaremos. Me parece que ahora mismo lo que urge es encontrarla.

– Estoy de acuerdo -convino Bublanski-. Ya tendremos tiempo de ocuparnos de los detalles más adelante. Ahora contamos con un sospechoso. Faste, vete con Curt a Lundagatan y traed a Salander. Tened cuidado. Ignoramos si tiene más armas y no sabemos hasta qué punto está loca.

– De acuerdo.

– Burbuja -interrumpió Ekström-, el jefe de Milton Security se llama Dragan Armanskij. Lo conocí a raíz de una investigación que hicimos hace unos años. Es de confianza. Acércate a verlo y habla con él. En privado. A ver si lo pillas antes de que se vaya a casa.

Bublanski parecía mosqueado, cosa que, por una parte, se debía a que Ekström había usado su apodo y, por otra, a que había formulado su propuesta como una orden. Luego asintió secamente con la cabeza y miró a Sonja Modig.

– Modig, tú tendrás que seguir buscando al abogado Bjurman. Llama a las puertas de los vecinos. Creo que también urge encontrarlo.

– De acuerdo.

– Hemos de averiguar si existe algún vínculo entre Salander y la pareja de Enskede. Y debemos situar a Salander en Enskede a la hora del asesinato. Jerker, hazte con fotografías de ella y enséñaselas a los vecinos. Esta tarde toca operación puerta a puerta. Llevaos a unos cuantos agentes uniformados y que os ayuden.

Bublanski hizo una pausa y se rascó la nuca.

– Joder, con un poco de suerte esta misma noche ya habremos resuelto todo este follón. Yo pensaba que el asunto iría para largo.

– Otra cosa -dijo Ekström-, los medios de comunicación nos están presionando. Les he prometido una rueda de prensa a las tres. Me puedo encargar yo si me proporcionan a alguien del gabinete de prensa para acompañarme. Supongo que habrá periodistas que también os llamen directamente a vosotros. Lo de Salander y Bjurman nos lo callamos mientras podamos, ¿vale?

Todos asintieron.

Dragan Armanskij había pensado salir pronto de la oficina. Era jueves de Pascua y él y su mujer habían planeado ir a Blidö, a su casa de campo, durante las fiestas. Acababa de cerrar su maletín y ponerse el abrigo cuando lo llamaron desde la recepción comunicándole que un tal Jan Bublanski, inspector de la policía criminal, deseaba verlo. Armanskij no conocía a Bublanski, pero el hecho de que un inspector viniera a hablar con él era suficiente para suspirar y volver a colgar el abrigo en la percha. No le apetecía nada recibirlo, pero Milton Security no se podía permitir desatender a la policía. Salió a buscarlo al ascensor.

– Gracias por dedicarme un poco de su tiempo -saludó Bublanski-. Le traigo saludos de mi jefe, el fiscal Richard Ekström.

Se estrecharon la mano.

– Ekström. Sí, nos habremos encontrado en un par de ocasiones. Hace ya algunos años que lo vi por última vez. ¿Quiere café?

Armanskij se detuvo delante de la máquina de café y cogió dos vasos antes de abrir la puerta de su despacho y pedirle a Bublanski que se sentara en el cómodo sillón que tenía destinado para las visitas, junto a la mesa de la ventana.

– Armanskij… ¿es un nombre ruso? -preguntó Bublanski con curiosidad-. Yo también tengo un apellido terminado en «ski».

– Mi familia es de Armenia. ¿Y la suya?

– De Polonia.

– ¿Qué puedo hacer por usted?

Bublanski sacó un cuaderno y lo abrió.

– Estoy investigando los asesinatos de Enskede. Supongo que ha oído las noticias.

Armanskij asintió brevemente con la cabeza.

– Ekström me ha dicho que usted no es de los que se van de la lengua.

– En mi posición uno no gana nada creándose enemigos en la policía. Sé guardar un secreto si es a eso a lo que se refiere.

– Muy bien. Ahora mismo estamos buscando a una persona que, por lo visto, trabajaba antes con usted. Su nombre es Lisbeth Salander. ¿La conoce?

Armanskij sintió como si un bloque de cemento se le formara en el estómago. No se inmutó.

– ¿Por qué razón está buscando a la señorita Salander?

– Digamos que tenemos motivos para considerarla importante en la investigación.

El bloque de cemento del estómago de Armanskij se expandió. Casi le dolía. Desde el día en que conoció a Lisbeth Salander había tenido el presentimiento de que su vida se encaminaba hacia una catástrofe. Pero siempre la había imaginado como víctima, no como autora. Siguió sin inmutarse.

– O sea, que sospechan de Lisbeth Salander como autora del doble asesinato de Enskede. ¿Es así?

Bublanski dudó un instante antes de asentir.

– ¿Qué me puede contar de Salander?

– ¿Qué quiere saber?

– Primero… ¿cómo puedo contactar con ella?

– Vive en Lundagatan. Debo buscar la dirección exacta. Tengo su número de móvil.

– Ya tenemos su dirección. Lo del móvil es interesante.

Armanskij se acercó a su mesa y buscó el número. Se lo dictó mientras Bublanski apuntaba.

– ¿Trabaja para usted?

– Ahora tiene su propia empresa. Pero desde 1998, y hasta hará año y medio aproximadamente, le he encargado trabajos de vez en cuando.

– ¿Qué tipo de trabajos?

– De investigación.

Bublanski levantó la mirada del cuaderno y arqueó las cejas, asombrado.

– ¿De investigación? -repitió.-Concretamente, investigaciones personales.

– Un momento… ¿hablamos de la misma chica? -preguntó Bublanski-. La Lisbeth Salander que nosotros buscamos no tiene certificado escolar y fue declarada incapacitada.

– Ya no se dice así -señaló Armanskij plácidamente.

– ¿Qué más da cómo se diga? La chica que nosotros buscamos aparece en la documentación como una persona profundamente trastornada e inclinada a la violencia. Además disponemos de un informe de la comisión de los servicios sociales donde se da a entender que, a finales de los años noventa, fue prostituta. No hay ningún documento que indique que fuera capaz de realizar un trabajo cualificado.

– Los documentos son una cosa. Las personas, otra.

– ¿Quiere decir que es capaz de realizar investigaciones personales para Milton Security?

– No sólo eso. Es la mejor investigadora que he conocido en mi vida. Sin punto de comparación.

Bublanski bajó lentamente el bolígrafo y frunció el ceño.

– Parece que le tiene… respeto.

Armanskij bajó la vista y se miró las manos. Esa afirmación lo ponía en una encrucijada. Siempre había sabido que, tarde o temprano, Lisbeth Salander acabaría metida en un buen lío. No le entraba en la cabeza qué la podía haber llevado a verse implicada en un doble asesinato en Enskede -como autora del crimen o lo que fuera-, pero también era consciente de que no tenía demasiada información sobre su vida privada. «¿En qué lío se habrá metido?» A Armanskij le vino a la memoria aquella repentina visita a su despacho en la que ella le explicó misteriosamente que tenía dinero de sobra y que no necesitaba trabajo.

Lo inteligente y sensato en ese momento sería mantener las distancias con todo lo que tuviera que ver con Lisbeth Salander, no tanto por lo que le afectaba a él personalmente como por Milton Security. Armanskij pensó que tal vez Lisbeth Salander fuera la persona más solitaria que conocía.

– Le tengo respeto por lo competente que es. Eso no figura en sus notas escolares ni en su curriculum vitae.

– O sea, que conoce su historial.

– Que está bajo administración y que ha tenido una infancia complicada, sí.

– Y aun así la contrató.

– Precisamente por eso la contraté.

– Explíquemelo.

– Su anterior administrador, Holger Palmgren, era el abogado del viejo J. F. Milton. Él se ocupó de ella cuando era adolescente y me convenció para que le diera trabajo. Al principio la contraté para que se encargara del correo, de la fotocopiadora y de cosas así. Luego resultó que poseía talentos ocultos. Y olvídese de ese informe de los servicios sociales que dice que se dedicaba a la prostitución. No son más que chorradas. Lisbeth Salander pasó una adolescencia complicada y sin duda era algo salvaje, cosa que, sin embargo, no puede considerarse una infracción de la ley. La prostitución es, sin lugar a dudas, lo último a lo que recurriría.

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