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La señora del Director salió simulando tranquilidad, pero al pasar junto a doña Julia se creyó en el deber de besarla y de alabar la calidad de sus servicios, y de lo contentos que estaban, ella y su marido, de disponer de una secretaria tan eficaz y discreta; momento que aprovechó doña Julia para quejarse de lo olvidada que la tenían, que si patatín, y que si patatán, y que si a ella le constaba que otras empleadas del Banco tenían mejor sueldo que ella aunque eran más modernas y habían ocupado puestos de menos confianza.

De manera que la dicha doña Julia quedó muy contenta cuando el señor Director la mandó llamar, le dijo que se sentase. «¿Yo, señor Director?, ¿yo sentarme en su presencia?» «¿Y si yo se lo mando?» «¡Ah, bueno, eso es otra cosa», y le explicó que aquella misma mañana había acordado con el Jefe de personal ascenderle el sueldo y destinarla a un puesto de poco trabajo en el que pudiera esperar tranquilamente la llegada de la jubilación, que por cercana que estuviera no lo estaba tanto, y en los trámites siempre se podrían ganar un par de meses durante los cuales ella seguiría cobrando y cotizando, y ya se arreglarían las cosas para que se fuese a su casa, a gozar del merecido descanso, con la mayor jubilación posible; todo lo cual causó a doña Julia tal contento que se sintió comunicativa con el Director y, como no había a nadie que atender en la secretaría, le contó todos los chismes del Banco que habían llegado a sus narices y los que ella había conjeturado y lo que ya se sabía de la señora de Ansúrez, o lo que casi se sabía, y como el señor Director no diese muestras de cansancio, le espetó de carrerilla lo que le había contado la mujer de Rey Martínez, el director de El Progreso, que aunque fuera un periódico de izquierdas, la mujer del director era muy de derechas y muy piadosa, siempre rezando por su marido, y esta mujer, que no había mentido jamás, que se supiera, había recibido un paquete con unas bragas de mujer, no de lo honesto, de lo fino y provocativo, con un papel anónimo en que se le decía que aquella prenda había aparecido en el despacho del director del periódico, debajo de una butaca, tal como un viernes por la mañana, y siendo así que el jueves el susodicho lugar estaba vacío, que quién sería la pindonga que lo habría dejado allí, y que por qué y para qué se había quitado las bragas. Y resulta que la única mujer que aquel jueves, por la tarde, había visitado a Rey Martínez era la señora de Ansúrez, que entonces todavía no era sino Elisa Pérez, empleada de la Ca. ja y mujer de rompe y rasga. «De manera que hay que tener cuidado con ella, que se deja las bragas en cualquier rincón para comprometer a un hombre honrado.»

El Director del Banco mostró súbito interés en saben cómo había terminado la historia de las bragas y de Rey Martínez y, sobre todo, si se había averiguado algo acerca de la responsabilidad de la señora de Ansúrez en el caso, a lo cual doña Julia respondió que ella, de seguro, sólo sabía que la señora de Rey Martínez había consultado a su confesor, a su madre y a ella misma, doña Julia, por la amistad que tenían, a pesar de la diferencia de edad, y que los tres le habían aconsejado que se callara la boca, que un marido al fin y al cabo es un marido y que no era cosa de perderlo por una mala mujer que, a lo mejor, sólo había querido comprometerlo, sin que hubiera pasado nada entre ellos. Y así estaban las cosas.

Y como al Director le importase sobre todo saber si se había comprobado que la propietaria de las bragas fuese la actual señora de Ansúrez y empleada del Banco, doña Julia juró por los cuatro Evangelios que ella no sabía nada directamente, y que sólo hablaba por bocas ajenas, si bien era cierto que todas las apariencias acusaban a la señora de Ansúrez, «aunque vaya usted a saber si ella, pobrecita…, es inocente…, aunque…, claro…, como ella es así… quiero decir de desenvuelta y llamativa…». Los puntos suspensivos del casi monólogo de doña Julia dejaban espacio para cualquier conjetura, y el Director del Banco se las quedó haciendo y, cuando salió doña Julia, escrutó los rincones del despacho en busca de Unas bragas de lo fino y de lo provocativo que se le hubieran caído a una mujer distraída, pero no encontró nada. A lo mejor, y no era un pensamiento disparatado, la idea que doña Julia tenía de lo provocativo y de lo fino no coincidía con la idea de todo el mundo, ella, que llevaba seguramente bragas de lienzo.

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