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Despertó sobresaltado y con la camisa empapada en sudor. Unos fuertes golpes en la puerta habían conseguido arrancarle de la visión del desierto. Tardó en despejarse, en recordar dónde se hallaba y quién era, y finalmente se dirigió hacia la puerta tomando todas las precauciones. Uno de los viejos colaboradores de Guils en la ciudad, a quien conocía, le traía la respuesta al aviso que había mandado a la Casa. El hombre no necesitó decir nada, y con un movimiento de cabeza desapareció, siguiendo todavía las estrictas órdenes de Bernard: «Si no hay nada que decir, el silencio es seguridad». Guillem leyó el mensaje: Santos había localizado al traductor de griego. ¿Santos? ¿Por qué no le había confesado Jacques el Bretón, uno de los mejores amigos de Bernard, su verdadera identidad? El joven creía que estaba muerto hacía tiempo, y Bernard hablaba de él en pasado, aunque lo cierto era que hablaba de muchas cosas utilizando el pasado, como si lo estuviera.

– Si lo que os trae aquí es la intención de continuar con el interrogatorio que empezó vuestro hermano, estáis perdiendo el tiempo. No tengo nada que añadir a lo que ya os dije. -Frey Dalmau observaba al joven fraile con dureza.

– No es lo que creéis, frey Dalmau. No sabía qué hacer ni a quién acudir… hasta que leí la nota no… ¡no quiero que le ocurra nada malo al anciano judío! -Fray Pere de Tever se derrumbó en el sillón al tiempo que sus manos intentaban ocultar las lágrimas.

El templario quedó turbado ante la reacción del joven, no se esperaba algo así y su dureza inicial desapareció.

– Perdonad mi insolencia, hermano Pere, os ruego que me disculpéis. Tuve una pequeña discusión con vuestro superior hace tan sólo unas horas y al presentaros como su ayudante, temí que… Bien, veo que hay algo que os inquieta profundamente. ¿Queréis contármelo?

Primero con balbuceos inseguros, el joven fraile explicó al templario todas sus preocupaciones. Después, recuperándose gracias a la atención que frey Dalmau le procuraba, le contó con detalle su relación con fray Berenguer: el viaje realizado y la travesía marítima, el estupor al reconocer en el caballero francés a uno de los miembros de la tripulación.

– Tranquilizaos, muchacho. Aunque le conozco poco, tengo la impresión de que esta nota anónima es muy propia de fray Berenguer. «Vuestro huésped judío está en grave peligro, debéis buscar un refugio mas seguro.» Y firma, «un amigo». ¡Menudo amigo! Hay que reconocer que vuestro hermano es un poco ingenuo al creer que nos apresuraremos a sacar a Abraham de la Casa, ¿no creéis?

– Está bajo la influencia absoluta del otro hombre, frey Dalmau, del caballero francés del que os he hablado. Le ha dicho que Abraham es un peligroso traidor y asesino.

– Sí, es cierto, pero vuestro hermano ya estaba dispuesto a creerse cualquier estupidez. El pobre Abraham no tiene un aspecto muy feroz, ¿no estáis de acuerdo, fray Pere?

El joven fraile sonrió por primera vez, al recordar el aspecto venerable del anciano.

– Habladme de ese otro hombre, de ese caballero francés. -sugirió frey Dalmau a la expectativa.

– Veréis, vino a visitar a fray Berenguer en el convento y yo, llevado por mi curiosidad, estuve espiando. No podía creerme que alguien le visitara… ¡Dios me perdone! Escuché su conversación y me asusté mucho, no podía entender su interés en perjudicar a Abraham. Entonces, cuando se levantó para marcharse, pude verle la cara y me quedé aterrorizado, era el hombre de Limassol.

– ¿Estáis realmente seguro, fray Pere?

– Totalmente, os lo aseguro, siempre recuerdo los rostros. Veréis, este hombre provocaba las iras del capitán D'Amato, siempre estaba donde no debía, y por ello me fijé especialmente en él. Cuando visitó a fray Berenguer en el convento, vestía lujosas ropas y alhajas, pero era el mismo hombre; le prometió cargos importantes y le halagó hasta hacer relucir sus ojos con el brillo de la avaricia. ¡Dios misericordioso, perdonadme por hablar así de mi hermano!

– Vos no sois culpable de la ambición de los demás, fray Pere -susurró con suavidad el templario.

– Sólo deseo que no perjudiquen al anciano, sólo eso. Ese hombre no ha hecho mal a nadie, frey Dalmau. Sólo quiero hacer lo correcto.

– Habéis actuado correctamente, fray Pere, y vuestra información nos permitirá proteger a Abraham. Pero estoy preocupado por vos, éste es un asunto muy peligroso, ya lo veis. No puedo contaros nada, lo siento, porque si lo hiciera, pondría vuestra vida en peor situación y correríais un peligro aún mayor. -No necesito que me contéis nada, frey Dalmau, no soy hombre de mundo ni de intrigas palaciegas. Mi único deseo es proteger a Abraham de gente tan perversa.

Frey Dalmau lo miró en silencio, estaba convencido de las buenas intenciones del joven, pero también de su falta de experiencia y eso le preocupaba. Había demasiados muertos en aquel asunto y no podía permitir que fray Pere aumentara tal cantidad.

– Deberíais alejaros de la ciudad por un tiempo. Pedid permiso para visitar vuestro convento y quedaros allí una temporada. Ese hombre que habéis reconocido os mataría sin vacilar si descubre que lo habéis desenmascarado; es un asesino, muchacho, un peligroso asesino.

– Quiero ayudar -contestó simplemente el fraile-. Lo he visto con toda claridad en cuanto leí la nota. Agradezco vuestros consejos, frey Dalmau, pero ya no me puedo quedar al margen, jamás podría perdonarme el haber cerrado los ojos ante la injusticia. No puedo volver al convento, no puedo huir por muy asustado que esté.

Dalmau lo miró con afecto. La juventud era una extraña enfermedad que sólo los años ayudarían a contener y a encauzar, pero ¡bendita enfermedad!

– Temo por vos -insistió-. En este asunto hay fuerzas perversas y poderosas que no vacilarían ni un momento en quitaros la vida, si ello les fuera de utilidad, debéis creerme fray Pere.

– Dios velará por mi vida, frey Dalmau, y yo correré el riesgo de confiar en él. Creo que os seré más útil si vuelvo al convento de la ciudad y no pierdo de vista a fray Berenguer. Si intentan algo, os avisaré, os tendré informado. Nadie se fijará en mí.

– Procurad que sea así -asintió Dalmau, con resignación-. Que nadie se fije en vos y no olvidéis el riesgo que corréis, tenedlo muy presente. Recordad que más vale reconocer el miedo que ser imprudente, amigo mío, y estad alerta. Si tenéis la más mínima sospecha de que os han descubierto, huid rápidamente y tened en cuenta que nuestra Casa está estrechamente vigilada.

Dalmau acompañó al joven dominico hasta una salida más discreta y alejada, dándole los últimos consejos. Fray Pere de Tever estaba satisfecho de su decisión, por primera vez era consciente de que había elegido por sí mismo, por su propia voluntad y de nadie más. No sabía nada del asunto ni nada quería saber, no le interesaban los asuntos mundanos, pero había hecho suya la bandera de Abraham y que el viejo judío conservara su integridad física era para él una obligación moral, estaba dispuesto a luchar por ello. Se sentía asustado y excitado, la misma sensación que había experimentado en Marsella cuando embarcó por primera vez en su vida. Aspiró con fuerza, una gran paz inundaba su espíritu.

Mateo gimoteaba, tenía una pesadilla atroz en la que alguien se obstinaba en abofetearlo, una y otra vez. No soportaba el dolor físico y su sola mención le provocaba sudores hela dos de pánico. Se despertó gritando, al tiempo que una jarra de agua fría caía sobre su cara.

– ¡Despierta de una vez, clérigo mentiroso y falsario! Santos volvió a abofetearle y se detuvo al ver que parecía despertar de su desvanecimiento.

– ¡Basta, basta. No me peguéis más, no me torturéis! -Cuánta sensibilidad, Mateo, unos simples bofetones convertidos en tortura…, un poco exagerado, ¿no crees?

– ¿Qué queréis de mí? Os diré lo que queráis, pero no me torturéis.

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