– Buenas noches, caballeros, ¿qué tenéis para mí? -El sarcasmo de sus palabras molestó a los hombres, pero no respondieron de inmediato.
– El muchacho se escapó, desapareció en un instante. Ha sido bien instruido -contestó Giovanni.
– Es increíble, Giovanni, mi hombre más curtido, burlado por un jovenzuelo imberbe. Creo que te estás haciendo viejo. -No es exacto lo que decís, Monseñor. No es un simple joven, no hay que olvidar que es el hombre de Guils -se defendió.
– ¡El hombre de Guils! Vamos, Giovanni, no intentes engañarme. Querrás decir más bien el chico de los recados de Guils. Me temo que hay muchos fallos últimamente, señores.
Giovanni calló, estaba en un terreno peligroso y no era saludable llevar la contraria a su patrón. Viendo su silencio, Carlo, su compañero, intervino.
– Ese chico estuvo en la taberna, señor, se puso en contacto con Santos. Y en lo que se refiere a D'Aubert… está muerto, parece que la Sombra se nos adelantó. Registramos la habitación y también el cadáver, pero no hallamos nada.
– El judío sigue en la Casa del Temple, Monseñor… -añadió el llamado Antonio, en voz muy baja, como si temiera molestar al hombre de negro-. No se ha movido de allí. Tenemos vigilancia las veinticuatro horas del día, no ha habido movimientos sospechosos y únicamente un destacamento de seis templarios ha salido hacia la encomienda del MasDeu. Abraham no estaba con ellos.
– ¡Menudo hatajo de inútiles que tengo a mi servicio! -El desprecio impregnaba las palabras y el tono de voz del hombre oscuro.
Un sombrero de ala ancha impedía a Guillem descubrir el rostro del hombre, y sólo gracias a un contraluz que danzaba en torno a la hoguera, pudo vislumbrar una nariz larga y aguileña y unos labios carnosos y bien perfilados.
– ¿Y dónde está D'Arlés?
Un espeso silencio se instaló entre los tres hombres que le escuchaban, y se miraron unos a otros sin atreverse a contestar.
– ¡O sea, que no habéis encontrado a ese malnacido! -tronó la voz-. Decidme, ¿hay algo que me demuestre que estáis trabajando para mí, o es que habéis cambiado de bando?
– Señor, comprendo vuestro enfado, pero encontrar a la Sombra no es tarea fácil. Se nos escurrió de las manos en el puerto, desapareció sin dejar rastro, sabéis que ese hombre es un mago des…
– ¡Ya basta de estupideces, Giovanni! Vuestras supersticiones me hastían. Sabes perfectamente que es de carne y hueso, y por lo tanto tan mortal como tú mismo, no se trata de ningún espectro infernal… -Monseñor quedó unos segundos en silencio-. Lo único que sabéis es que estuvo en El Delfín Azul, que mató a D'Aubert y fin de la historia. Muy poca información para unos agentes que llevan tantos años de servicio, ¿no creéis?
– Monseñor… -empezó titubeando Giovanni.
– ¡Basta de excusas! Quiero que saquéis de en medio al chico de Guils, hay demasiada gente en este asunto. Interrogad a Santos, sacadle todo lo que sabe y matadlo. ¡Despejadme la situación! No quiero interferencias entre D'Arlés y yo, ningún impedimento. ¿Queda claro, caballeros?
– Clarísimo, Monseñor -masculló Carlo.
– D'Arlés está descontrolado, y su gente también, hay que evitar por todos los medios que el transporte de Guils caiga en sus manos. El honor de Roma está en juego, señores, eso es algo que necesito que comprendáis de una vez. ¿Habéis puesto vigilancia en los burdeles de la ciudad?
– Están todos vigilados, Monseñor -contestó Antonio. -Bien, es una de nuestras bazas más importantes. Ese bastardo de D'Arlés no podrá aguantar mucho sin apalizar a una prostituta, es un vicio demasiado fuerte, no lo puede evitar. ¡Maldito traidor!
– Ése es un dato que también posee Jacques el Bretón, o Santos. Si no somos nosotros, Santos le pillará, Monseñor. -Giovanni hablaba con cautela.
– ¡D’Arlés es mío! ¡Todo lo que sabe y lo que tiene me pertenece, Giovanni! No quiero que nada ni nadie se interponga, creo que ya lo he dejado suficientemente claro.
– No creo que al Temple le guste que liquidemos al chico de Guils, Monseñor, están realmente molestos con su muerte y…
– Pues mucho mejor, Carlo, sus molestias me hacen feliz. Fueron ellos quienes empezaron este maldito asunto, ya hace muchos años, y cuanto más perjudicados ellos, mejor para nuestros intereses. Pero me temo que lo que os preocupa a vosotros, pandilla de ineptos, es la posibilidad de encontraros entre dos grandes hogueras: por un lado, el bastardo DArlés y, por el otro, el Temple; sí, dos grandes hogueras. Mis fieles servidores están asustados de salir quemados del fuego. Es realmente preocupante, quizá sea el momento justo de buscar gente más capacitada que vosotros.
– Sois injusto, Monseñor, os hemos servido fielmente y hemos arriesgado nuestra vida por vos en muchas ocasiones.
– Tienes razón, mi buen Giovanni, lo habéis hecho. Pero me pregunto si podéis seguir así. Hasta ahora, sólo tengo dudas acerca de vuestra capacidad, no parecéis comprender la importancia que este asunto tiene para mí.
– Encontraremos a D'Arlés, Monseñor, y cumpliremos vuestras órdenes. No habrá más fallos. -Carlo hablaba con seguridad, sin una vacilación. No le gustaba el brillo de rebeldía que contemplaba en la mirada de Giovanni, su compañero, temía que éste pudiera decir algo de lo que después se arrepintiera.
– Bien, gracias Carlo, así me gusta, que comprendáis mis preocupaciones y me ayudéis a solucionarlas. No tengo más tiempo para vosotros, mañana, quiero resultados.
– ¿Aquí mismo, Monseñor? -Carlo llevaba la iniciativa ante el obstinado silencio de Giovanni.
– No, nos veremos en la ciudad, a la misma hora. Y espero que no me hagáis perder el tiempo.
El hombre se los quedó mirando un largo rato, estudiándolos con atención, sin añadir ni una palabra más y reforzando con la mirada las órdenes dadas. Después se dio la vuelta y desapareció por donde había venido, y el sonido del galope señaló a los hombres que ya podían respirar tranquilos.
– Esto se está poniendo feo, Giovanni -musitó Carlo.
– Desde luego, si DArlés o el Temple no acaban con nosotros, el propio Monseñor lo hará con sus propias manos. Tenemos que movernos rápido, Giovanni. ¿Qué demonios te pasa? -Antonio parecía intranquilo por el comportamiento de su compañero.
En un rincón, Giovanni mantenía su silencio, parecía hallarse muy lejos de allí, perdido en algún lugar de la memoria.
– ¿Cuáles son tus órdenes? -insistió Carlo.
– Antonio se encargará del chico de Guils y de supervisar la vigilancia de la Casa del Temple; nosotros buscaremos a D'Arlés y terminaremos con Santos. -Giovanni había despertado de su ensimismamiento.
– ¿Y el judío?
– Después, ya habéis oído las prioridades de Monseñor. Tú, Antonio, encárgate de arreglar todo esto y apaga la hoguera, nadie debe sospechar que hemos estado aquí. ¡Vámonos, Carlo!
Una vez fuera del pajar, los dos hombres hicieron un aparte, parecían preocupados e inquietos.
– No me gusta, Giovanni, no me gusta nada.
– Sólo sabes repetir lo mismo, como una oración pesada y aburrida. ¿Por qué no cambias de tema, Carlo?
– ¿Cómo se imagina que vamos a cazar a D’Arlés? Nadie ha visto su cara y se comenta que tiene poderes mágicos y…
– ¡Ya es suficiente, Carlo, deja de decir tonterías! Yo sí conozco su cara. Olvidas que llevo mucho más tiempo con Monseñor que vosotros, y que trabajé con DArlés cuando éste estaba a las órdenes de nuestro amo y señor. -Las palabras de Giovanni no escondían la ironía.
– ¿D'Arlés trabajó para Monseñor? -El asombro se pintó en el semblante de Carlo.
Giovanni no respondió, se dirigió hacia los caballos en silencio. Sabía perfectamente lo que deseaba su patrón. No había olvidado aquel día en que entró en las estancias de Monseñor en Roma, sin llamar a la puerta, como acostumbraba a hacer en los últimos tiempos. Monseñor y Robert d'Arlés estaban abstraídos en sus juegos amorosos, ajenos a su presencia, y Giovanni comprendió que su papel había terminado, que las cosas cambiarían a partir de entonces, simplemente había sido sustituido. Tendría que volver a llamar antes de entrar en los aposentos de Monseñor, el juego había terminado. Por entonces, era joven e inexperto, aunque descubrió que D’Arlés, bastante más joven que él, tenía una amplia experiencia y un instinto casi animal. Sí, Giovanni conocía a la perfección las emociones más profundas de Monseñor, había seguido con él, sirviéndole con lealtad durante todos aquellos años y se preguntaba por qué razón había continuado a su servicio. No envidiaba a D'Arlés en aquellos momentos, la venganza de Monseñor podía ser muy cruel. Jamás había aceptado la traición de aquel bastardo a pesar de que sus oscuros deseos hacia él seguían allí, guardados celosamente. Sí, Giovanni casi podía verlos: deseo y pasión por aquel malnacido, como serpientes enroscadas al cuello de su patrón. Sin salir de su obstinado silencio, montó y dirigió su caballo hacia el camino, había mucho trabajo por hacer.