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– dijo ella.

– ¿Aunque hagan los pecados en su casa, en su propia cama?

– Pues sí.

– No seas pánfila -dijo Sarnita entornando los párpados como un gato: escrutaba el paso elástico de Java en torno a la prisionera, su reflexivo silencio. Lo vio pararse ante ella, inclinarse con el cirio en la mano y dejar caer unas gotas de cera caliente dentro del bidet, entre los pálidos muslos, dejando el cirio pegado allí por su base. La llama arrojó sobresaltadas sombras en las paredes. Qué vas a hacer, dijo ella, el fuego sabes que no me asusta, pero que no me toque nadie más que tú o me voy.

Sarnita añadió:

– Sigue, canta si no quieres ser la Mujer Marcada.

– Sin amenazas, baboso.

Un ático en la calle Cerdeña con una terracita llena de geranios desde la que Pedro y Aurora, abrazados, veían el campo de fútbol del Europa y las pistas de ceniza del Hispano-Francés. Un piso de soltero rico, un nido para un cuerpo de veinte años que aún no había logrado encenderse con nada ni con nadie. Había trofeos de caza, raquetas de tenis, copas ganadas en concursos de tiro, mapas de campañas africanas enmarcados y una colección de botas de montar dispuestas en batería a lo largo de la pared, caprichos de hijo y nieto de militares. Flotando en esa euforia vengativa del indigente, Pedro se bebe su coñac y se fuma sus puritos, se sienta en el agua perfumada de su bañera horas enteras, se envuelve en sus toallas y albornoces, camina descalzo por sus alfombras y hasta se pone sus corbatas. Y él lo sabía en el mismo momento en que ocurría, sosteniéndose la frente ardorosa sobre un libro de texto en la Facultad, o en casa de su madre, o en las milicias. Si la República no se lo quita todo, decía Pedro desnudo ante la hilera de trajes colgados en el armario, se lo quitaré yo, señorito de mierda, lo joderé. Y él lo sabía, Hermana, y lo soportaba, nunca se quejó de las chorizadas de Pedro, es más: hasta llegó a poner el coñac en la mesilla de noche, al alcance de sus manos para que así pudiera beber en la cama, hasta llegó a comprarse un batín corto de color rojo cereza para que lo usara él, y hasta hizo colocar estratégicamente un espejo, y dejó unas revistas pornográficas como olvidadas en un cajón abierto, hay tipos así. ¿Pero por qué?

– Para excitar a la parejita, Hermana.

– Y eso es todo -dijo la Fueguiña -. No sé nada más.

– Nosotros creemos que sí.

– Si no hablas, te haremos apagar el cirio juntando las piernas

– amenazó Sarnita.

Obedeciendo a la señal de Java, Sarnita sopló una a una las velas de los candelabros. Sólo quedó la llama del cirio pascual ardiendo tranquilamente entre los pálidos muslos de Aurora. Figura que si eres capaz de dejarnos a oscuras, dijo Sarnita, alguien vendrá a salvarte. Ella lo miró con recelo. ¿Qué estás tramando ahora, piojoso, qué rumias mirándome así, comiéndome con los ojos? Canta o apaga el cirio, maldita, no tienes otra escapatoria. Aurora apresó el cirio con los muslos, por la mitad, sin poder aún alcanzar la llama; volvió a probar abriéndose de piernas muy despacio, sobre las puntas de los pies, tanteó el golpe, ensayó varias veces abriendo y cerrando los muslos y la llama oscilaba desplazando sombras detrás de ellos, que la miraban en silencio y suspensos. Al cabo de varios intentos ahogó la llama con la entrepierna temblorosa donde se escurrían gotas de cera caliente. No dejó escapar ni un gemido, ni un suspiro. Se encontró repentinamente a oscuras y cogida en brazos, transportada a otra parte, manoseada y de pronto besada en los labios, jolines, de pie, amarrada a un tronco rugoso con las manos a la espalda. Oía un rumor de pasos en torno, un frenético ir y venir, risas, tropezones, un dedo hurgándola abajo. La boca sorprendentemente dulce y experta volvió a ella otra vez, y otra, y a la tercera le entregó la suya, jolines qué dulce, la perdió, volvió a encontrarla, con sabor a regaliz y susurrando un ruego, por favor déjate, no diré nada, orientándose a ciegas, dejando que otras manos recorrieran sus muslos, subiendo…

– Basta. Basta.

– Ondia, ondia…

– Cerillas, pronto.

– No diré nada, Ramona, por favor… Por favor.

– ¿Cómo has dicho?

Y regalitos: empezó con chucherías para ella y acabó por regalarle medias negras, camisones transparentes y combinaciones de raso, ligas con puntillas, bragas y sostenes de película, qué tío. Acéptalo, Aurorita, para cuando te cases, es una manera de agradecer tus servicios aquí, le dice. Así fue, Hermana, como si lo viera: él preparaba el escenario, disponía sus «cuadros», cuidaba los detalles, decidía el vestuario, siempre ropa interior muy fina, y facilitaba las citas de la parejita: Aurora, el lunes tampoco estaré en casa en toda la tarde, podrías venir a cambiar los visillos. Sí, señorito, como quiera el señorito… Un día ocurrió algo que podía haberla hecho sospechar, pero ella no cayó. Y era que para fregar los suelos siempre había llenado el cubo en el cuarto de baño contiguo al dormitorio, pero a partir de cierto día, justamente poco después que su novio perdiera aquel mechero dorado que ella le regaló en su cumpleaños, el lavabo siempre estuvo cerrado por dentro.

Era como si el dedo explorara una flor húmeda: sedosos pétalos abriéndose uno tras otro. De pronto el dedo serpenteó en la zona más sensible, y ella culeó. No se libró de él, parecía una lapa enloquecida, y el estremecimiento oprimió primero su vientre y luego su corazón. Oyó por fin raspar la cerilla y la llama los rescató a todos de las tinieblas. Atada ahora al falso tronco del árbol que el Tetas sostenía por detrás, la cuerda se enroscaba por todo su cuerpo, subiendo desde los tobillos hasta el cuello. Sin miedo, con una mueca burlona, sus ojos buscaban la boca dulce y ansiosa, intentando reconocerlas. Has sido tú, aprovechen de mierda, dijo. Todos dando vueltas en torno a ella, una mano y otra mano, has sido tú, hasta que Java le apartó los cabellos de la cara y ella pudo ver a Martín encendiendo otra vez los candelabros. ¿Y ahora qué, gorrinos, aprovechones? ¿No tenía que salvarme alguien, embusteros? Todavía no, Aurora, canta si quieres librarte de los cien latigazos o de llevar para siempre la Marca de Fuego en la espalda. Más tirones a la túnica, las manos quietas, puerco, ¿quién te toca, bleda?, el antifaz resbalando sobre la nariz de Mingo, el cinto en la mano listo para azotarla y con la otra agarrándose los pantalones que se le caían:

– Te haremos saltar la piel, Aurora.

– No seas ridi. Tengo sed, dadme un traguito de agua de regaliz. Y soltadme ya, no quiero ensayar más esta tontería de función, se lo diré al señorito Conrado – la Fueguiña se debatía ahora de verdad, clavándose las vueltas de la cuerda en la carne-. Soltadme, malditos.

Java abrió la navaja ante su cara. Déjale la marca del Zorro, legañoso, dijo Mingo, y Martín: podríamos meterle un plátano a ver qué cara pone, y ella sin un parpadeo: mejor comérselo, bobo, los ojos fijos en la navaja. Java muy tranquilo: callarse todos y tú dime, niña, ¿llegó ella a comprender lo que de verdad estaba pasando en el cuarto de baño? ¿Nunca se dio cuenta que hacía «cuadros»? La Fueguiña se debatió entre las ligaduras. ¿«Cuadros»? ¿Y eso qué es, alguna marranada…? Java aplicó la punta afilada de la navaja en su mejilla, pero sonreía al decir: no te hagas la tonta, monina, eres el lazarillo del paralítico, conoces su vida mejor que nadie, sus manías, sus secretillos. Ay ay ay, que me pinchas, bruto, déjame ya, te digo que no sé nada más.

– Está bien -Java bajó la navaja hasta su pecho, introdujo la hoja bajo la cuerda y la cortó-. Estás libre, chavala. No le cuentes esto a nadie o te pincharé de verdad, ¿estamos?

– Bueno – la Fueguiña vistiéndose detrás del espejo, el Tetas espiándola agazapado, los demás apagando las velas-. Lo que me gusta es vuestro refugio.

– Te acompaño hasta la calle Verdi -dijo Java.

– Puedo ir sola, no tengo miedo. ¿Me regaláis la caja de cerillas?

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