— Espero el informe sobre el entierro — dijo Pilatos—, y sobre el asunto de Judias de Kerioth esta misma noche. La guardia recibirá órdenes de despertarme en cuanto usted llegue.
Le espero.
— A sus órdenes — dijo el jefe del servicio secreto y se fue del balcón. Se oyó crujir la arena mojada bajo sus pies, luego sus pisadas por el mármol entre los leones. Después desaparecieron sus piernas, el cuerpo y, por fin, capuchón. Sólo entonces el procurador se dio cuenta de que el sol se había puesto y había llegado el crepúsculo.
26. EL ENTIERRO
Quizá fuera el crepúsculo la razón del cambio repentino que había experimentado el físico del procurador. En un momento había envejecido, estaba más encorvado y parecía intranquilo. Una vez se volvió y, mirando el sillón vacío con el manto echado sobre el respaldo, se estremeció. La noche de fiesta se acercaba. Las sombras nocturnas empezaban su juego y, seguramente, al cansado procurador le pareció ver a alguien sentado en el sillón. Cedió a su miedo, revolvió el manto, lo dejó donde estaba y empezó a dar pasos rápidos por el balcón frotándose las manos. Se acercó a la mesa para coger el cáliz y se detuvo contemplando con mirada inexpresiva el suelo de mosaico, como si tratara de leer algo escrito… Era la segunda vez en el día que le aquejaba una fuerte depresión. Con las manos en la sien, en la que sólo quedaba un recuerdo vago y molesto de aquel tremendo dolor que sintiera por la mañana, el procurador se esforzaba en comprender el porqué de su sufrimiento. Y lo entendió en seguida, pero trató de engañarse a sí mismo. Estaba claro que por la mañana había dejado escapar algo irrevocablemente y ahora trataba de arreglarlo con actos insignificantes, y sobre todo, demasiado tardíos. El procurador trataba de convencerse de que lo que estaba haciendo ahora, esta noche, no tenía menos importancia que la sentencia de la mañana. Pero la realidad es que le costaba mucho creérselo. Se volvió bruscamente y silbó. Le respondió un ladrido sordo que resonó en el atardecer, y un perrazo gris, con las orejas de punta, saltó del jardín al balcón. El perro llevaba un collar con remaches de chapa dorados.
— Bangá, Bangá —gritó el procurador casi sin voz.
El perro se levantó sobre las patas traseras y apoyó las delanteras en los hombros de su amo. Faltó muy poco para que le tirara al suelo; le lamió un carrillo. El procurador se sentó en un sillón. Bangá, jadeante y con la lengua fuera, se echó a sus pies. Sus ojos estaban llenos de alegría, la tor-menta había terminado y eso era lo único que temía el intrépido perro. Se encontraba, además, con el hombre al que quería, respetaba y veía como al más fuerte del mundo, el dueño de todos los hombres, gracias al cual se creía un ser privilegiado, superior y especial. Pero tumbado a sus pies, sin mirarle siquiera, con los ojos puestos en el jardín semi a oscuras, el perro se dio cuenta en seguida de la apurada situación en que se encontraba su amo. Por eso cambió de postura. Se levantó, se acercó al procurador y le puso la cabeza y las patas en las rodillas, ensuciándole el manto con arena mojada. Seguramente quería demostrar así su deseo de consuelo y su disposición a enfrentarse con la desgracia al lado de su señor. Trataba de expresar esta actitud en su modo de mirar al procurador y con sus orejas, levantadas y alertas. Así recibieron la noche de fiesta en el balcón, el hombre y el perro, dos seres que se querían.
Mientras tanto, el huésped del procurador estaba muy ocupado. Después de abandonar la terraza delante del balcón, bajó por una escalera a la terraza siguiente, torció a la derecha y salió hacia el cuartel situado dentro del palacio, donde estaban instaladas las dos centurias que habían llegado a Jershalaím con el procurador con motivo de la fiesta.
También estaba acuartelada aquí la guardia secreta, bajo el mando del huésped de Pilatos, quien apenas se detuvo en el cuartel; no estaría allí más de diez minutos, pero en seguida salieron del patio tres carros cargados de herramientas de zapadores y una cuba con agua, y acompañando a los carros, quince hombres a caballo con capas grises.
Atravesaron la puerta trasera del palacio, se dirigían al oeste. Pasando junto al muro de la ciudad, cogieron el camino de Bethleem y por él fueron hacia el norte, hasta el cruce que había junto a la Puerta de Hebrón. Tomaron entonces el camino de Jaffa, por el que pasara de día la procesión de los condenados a muerte. Había oscurecido y en el horizonte apareció la luna.
Poco después, el huésped del procurador, con una túnica usada, también abandonó el palacio a caballo. El huésped no salió de Jershalaím, se dirigió a algún sitio dentro de la ciudad. Pronto se le pudo ver muy cerca de la fortificación Antonia, que estaba al norte, junto al gran templo. Tampoco se detuvo mucho tiempo en el fuerte y le vieron después en la Ciudad Baja, por sus calles torcidas y enredadas. Llegó hasta allí montado en una mula.
El hombre conocía bien la ciudad y no tuvo dificultad para encontrar la calle que buscaba. Llevaba el nombre de Calle Griega por la procedencia de los dueños de las pequeñas tiendas que había en ella. Y precisamente junto a una de estas tiendas, en la que vendían alfombras, detuvo el hombre su mula, se apeó y la ató a una anilla de la puerta. La tienda estaba cerrada. Junto a la entrada había una verja, por donde el hombre penetró en un patio cuadrangular rodeado de cobertizos. Dobló una es-quina del patio, se acercó a la terraza de una vivienda cubierta de hiedra y echó una mirada alrededor. La casa y los cobertizos estaban a oscuras: todavía no habían encendido las luces. El hombre llamó en voz baja:
—¡Nisa!
Rechinó una puerta, y en la penumbra de la noche apareció en la terraza una mujer joven, sin velo. Se inclinó sobre la barandilla con aspecto intranquilo, para averiguar quién era el que llamaba. Al reconocer al hombre le sonrió e hizo un gesto amistoso con la mano.
—¿Estás sola? — preguntó Afranio en griego.
— Sí —susurró la mujer desde la terraza—, mi marido ha marchado a Cesarea esta mañana — la mujer miró hacia la puerta y añadió—: pero la criada está en casa — e hizo un gesto indicándole que pasara.
Afranio volvió a mirar alrededor y subió por los peldaños de piedra. Luego los dos desaparecieron en el interior. Afranio no estuvo allí más de cinco minutos. Abandonó la casa y la terraza cubriéndose el rostro con la capucha y salió a la calle. Poco a poco iban apareciendo las luces de los candiles en las casas. Fuera, el barullo de vísperas de fiesta era grande todavía, y Afranio, montado en la mula, se confundió en seguida con la muchedumbre de transeúntes y jinetes. Nadie sabe a dónde se dirigió después.
Cuando se quedó sola la mujer a la que Afranio llamara Nisa, se cambió rápidamente de ropa. No encendió el candil, ni llamó a la criada, a pesar de lo difícil que resultaba encontrar algo en una habitación a oscuras. En cuanto estuvo preparada, con la cabeza cubierta por un velo negro, se le oyó decir:
— Si alguien preguntara por mí, di que me he ido a ver a Enanta.
Se oyó el gruñido de la criada en la oscuridad:
—¿Enanta? ¡Esta Enanta…! Tu marido te ha prohibido que vayas a verla. ¡Esa Enanta es una alcahueta! ¡Se lo voy a decir a tu marido!
—¡Anda, cállate ya! — respondió Nisa, y salió de la casa. Sus sandalias resonaron en las baldosas de piedra del patio. La criada cerró gruñendo la puerta de la terraza.
Al mismo tiempo, en otra calleja de la Ciudad Baja, una callejuela retorcida que bajaba hacia una de las piscinas con grandes escaleras, de la verja de una casa miserable, cuya parte ciega daba a la calle y las ventanas al patio, salió un hombre joven, con la barba cuidadosamente recortada, un kefi blanco cayéndole sobre los hombros, un taled recién estrenado, azul celeste, con borlas en el bajo, y unas sandalias que le crujían al an-dar. Tenía nariz aguileña; era muy guapo. Estaba arreglado para la gran fiesta y andaba con pasos enérgicos, dejando atrás a los transeúntes que se apresuraban por llegar a la mesa festiva, y observaba cómo se iban encendiendo las ventanas, una a una. Se dirigía al palacio del gran sacerdote Caifás, situado al pie del monte del Templo, por el camino que pasaba junto al bazar.