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Se oían risas alocadas y gritos que salían de un portal. Grigori Danílovich volvió la cabeza. Descubrió otra señora en ropa interior, ésta de color de rosa. De la calzada fue a la acera, queriendo refugiarse en un portal, pero se lo impedía la gente que le cerraba el paso. La desdichada, víctima de su frivolidad y de su pasión por los trapos, engañada por la compañía del odioso Fagot, sólo una cosa ansiaba: ¡que se la tragara la tierra!

Un miliciano se dirigió a la infeliz rasgando el aire con su silbido. Le siguieron unos muchachos muy regocijados, cubierta la cabeza con gorras. De ellos provenían las risotadas y los gritos. Un cochero delgado, con bigote, llegó en un vuelo junto a la primera señora a medio vestir y paró en seco su caballo, un animal esquelético y viejo. Una risita alegre se dibujaba en la cara del bigotudo cochero.

Rimski se dio un puñetazo en la cabeza, escupió y se apartó de la ventana.

Estuvo sentado un rato, escuchando el ruido de la calle. Los silbidos en distintos puntos llegaron a su auge y luego empezaron a decaer. Con gran sorpresa de Rimski, el escándalo había terminado, solucionado con una rapidez inesperada.

Llegó el momento de actuar, tenía que beber el amargo trago de la responsabilidad. Ya habían arreglado los teléfonos de todo el edificio, tenía que telefonear, comunicar lo ocurrido, pedir ayuda, mentir, echarle la culpa a Lijodéyev, protegerse él mismo, etc. ¡Diablos!

Dos veces puso el disgustado director su mano sobre el auricular y dos veces la retiró. Y de pronto, en el silencio sepulcral del despacho estalló un timbrazo contra la cara del director. Se estremeció y se quedó frío. «Tengo los nervios destrozados», pensó, y descolgó. Se echó hacia atrás y empalideció hasta ponerse blanco como la nieve. Una voz de mujer, cautelosa y perversa, le susurró:

— No llames, Rimski, o te pesará…

Y el aparato enmudeció. Colgó el auricular; sentía frío en la espalda, y sin saber por qué se volvió hacia la ventana. A través de las ramas de un arce, escasas y ligeramente cubiertas de verde, pudo ver la luna que corría por una nube transparente. No podía apartar la vista de aquellas ramas, las miraba y las miraba, y cuanto más lo hacía mayor era su miedo.

Haciendo un gran esfuerzo volvió la espalda a la ventana llena de luna y se levantó. Ya no pensaba en llamar, ahora lo único que deseaba era desaparecer del teatro lo antes posible.

Escuchó: el teatro estaba en silencio. Rimski se dio cuenta de que se encontraba solo en el segundo piso, y un miedo invencible, infantil, se apoderó de él. No podía pensar sin estremecerse que tendría que recorrer los pasillos él solo y bajar las escaleras. Cogió febrilmente los billetes del hipnotizador, los metió en la cartera y, para darse ánimos, tosió. Le salió una tos ronca y débil.

Tuvo la sensación de que entraba una humedad malsana por debajo de la puerta. Un escalofrío le recorrió la espalda. Sonó el reloj y dio las doce. También esto le hizo temblar. Se quedó sin aliento: alguien había hecho girar la llave en la cerradura. Agarraba la cartera con las manos húmedas y frías. El director sentía que, si se prolongaba un poco más aquel ruido en la puerta, gritaría desesperadamente sin poderlo resistir.

Por fin, cediendo a los forcejeos de alguien, la puerta se abrió, dando paso a Varenuja, que entró en el despacho sin hacer ruido. Rimski se derrumbó en el sillón, se le doblaron las piernas. Llenando sus pulmones de aire, esbozó una sonrisa servil, y dijo en voz baja:

— Dios mío, qué susto me has dado…

Sí, una aparición así, repentina, habría asustado a cualquiera, pero al mismo tiempo era una gran alegría: podía dar una pequeña luz a aquel embrollado asunto.

— Cuenta, cuenta — articuló Rimski, agarrándose a la nueva posibilidad—. ¡Anda, cuenta! ¿Qué quiere decir todo esto?

— Perdona — contestó con voz sorda el recién aparecido, cerrando la puerta—, pensé que ya te habías ido.

Y Varenuja, sin quitarse la gorra, se acercó a un sillón y se sentó al otro lado de la mesa.

En la respuesta de Varenuja se percibía una ligera extrañeza que en seguida chocó al director de finanzas, de una sensibilidad que podría competir con la de cualquier sismógrafo del mundo. ¿Qué quería decir aquello? ¿Por qué habría ido Varenuja al despacho de Rimski, si pensaba que él no iba a estar allí? Tenía su despacho. Además, al entrar en el edificio tenía que haber encontrado a alguno de los guardas nocturnos, y todos ellos sabían que Grigori Danílovich se había detenido en su despacho. Pero el director de finanzas no tenía tiempo que perder en hacer tales consideraciones.

—¿Por qué no me has llamado? ¿Qué has averiguado del lío de Yalta?

— Lo que yo te dije — contestó el administrador, haciendo un ruido con la lengua, como si le dolieran las muelas—, le encontraron en el bar de Púshkino.

—¿Cómo en Púshkino? ¿Cerca de Moscú? ¿Y los telegramas de Yalta?

—¡Qué Yalta ni que ocho cuartos! Emborrachó al telegrafista de Púshkino y entre los dos idearon la broma de enviar telegramas con la contraseña de Yalta.

— Sí, sí… Bueno, bueno — más bien cantó que dijo Rimski.

Le brillaban los ojos con un fuego amarillento. En su cabeza se perfilaba la escena festiva de la destitución vergonzosa de Stiopa. ¡La liberación! ¡La liberación tan ansiada de aquel desastre personificado en Lijodéyev! Y puede que se consiga algo todavía peor que la destitución de su cargo…

—¡Detalles! — dijo Rimski, dando un golpe en la mesa con el pisapapeles.

Varenuja comenzó las explicaciones, los detalles. Al llegar a aquel sitio, donde le había enviado el director de finanzas, le recibieron inmediatamente y le escucharon con mucha atención. Claro, nadie creyó que Stiopa estuviera en Yalta. Todos apoyaron a Varenuja en su idea de que Lijodéyev, naturalmente, tenía que estar en la «Yalta» de Púshkino.

—¿Y dónde está ahora? — interrumpió al administrador el nervioso Rimski.

—¡Pues dónde va a estar! — respondió el administrador torciendo la boca en una sonrisa—. ¡En las milicias, curándose la borrachera!

— Bueno, bueno… ¡Gracias, hombre!

Varenuja continuó con su narración, y según avanzaba su historia, avanzaba también la interminable cadena de fechorías y actos bochornosos de Lijodéyev que Rimski imaginaba con tremendo realismo, y cada eslabón de la cadena era algo peor que lo inmediatamente anterior. ¡Desde luego, bailando con el telegrafista, los dos abrazados, en la hierba, delante del telégrafo y al son de un organillo callejero! ¡La persecución de unas ciudadanas que chillaban horrorizadas! ¡La fracasada pelea con un camarero del mismo «Yalta»! ¡La cebolleta verde tirada por el suelo, también en «Yalta»! ¡Las ocho botellas de vino blanco seco «Ay-Danil» rotas! ¡El contador destrozado en un taxi porque el taxista se negó a llevar a Stiopa! ¡La amenaza de detener a los ciudadanos que trataban de poner fin a las barrabasadas de Stiopa!… En fin, ¡horroroso!

Stiopa era muy conocido en los círculos teatrales de Moscú y todos sabían que no era ninguna maravilla. Pero lo que había contado el administrador era demasiado, incluso para Stiopa. Sí, era demasiado, demasiado…

Rimski clavó sus penetrantes ojos en la cara del administrador y se ensombrecía cada vez más según hablaba aquél. Cuanto más reales y pintorescos eran los desagradables detalles que adornaban la narración del administrador, menos le creía el director de finanzas. Y cuando Varenuja le dijo que Stiopa había perdido el control hasta el punto de oponer resistencia a los que fueron a buscarle para llevárselo a Moscú, Rimski sabía con certeza que todo lo que contaba el administrador, aparecido a medianoche, era mentira. ¡Mentira desde la primera palabra hasta la última!

Varenuja no había estado en Púshkino, y el propio Stiopa tampoco. No hubo ningún telegrafista borracho, ni cristales rotos en el bar, tam-poco ataron a Stiopa con cuerdas…, nada de aquello era cierto.

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