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– Partiste sin dejar dirección… No podíamos adivinarla…

Una idea, hasta entonces confusa en mí, se aclaró de pronto. Con las manos apoyadas en los dos brazos de la butaca, me incorporé, temblando de cólera, y le grité en pleno rostro:

– ¡Embustero!

Y como balbuciera: "Papá, ¿te has vuelto loco?", repetí:

– Sí, sois unos embusteros. Sabíais mi dirección. ¿Os atrevéis a decir delante de mí que no la conocíais?

Huberto protestó débilmente, diciendo:

– ¿Cómo hubiésemos podido saberla?

– ¿No te has relacionado acaso con una persona que estaba conmigo? ¿Te atreves a negarlo? ¡Atrévete, entonces!

La familia, petrificada, me miraba en silencio. Huberto meneaba la cabeza como un niño obstinado en una mentira.

– Por otra parte, no habéis pagado demasiado cara su traición. No habéis sido demasiado generosos, hijos míos. Doce mil francos de renta a un muchacho que os restituye una fortuna, no es nada.

Reía con esa risa que me hacía toser. Mis hijos no sabían qué decir. Phili gruñó a media voz:

– Una cochinada…

Y continué, bajando la voz, ante un ademán suplicante de Huberto, que intentaba en vano hablar:

– Por vuestra causa no he vuelto a verla. Estabais al corriente de todos mis actos; pero era necesario que yo no pudiera sospechar. Si hubieseis telegrafiado a la calle Bréa, hubiera comprendido que me habían traicionado. Por nada del mundo lo hubieseis consentido, ni siquiera ante las súplicas de vuestra madre agonizante. Sin duda lo habréis lamentado, pero no deseabais moveros de la ruta que os habíais trazado…

Les dije aún cosas mucho más horribles. Huberto suplicó a su hermana con voz entrecortada:

– ¡Hazle callar! ¡Hazle callar! Van a oírlo… Genoveva me cogió de los hombros y me hizo sentar.

– No es éste el momento, papá. Volveremos a hablar de todo cuando estemos tranquilos, pero te ruego, en nombre de la que todavía está aquí…

Huberto, lívido, se llevó un dedo a los labios. Entraba el maestro de ceremonias con la lista de personas que habían de llevar una cinta. Di algunos pasos. Quería caminar sin ayuda de nadie. La familia se apartó ante mí, y avancé vacilando. Pude franquear el umbral de la capilla ardiente y dejarme caer en un reclinatorio.

Huberto y Genoveva fueron a buscarme. Cada uno me cogió de un brazo y los seguí dócilmente. Fue muy penosa la subida de la escalera. Una de las religiosas consintió en atenderme durante la ceremonia fúnebre. Huberto, antes de despedirse, fingió ignorar lo que había ocurrido entre nosotros momentos antes, y me preguntó si me parecía bien que el decano del Colegio de Abogados llevara una cinta. Me volví a la ventana, sin responder.

Oía ya el rumor de los pasos. Todo el pueblo acudiría a firmar. Por parte de los Fondaudége, ¿con quién no estábamos relacionados? Por mi parte, el Colegio de Abogados, los Bancos, el mundo de los negocios… Experimenté una sensación de bienestar, lo mismo que un hombre que se ha disculpado y cuya inocencia ha sido reconocida. Había convencido a mis hijos de su embuste; no habían negado su responsabilidad. Mientras la casa se hallaba en plena bulla, como un extraño baile sin música, me obligué a fijar mi atención en el crimen que habían cometido. Sólo ellos me habían impedido recibir el último adiós de Isa… Pero espoleé mi odio lo mismo que a un caballo extenuado. No se rendía. Ignoraba lo que me apaciguaba a pesar mío, si la lasitud física o la satisfacción de haber pronunciado la última palabra.

Nada llegaba a mí de las salmodias litúrgicas; el rumor fúnebre se alejaba paulatinamente, hasta que un silencio tan profundo como el de Cálese reinó en la vasta morada. Isa la había dejado sin moradores. Arrastraba tras su cadáver a toda la servidumbre. Nadie quedaba en la casa, excepto yo y aquella religiosa que concluía a mi cabecera el rosario que había empezado a rezar junto al ataúd…

Aquel silencio me hizo pensar otra vez en la separación eterna, en la partida sin regreso. De nuevo se hinchó mi pecho, porque ya era demasiado tarde y entre ella y yo todo se había dicho. Sentado sobre el lecho, apoyado en las almohadas para poder respirar, contemplaba aquellos muebles Luis XIII que habíamos elegido en casa Bardié durante nuestro noviazgo y que habían sido los suyos hasta el día en que heredó los de su madre. Este lecho, este triste lecho de nuestros rencores y de nuestros silencios…

Huberto y Genoveva entraron solos; los demás se quedaron en el pasillo. Comprendí que no podían acostumbrarse a mi cara llorosa. Estaban de pie a mi cabecera el hermano, vestido estrafalariamente al mediodía con su traje de etiqueta, y la hermana, una torre de tela negra en la que se destacaba un pañuelo blanco y cuyo velo echado hacia atrás descubría una cara redonda y entristecida. La tristeza nos había enmascarado a todos y no podíamos reconocernos.

Se preocuparon por mi salud. Genoveva dijo:

– Casi todos la han acompañado al cementerio. La querían mucho.

Pregunté sobre los días que habían precedido al ataque de parálisis.

– Estaba siempre molesta…, tal vez tuviera incluso presentimientos, porque la víspera del día en que había de marchar a Burdeos se pasó el tiempo en su alcoba, quemando montones de cartas; incluso creímos que se había incendiado la chimenea…

Le interrumpí; se me había ocurrido una idea… ¿Cómo no había yo pensado en esto?

– Genoveva, ¿crees tú que mi marcha ha influido algo?…

Ella me contestó, satisfecha, que "esto había sido, sin duda, un golpe"…

– Pero vosotros no le habías dicho…, no le habíais tenido al corriente de lo que descubristeis…

Interrogó a su hermano con la mirada; ¿debía aparentar comprender? Debí de poner una cara extraña en aquel momento, porque todos parecían asustados. Y mientras Genoveva me ayudaba a incorporarme, Huberto respondió precipitadamente que su madre había caído enferma diez días después de mi partida, y que durante aquel tiempo habían decidido ocultarle aquellas tristes discusiones. ¿Decía la verdad? Añadió con voz temblorosa:

– Además, si hubiéramos cedido a la tentación de hablarle hubiésemos sido nosotros los primeros responsables…

Se volvió un poco y creí ver el movimiento convulsivo de sus hombros. Alguien entreabrió la puerta y preguntó si nos sentaríamos a la mesa. Oí la voz de Phili:

– ¡Qué le vamos a hacer! No es culpa mía…

Genoveva me preguntó, a través de sus lágrimas, lo que quería comer. Huberto me dijo que me vería después de almorzar y que tendríamos una explicación de una vez para siempre, si me sentía con ánimos para escucharle. Hice un signo de asentimiento.

Cuando hubieron salido, la religiosa me ayudó a levantarme y pude tomar un baño, vestirme y beber un tazón de caldo. Yo no quería participar en aquella batalla como un enfermo que el enemigo cuida y protege.

Cuando volvieron, hallaron a otro hombre distinto del viejo que inspiraba compasión. Había tomado las drogas necesarias. Estaba sentado, con el busto erguido. Me sentía con menos opresión, como cada vez que abandonaba el lecho.

Huberto se había puesto un traje de calle, pero Genoveva se había envuelto en una vieja bata de su madre.

No tengo nada negro que ponerme… Se sentaron frente a mí y, después de las primeras palabras convencionales, Huberto comenzó a decir:

– He reflexionado mucho…

Había preparado cuidadosamente su discurso. Se dirigía a mí como si yo fuera una asamblea de accionistas, pesando cada palabra y evitando toda ostentación.

– A la cabecera de mamá he hecho examen de conciencia; me he esforzado en cambiar mi punto de vista, en ponerme en tu lugar. Te hemos considerado como un padre cuya idea fija es la de desheredar a sus hijos; esto, a mis ojos, nos daba derecho a proceder como hemos procedido, o, por lo menos, nos excusa. Pero nosotros nos hemos interpuesto en esta lucha sin tregua y en estas…

Como buscara la palabra apropiada, insinué dulcemente:

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