Литмир - Электронная Библиотека
A
A

En Moscú me acordaba de Madrid y en Madrid me acuerdo de Moscú, qué voy a hacerle, y si a España la llevo en mi corazón la Unión Soviética también es mi patria, cómo no va a serlo si viví en ella más de cincuenta años, y me duele cuando la insultan, y cuando pongo la televisión y veo las cosas tan tristes que pasan allí, las que me cuenta mi hijo en sus cartas, que le salen más baratas que llamarme por teléfono. Todos los días me levanto muy temprano, aunque no tengo nada que hacer, y al principio no sé si me he despertado en Madrid o en Moscú, y me paso horas limpiando y ordenando mi casa, con lo pequeña que es y si me descuido me come el desorden y se me llena todo de polvo, y entonces me da remordimiento pensar que yo estoy aquí tan a gusto, con mi calefacción y mi agua caliente, mi nevera y mi televisor, mi buena alfombrilla en el dormitorio para que no me dé frío en los pies cuando me levanto en invierno, y me acuerdo que ni mi hermano ni mis padres pudieron disfrutar nunca de tantas comodidades, y yo, que soy la más tonta, para qué voy a negarlo, la que menos valía, resulta que ahora lo tengo todo para mí. Me siento aquí, por las tardes, y algunas veces no pongo la tele, y no enciendo la luz cuando empieza a anochecer, y como no me llama casi nadie me quedo horas y horas callada, sin hacer nada, sin ocupar las manos en nada, no como mi madre, que siempre estaba con alguna labor, me quedo sentada mano sobre mano oyendo pasar los coches por esa carretera y empiezo a acordarme de cosas, pero no es que yo me empeñe, es que los recuerdos vienen a mí y se encadenan los unos con los otros, como las cuentas del rosario entre los dedos cuando yo iba de niña a la catequesis sin que se enteraran mis padres. Veo las caras de la gente, escucho sus voces, me quedo quieta y se va haciendo oscuro y me parece que entran por esa puerta y se sientan a mi lado, y también oigo las músicas, la Internacional que tocaba una banda de aficionados en nuestro pueblo minero, la marcha fúnebre de Chopin, el día del entierro de Stalin, y otra marcha que me gustaba mucho, que la ponían en Moscú siempre los Primeros de Mayo, me parece que voy por la calle y la estoy escuchando, la marcha triunfal de Aída, me acuerdo y se me llenan los ojos de lágrimas, será que me he vuelto tan sentimental como los rusos. Pero la música que más me gusta de todas está en Sherezade, era la que sonaba cuando se abría la cajita de nácar que me trajo mi padre aquella vez que volvió de su primer viaje a Rusia, cuando yo no me atrevía a mirarlo a la cara porque había estado sin verlo cinco o seis meses y ya me parecía un desconocido, hasta llevaba un bigote negro que no tenía cuando se marchó. Yo guardaba la caja debajo de la almohada, la abría poco a poco y empezaba a oír la música y la cerraba enseguida, porque tenía miedo de que se me gastara si la dejaba sonar mucho tiempo, como si la música fuera igual que esos perfumes que se gastan si se deja el frasco abierto. Tantas cosas que tengo en la cabeza y que preferiría olvidar, y sin embargo no recuerdo dónde se quedó mi caja de música, vaya usted a saber en qué mudanza la perdí. Pero las cosas duran más que las personas, y a lo mejor aquella caja la tiene alguien todavía, como esas cosas antiguas que pasa mucho tiempo y se venden en el Rastro, y cuando la abre escucha Sherezade, y se pregunta a quién le perteneció.

América

Aguardaría en la habitación con la luz apagada a que sonaran en la torre de la iglesia de El Salvador las campanadas de las doce. Ya disimulando, aunque todavía no hubiera salido a la calle, ya preparado para que no pudieran reconocerme si alguien se cruzaba conmigo, aunque a esas horas y esas noches crudas de invierno no había casi nadie que se aventurara a hacer frente al viento o a la lluvia que batían el gran espacio abierto de la plaza por la que yo iba a cruzar unos minutos más tarde, embozado en mi capa, que era muy recia y daba más calor que un abrigo, con la gorra bien calada sobre los ojos, y además la bufanda tapándome la mitad de la cara. Tú no has conocido inviernos como aquéllos, ni noches tan oscuras. Había bombillas débiles en algunas esquinas y lámparas que colgaban de cables tendidos sobre las plazas, y que se agitaban enseguida con el viento, así que la luz y las sombras se movían como cuando uno iba por una habitación con una vela en la mano. La plaza entera parecía moverse igual que un barco en medio de una tempestad en las noches de viento. La noche era otro mundo. No había mucha gente que tuviera entonces aparatos de radio, y era raro que hubiera luz eléctrica en todas las habitaciones de una casa. Dabas un paso alejándote del brasero y de la luz y enseguida entrabas en el frío y en la oscuridad. Pasábamos la bombilla y el cable de una habitación a otra por un agujero abierto en un rincón de la pared. Pero además la luz se iba con mucha frecuencia, empezaba a amarillear la bombilla y parecía que se reavivaba, como una vela cuando está a punto de apagarse, y de pronto nos quedábamos a oscuras. Los niños tenían una canción para esas ocasiones:

Que venga la luz,
que vamos a cenar
pan y huevos fritos
y encima una ensalá.

Se iba la luz y ya daba igual tener un aparato de radio o tener bombillas en todas las habitaciones, y había que encender la vela o el candil e ir a acostarse casi a tientas, escaleras arriba hacia los dormitorios tan fríos que las sábanas estaban un poco húmedas cuando se metía uno en ellas, y los pies se quedaban helados. Qué ganas daban entonces de apretarse contra el calor de una mujer bien carnosa y desnuda. El día era el día y la noche era la noche, no como ahora, que se confunden el uno y la otra, como se confunden tantas cosas, por lo menos para nosotros, los que somos ya muy viejos para adaptarnos a estos tiempos. Los inviernos largos y las noches sin fin, negras como boca de lobo en los callejones por los que yo me desviaba al salir de mi casa por miedo a encontrarme a alguien que me conociera si bajaba por la calle Real, recién sonadas las doce en el reloj de la plaza y luego en el del Salvador, que siempre iba un poco retrasado, pero sonaba más hondo, más a bronce, en esa torre tan alta y con las ventanas estrechas que parece más torre de castillo que de iglesia. Nada más empezar a escucharlas se me sobresaltaba el corazón, yo solo y a oscuras esperando en mi cuarto para que nadie sospechara, escuchando el mecanismo de mi despertador, que sonaba tan fuerte que muchas veces me hacía abrir los ojos en mitad de la noche creyendo que oía pasos. Pero los golpes del corazón en el pecho eran más fuertes que los del despertador, y de tanta impaciencia empezaba a dar vueltas por la habitación, pero tenía que quedarme quieto, no vaya a ser que escucharan mis pasos en el piso de abajo, me sentaba en la cama envuelto ya en la capa y con la gorra puesta y notando el frío que me subía desde los pies, esperando a que llegara la hora, a que sonaran las campanadas, tal como ella me había dicho, ordenado más bien, ni un minuto antes de la medianoche, y no por la calle principal sino por los callejones, porque cualquier precaución era poca. Una o dos horas antes ya estaba esperando, muriéndome de ganas, ya se me había puesto tan dura como la tranca de una puerta, como una mano de almirez, y al quedárseme tanto tiempo así acababa doliéndome, parece mentira ahora el vigor que tenía uno cuando era joven. Por lo que más quieras, me decía ella, no salgas antes de tiempo, no te dejes ver. Escuchaba la primera campanada y ya era como si un imán estuviera atrayéndome Yyo no pudiera resistirme, salía de mi habitación y bajaba las escaleras sin encender la vela, tanteando por las paredes, descorría el cerrojo con mucho cuidado para no despertar a nadie, uno de aquellos cerrojos tan grandes que había entonces en las casas. Qué raro que hayan desaparecido todas las cosas que eran normales para nosotros, los cerrojos grandes de hierro, las trancas y los llamadores de las puertas, las llaves de las casas, que podían ser enormes, como yo me imaginaba de chico que debían de ser las llaves del Reino de los Cielos que llevaba San Pedro.

65
{"b":"100481","o":1}