Литмир - Электронная Библиотека
A
A

Aquí, sentada en los mosaicos rojos de una casa blanca, oí muchas tardes el ruido de unas manos emparentadas con la dicha mientras escribían.

La escritura y la felicidad me fueron enseñadas como una misma cosa. No tengo cómo pagar semejante herencia. Como una misma cosa aprendí las palabras y la fiesta, la conversación y la leyenda, el juego y la sintaxis, la voluntad y la fantasía. Como una misma cosa miro mi historia y la del mundo en que crecí y al que vuelvo sin tregua lo mismo que quien vuelve por agua.

Aquí perdí antes de mirarla a una tía de nombre Carolina, como el hermoso edificio en que hoy estamos. Aquí encuentro para toda la vida a la tía Tere horneando unas galletas con su fuego y a la tía Catalina dándole a cada quien el destino que quiere al extender la mano. Aquí recibió Marcos Mastretta las cartas que le llegaron desde Italia, contando las batallas y la esperanza de su hermano. Y aquí volvió Carlos Mastretta a dar con la insólita mujer que estaba destinada para él, con los hijos que nunca imaginó y que aún se empeñan en imaginar cómo sería su paso si, en vez de morir joven como su risa, hubiera conseguido vivir los noventa años que hoy tendría.

Aquí está la Iztaccíhuatl impávida, impredecible y sola como toda mujer dormida junto a un guerrero que, desde hace cuatro millones de años, estalla a cada tanto cubriéndola de cenizas y lumbre.

Yo no concibo el mundo sin los volcanes atestiguando las luces de este valle, acompañándonos la vida entera mientras pasa un instante de sus vidas. Ni siquiera imagino al mar que tanto venero, sin los volcanes como la contraparte de su inmensidad.

Quienes fundaron Puebla en este valle, movidos por la imaginación y los sueños del Renacimiento, supieron elegir el paisaje. Ser de Puebla, a pesar de la fama de insondables que no sé cómo hemos creado, es ser de todas partes, es heredar la vocación ecuménica de las muchas generaciones que han mezclado aquí su fantasía y sus linajes. Ser de Puebla, para nuestra fortuna, es ser mestizo, es ser hijo de viajeros, de peregrinos, de asilados. Por eso cuando ando por Puebla ando un poco por todas partes.

Basta ver el daguerrotipo del bisabuelo Juan para saber que algo de olmeca tiene mi familia. También algo de maya y algo de fenicia. El gesto de la bisabuela María es de una andaluza, lo cual nos hace también árabes, abisinios. Tuve un bisabuelo campechano y rubio, mitad hijo de Alsacia y mitad de Turquía. Un tatarabuelo judío, una griega mezclada de maya y seguramente una veneciana que casó de casualidad con un romano. Por eso viajo lo mismo a Mérida que a Oviedo, a Nepantla que a Granada, a Teziutlán que a Buenos Aires, a Cartagena que al Adriático, al Vesubio que a Tlaxcala, al desierto, a Cozumel o al Mediterráneo diciendo siempre: yo estuve aquí, bajo este firmamento tuve amores, por estas calles me perdí una tarde. Puebla es mi centro y mi destino porque es el inaudito cruce de muchas veredas.

Aquí en Puebla vi una mañana a Emilia Sauri atándose a Daniel Cuenca tras el mostrador de una botica, aquí me convenció Milagros Veytia de cuán urgente era contarla como si la hubiera conocido. Aquí supe la historia de un cacique implacable a quien en mi cabeza tuve a bien casar con una mujer que aprendería a burlarlo. Todo con tal de conjurar la carga que ese mundo llegó a tener en el recuerdo de quienes ni siquiera lo vivimos. Aquí aún me parece cierto que las hembras de la especie humana hayan logrado desde hace muchos años reírse de sí mismas, torcer el destino que les estaba señalado, mirar el mundo con la benevolencia y la dicha de quien se sabe parte de su travesía.

Aquí vive con todas sus luces la más intrépida, la mejor de cuantas hermanas puede alguien tener: Verónica, rápida como los pájaros, incansable, asida a la razón que según ella es su ley primera y según yo su debilidad única, cambiando de lugar todas las cosas sin perder de vista una sola, sin negarle a la agudeza de su lengua ninguno de sus mil deberes. Aquí está Daniela su hija con el rigor de la ley entre las manos y una sonrisa como un bálsamo. Desde aquí Lorena ayudándome a buscar a un perro capaz de enamorarse como sólo Quevedo y de perderse de mí como sólo yo suelo perderme. Aquí los dos Arturos: el que vivió conmigo para mi fortuna y el que vive con mi hermana como quien teje su fortuna.

Aquí crecieron todas la vacaciones de mis hijos, aquí su extraordinaria abuela les enseñó a jugar ajedrez y a tener paciencia, aquí aprendieron a andar en bicicleta y a venerar la tierra y sus prodigios, aquí vuelven cada vez que les urge saber quiénes son y dónde está la imprescindible métrica de sus vidas. Aquí anda su padre, leyendo siempre un libro, inteligente y ensimismado como si estuviera en todas partes. Aquí también están cada uno y todos mis grandes amores: los posibles, los imposibles y los que siendo inconfesables se volvieron perennes. Aquí, como si todo esto que nombro no fuera suficiente, la Universidad de Puebla me entrega hoy un grado que me enaltece y me alegra, un privilegio al que pretendo hacer honor el resto de mis días.

Nada me asombra y me regocija más que los seres humanos. Trato a diario de contar su vida y sus milagros porque imagino que al contarlos conseguiré asir uno que otro de sus deseos y sus contiendas. Sé que imagino mal: la gracia de los demás está en que sabemos de ellos tan poco como conseguiremos saber de nosotros. Yo querría ser audaz, pero creo que escribo por temor. Le temo al día en que no veré más cómo llega la noche, cómo se crece el mar, cómo entra la llovizna leve sobre el cauce de las montañas, cómo crecen mis hijos, cómo se enamorarán los hijos de mis hijos. Y le temo todos los días, con más reticencia que a la muerte, a la posibilidad de que no me quieran aquellos a quienes reverencio. Este premio será siempre un conjuro contra semejante temor.

Las venturas, como la vida misma, son un regalo impredecible. Acepto con alegría el espléndido estímulo que es estar aquí, acogida por ustedes y por este claustro, símbolo de cuantos caminos cruzan nuestra ciudad. Lo acepto con la única sensatez de la que soy capaz, la que me dice que es imperioso aceptar la generosidad con que nos miran otros, porque nos urge aprender a mirar a los otros con la misma generosidad.

IGUAL QUE UN COLIBRÍ

Arrebatada, repentina, inevitable, la felicidad cruza dejándonos el silencio como hacen los ángeles y las luciérnagas, igual que un colibrí o las hadas.

No se busca la felicidad, se encuentra. Aparece cuando menos la esperábamos y es huidiza, quebrantable, embaucadora. Como la luz de las mañanas, como el ruido del mar, como el amor desordenado, las hojas de los árboles o el azul de los volcanes.

Uno puede recontar sus momentos de felicidad, aunque no siempre pueda explicarlos y no a todos les resulten deseables. Quien se apasiona por el mar es feliz de sólo verlo, quien lo teme o le parece prescindible pasa frente a la orilla de su prodigio sin conmoverse. Quien juega a la lotería goza con el atisbo de un premio. Quien siente que su vida está signada por el azar vive jugando a la lotería, y entreverada con la diaria existencia se va encontrando la felicidad. A cualquier hora, como una gota de agua: en el aire o al fondo de un abismo.

Hará un mes que una voz pedregosa irrumpió en el teléfono a las dos de la mañana. Me preguntó si yo era yo. Dije que sí.

– Véngase rápido al puente Conafrut, su hijo chocó, se desbarató el coche.

– ¿Y él? -pregunté, volviendo a creer en el infierno.

– Él está bien, pero véngase rápido. Rápido.

Le pedí que me dejara oírlo, quise saber quién llamaba, pero del otro lado sólo respondió el aire oscuro de una ausencia.

Su papá y yo nos vestimos en segundos y salimos tras la voz creyendo en ella tanto como desconfiábamos. Casi sin hablarnos, con tal de no decir lo que íbamos pensando. Fuimos hasta la carretera a Toluca, anduvimos por su oscuridad como a tientas, tratando de recordar en dónde está el puente por el que hemos pasado tan pocas veces y con tanta luz como nuestro hijo lo tiene en la memoria de quien transita a diario la descabellada carretera.

32
{"b":"100264","o":1}