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Cuando se volvió comprendí no sólo que estaba buena por todos lados, sino algo mucho peor.

– Pablo, te presento a Carmela. Carmela: Pablo.

– Creo que ya nos conocemos -dijo la bohemia-.

– No recuerdo -dije yo, tratando de parecer sincero-.

– Ah, ¿ya os conocéis? -dijo mi Señora Madre-.

– Sí, estoy segura -dijo la Bohemia-.

– Qué coincidencia tan oportuna, ¿no os parece?… Entonces os dejo solos, queridos -dijo SM-, y desapareció rápidamente de escena con no sé qué excusa inventada.

Ya sólo me quedaba una salida: ponerme lo más borde posible.

– ¿Tan mal toco el piano? Ni siquiera te quedaste a oír una canción.

– Ah, ya…, en El Vellocino. Perdona, no me acordaba de ti. Oye, ¿te importa si vuelvo al interior? Hace un poco de frío.

Lo dije en tono levemente impaciente pero educado, como el que no tiene intención de ser desagradable, que es la mejor manera de serlo. La tipa reaccionó enseguida:

– No te apures. Ve: seguramente tu madre encontrará algo con que arroparte.

Y se volvió de nuevo hacia la Diagonal dejándome otra vez ante aquel culo soberbio. No sé por qué me tienen que pasar a mí estas cosas. Estuve tentado de replicar, pero en el último momento decidí comportarme sensatamente y di media vuelta hacia el salón. Sólo me faltaba haber de preocuparme de la imagen que tuviera de mí una falsa bohemia, por apetitosa que estuviera. Aun así volvió a ponérseme el diafragma como un guiñapo. Mierda, mierda y mierda. Y ni siquiera sería fácil emborracharme.

Dentro, la conversación estaba dividida en dos: las mujeres hablaban de trapos y asistentas y los hombres de política y negocios (en mi familia los tópicos de la clase alta suelen seguirse a rajatabla), así que traté de distraer el nudo de mi estómago pululando por el salón como el que visita un museo. La verdad es que el salón de mi casa da para eso y para más, no sé cómo no se conciertan visitas escolares. Me detuve en el apartado Arte Contemporáneo (allende el piano) y descubrí un Miquel Barceló de nueva adquisición, entre el Juan Gris y el Pons que ya conocía. Representaba una plaza de toros violentamente iluminada por el sol de media tarde, en una vista aérea que situaba al espectado como en un helicóptero sobre la plaza. Causaba un efecto un poco extraño, no sé, quizá porque la idea de toro y la de helicóptero armonizan mal. Por lo demás era un cuadro bastante repugnante, casi escatológico, con los espectadores representados a base de grumitos de óleo parduzco, como una colonia de hongos medrando en pleno tendido. El caso es que aquello tanto podía representar un plaza de toros como la taza del váter de un bar del Paralelo. Pero me sustrajo al éxtasis plástico el sonido de las muletas de mi Señor Padre.

– Esa chaqueta la conozco -dijo.

– Es tuya. Y la camisa y la corbata también. Mamá me ha pedido que me las ponga porque no le gustaba cómo iba vestido.

– Hazme un favor, anda: quédate al menos la chaqueta. Me la hace poner los domingos para ir a misa y parezco la Purísima. Y llévate también la corbata, pero que no se entere tu madre. Te la puedes meter en un bolsillo, no abulta nada.

Bueno, la chaqueta no dejaba de ser una Maurice Lacroix de estupenda piel de gamuza, y con una camiseta debajo tendría otro aire. Pero SP se había desentendido ya de mi indumentaria prestada y miraba el Barceló frunciendo los ojos:

– ¿Te gusta?

– El qué…

– El cuadro.

Mi Señor Padre es todavía más refractario que yo a todo tipo de manifestación artística, en especial si es contemporánea, de modo que la conversación acabaría en otra parte, seguro, sólo era cuestión de darle carrete.

– Seis millones y medio. ¿Te suena, ese tal Barceló?

– Está en el top 10.

– Ah ¿sí?, ¿y tú ves ahí una plaza de toros?…

Puse cara de que más bien sí.

– ¿Y cómo es que los espectadores son verdes?

– Papá, hace más de un siglo que los cuadros caros no tienen nunca el color bien puesto. Además, si éste te parece raro, el Pons de la derecha todavía es peor.

– Chico, no sé… Por lo menos el Pons es más alegre…, tiene colorines. Éste en cambio parece una plasta de vaca. Y lo peor es que el tal Barceló tardará una eternidad en morirse… Entiéndeme: no es que le desee mal a nadie, es que tengo por norma no comprar nada cuyo autor sea más joven que yo. Éste lo eligió tu hermano para el cumpleaños de tu madre. Me aseguró que en menos de diez años valdrá el doble. Por cierto: ¿tú sabes por dónde anda, tu hermano?

– ¿No te lo ha dicho mamá?

– Le he preguntado, pero me ha contado una historia completamente inverosímil. Cada vez miente peor.

– ¿Qué historia?

– Que ha tenido que ir a Bilbao para un asunto del despacho.

– Pues a mí no me parece tan raro.

– Ah, ¿no?: ¿y cómo es que tú llevas su coche?

– ¿Cómo sabes que llevo su coche?

– Me ha avisado el vigilante del parquin: entraba el coche de Sebastián pero no conducía él.

– Y cómo has sabido que era yo.

– Porque un hombre grande y gordo que conduce el coche de Sebastián haciendo rechinar las ruedas, aparca en una de mis plazas y se va directo al único ascensor que llega hasta el ático sólo podías ser tú.

– Yo no he hecho rechinar las ruedas.

– Tú no has hecho otra cosa desde que te sacaste el carnet de conducir, lo que pasa que ya ni las oyes… Además hace días que sé que llevas el coche de Sebastián y usas su tarjeta de crédito. Y anteayer contrataste a un detective privado: Enric Robellades, ex policía, inspector de la central de Vía Layetana hasta el 83.

Supongo que se me puso cara de bobo.

– No subestimes a tu padre, Pablo. No olvides que cuando llegué a esta ciudad hace cuarenta y cinco años traía un petate con dos mudas y quinientas pesetas en el bolsillo. ¿Sabes cuánto dio la última valoración de bienes que encargué para actualizar el testamento? Venga: di una cifras,

Yo no estaba para adivinanzas.

– No sé, papá…, ¿mil millones?, ¿dos mil?

Tenía las dos muletas agarradas con la misma mano. Me sujetó el cuello con la que le quedaba libre y me obligó a acercar la cabeza a su sonrisa satisfecha.

– La estimación más prudente da casi cincuenta mil. En circunstancias favorables se podrían sacar hasta cien mil, diez veces más que cuando me jubilé. ¿Sabes lo que son cincuenta mil millones de pesetas?

– Supongo que una buena medida de lo que vales.

– Exacto: la medida de lo que valgo; y también la medida de lo que valéis Sebastián y tú. Cualquiera de los dos vale esa cifra; ¿habías pensado en eso alguna vez? ¿O crees que puedes dejar de ser quien eres por el simple hecho de vivir como un pordiosero?

– Papá, haz el favor de dejarte de rodeos y decirme qué demonios está pasando.

Cambió la cara de inteligencia por una mueca impotente.

– No sé qué está pasando. Sé que Sebastián desapareció con su secretaria el miércoles por la tarde y sé que andas buscándolo. Conozco todos tus movimientos desde que saliste de aquí el jueves a mediodía. Lo que no sé es qué ha sido de Sebastián.

– ¿Has hecho que me sigan?

– ¡Claro que he hecho que te sigan! Si la desaparición de tu hermano tiene algo que ver con que es hijo mío tú estás tan en peligro como él. ¿Me escuchas?

Escuchaba, claro, pero por un momento sentí un alivio que me hizo parecer ausente.

No soy persona acostumbrada a soportar por mucho tiempo el peso de un secreto, la responsabilidad que acarrea ser el que maquina en silencio fingiendo que todo va bien. Hacía años que mi vida era simple y llana: me alimentaba de lo más barato que encontraba en el súper, dormía hasta que me hartaba de estar en la cama, me emborrachaba, echaba un polvo de vez en cuando, y desvariaba por correo electrónico con cuatro chalaos repartidos por el mundo. En verdad había conseguido convertir mi vida en el paraíso de Baloo, una existencia plácida en una selva en la que todo lo que necesitas está al alcance de la mano. Pero de pronto el mundo se te echa encima, un camión de basuras se cruza en medio de la calzada y tú no eres más que un bólido que se precipita contra él. Y creo que por primera vez en mi vida, al menos en mi vida adulta, me alegré de compartir algo con SP, de no tener que actuar también a sus espaldas y poder descargar sobre él parte de todo aquel mal rollo.

– ¿Crees que lo han secuestrado, que van a pedirte un rescate por él?

SP puso cara de que sí. O al menos no puso cara de que no.

– Pues yo no lo creo. Para empezar, ningún secuestrador va por ahí atropellando al pagano antes de secuestrar a la víctima, y a ti te atropellaron, ¿no? Y tampoco creo que sea muy buena idea tomar un rehén con secretaria incluida, alguien por el que nadie va a dar ni un duro pero que duplica los problemas. Eso sin contar con que nadie se ha puesto en contacto contigo para pedir nada, ¿o sí?

– No. Pero eso no es raro. Siempre tardan unos días en establecer comunicación, para dar tiempo a que te pongas nervioso.

– Es igual, dudo que este asunto tenga nada que ver contigo ni con tus cincuenta mil millones -casi me dio pena desengañarlo-. Mira: el miércoles a mediodía Sebastián llamó a su mujer para pedirle que metiera unos documentos en un sobre y se los autoenviara por correo… Yo diría que todo deriva de algún chanchullo de los suyos, vete a saber en qué lío se habrá metido intentando hacer uno de esos negocios redondos que os gustan tanto.

SP movía la cabeza de derecha a izquierda:

– Si fuera como dices tampoco tendría sentido que un par de matones me atropellaran a mí.

– Puede que sí. Puede que todo sea al revés de como imaginas y que para presionarlo a él te hicieran daño a ti.

Pareció admitir, al menos parcialmente, mis dudas:

– No sé… Llevo un par de días volviéndome loco.

– ¿No se te ha ocurrido llamar a la policía?

– La policía no se mueve hasta que la desaparición empieza a ser francamente rara, y entretanto no me interesa que Gloria y tu madre se enteren de algunos detalles.

– ¿Te refieres al lío de Sebastián con su secretaria?

Ya estaba dicho.

– No sabía que tú lo supieras.

– Y yo no sabía que lo supieras tú. A mí me lo contó Gloria.

– ¿Ella está enterada?

– Enteradísima.

Ahora fue él el que se quedó con cara de bobo.

– Un matrimonio moderno… -dije, obviando hablar de Jenny G., por si acaso aún no le había llegado la onda. Tampoco mencioné el 15 de Jaume Guillamet. Estaba bien compartir un poco la presión, incluso era agradable aquel tono desacostumbrado de camaradería paterno-filial, sin reproches ni ataques, pero sé por experiencia que a SP más vale no contárselo todo. Además, en cuanto a lo de Jaume Guillamet, todas mis sospechas no pasaban de un presentimiento bastante poco razonable, y, para terminar de convencerme de que lo que procedía era la discreción, vi que se nos acercaba SM con cara de querer afearnos que estuviéramos cuchicheando en un rincón.

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