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Nadia empezó a danzar con la energía de la tierra, que traspasaba sus delgados huesos como una luz. No había visto jamás un ballet, pero había almacenado los ritmos que escuchara muchas veces: la samba del Brasil, la salsa y el joropo de Venezuela, la música americana que llegaba por la radio. Había visto a negros, mulatos, caboclos y blancos bailar hasta caer extenuados durante el carnaval en Manaos, a los indios danzar solemnes durante sus ceremonias. Sin saber lo que hacía, por puro instinto, improvisó su regalo para los dioses. Volaba. Su cuerpo se movía solo, en trance, sin ninguna conciencia o premeditación de su parte. Oscilaba como las más esbeltas palmeras, se elevaba como la espuma de las cataratas, giraba como el viento. Nadia imitaba el vuelo de las guacamayas, la carrera de los jaguares, la navegación de los delfines, el zumbido de los insectos, la ondulación de las serpientes.

Por miles y miles de años había existido vida en el cilíndrico hueco del tepui, pero hasta ese momento jamás se había oído música, ni siquiera el tam tam de un tambor. Las dos veces que la gente de la neblina fue acogida bajo la protección de la ciudad legendaria, lo hizo de manera de no irritar a los dioses, en completo silencio, haciendo uso de su talento para tornarse invisible. Las Bestias no sospechaban la habilidad humana para crear música, tampoco habían visto un cuerpo moverse con la ligereza, pasión, velocidad y gracia con que danzaba Nadia. En verdad, esos pesados seres nunca habían recibido un ofrecimiento tan grandioso. Sus lentos cerebros recogieron cada nota y cada movimiento y los guardaron para los siglos futuros. El regalo de esos dos visitantes se quedaría con ellos, como parte de su leyenda.

LOS HUEVOS DE CRISTAL

A cambio de la música y la danza que habían recibido, las Bestias otorgaron a los chicos lo que solicitaban. Les indicaron que ella debía subir al tope del tepui, a las cumbres más altas, donde estaba el nido con los tres huevos prodigiosos de su visión. Por su parte él debía descender a las profundidades de la tierra, donde se encontraba el agua de la salud.

– ¿Podemos ir juntos, primero a la cima del tepui y luego al fondo del cráter? -preguntó Alex, pensando que las tareas serían más fáciles si las compartían.

Las perezas negaron lentamente con la cabeza y Walimaí explicó que todo viaje al reino de los espíritus es solitario. Añadió que sólo disponían del día siguiente para cumplir cada uno su misión, porque sin falta al anochecer él debía volver al mundo exterior; ése era su acuerdo con los dioses. Si ellos no estaban de regreso, quedarían atrapados en el tepui sagrado, porque jamás encontrarían por sí mismos la salida del laberinto.

El resto del día los jóvenes lo gastaron recorriendo El Dorado y contándose sus cortas vidas; ambos deseaban saber lo más posible del otro antes de separarse. Para Nadia era difícil imaginar a su amigo en California con su familia; nunca había visto una computadora, ni había ido a la escuela ni sabía lo que es un invierno. Por su parte, el muchacho americano sentía envidia por la existencia libre y silenciosa de la muchacha, en contacto estrecho con la naturaleza. Nadia Santos poseía un sentido común y una sabiduría que a él le parecían inalcanzables.

Nadia y Alexander se deleitaron ante las magníficas formaciones de mica y otros minerales de la ciudad, ante la flora inverosímil que brotaba por todas partes y los singulares animales e insectos que albergaba ese lugar. Se dieron cuenta que los dragones como el de la caverna, que a veces cruzaban el aire, eran mansos como loros amaestrados. Llamaron a uno, aterrizó con gracia a sus pies, y pudieron tocarlo. Su piel era suave y fría, como la de un pez; tenía la mirada de un halcón y el aliento perfumado a flores. Se bañaron en las calientes lagunas y se hartaron de fruta, pero sólo de aquella autorizada por Walimaí. Había frutas y hongos mortales, otros inducían visiones de pesadilla o destruían la voluntad, otros borraban la memoria para siempre, según les explicó el chamán. Durante sus paseos se topaban por aquí y por allá con las Bestias, que pasaban la mayor parte de su existencia aletargadas. Una vez que consumían las hojas y frutas necesarias para alimentarse, pasaban el resto del día contemplando el tórrido paisaje circundante y el tapón de nubes que cerraba la boca del tepui. «Creen que el cielo es blanco y del tamaño de ese círculo», comentó Nadia y Alex respondió que también ellos tenían una visión parcial del cielo, que los astronautas sabían que no era azul, sino infinitamente profundo y oscuro. Esa noche se acostaron tarde y cansados; durmieron lado a lado, sin tocarse, porque hacía mucho calor, pero compartiendo el mismo sueño, como habían aprendido a hacer con los frutos mágicos de Walimaí. Al amanecer del día siguiente el viejo chamán entregó a Alexander Coid una calabaza vacía y a Nadia Santos una calabaza con agua y una cesta, que ella se amarró a la espalda. Les advirtió que una vez iniciado el viaje, hacia las alturas tanto como hacia las profundidades, no habría vuelta atrás. Deberían vencer los obstáculos o perecer en la empresa, porque regresar con las manos vacías era imposible.

– ¿Están seguros de que esto es lo que desean hacer? -preguntó el chamán.

– Yo si -decidió Nadia.

No tenía idea para qué servían los huevos ni por qué debía ir a buscarlos, pero no dudó de su visión. Debían ser muy valiosos o muy mágicos; por ellos estaba dispuesta a vencer su miedo más enraizado: el vértigo de la altura.

– Yo también -agregó Alex, pensando que iría hasta el mismo infierno con tal de salvar a su madre.

– Puede ser que vuelvan y puede ser que no vuelvan -se despidió el brujo, indiferente, porque para él la frontera entre la vida y la muerte era apenas una línea de humo que la menor brisa podía borrar.

Nadia desprendió a Borobá de su cintura y le explicó que no podría llevarlo donde ella iba. El mono se aferró a una pierna de Walimaí gimiendo y amenazando con el puño, pero no intentó desobedecerle. Los dos amigos se abrazaron estrechamente, atemorizados y conmovidos. Luego cada uno partió en la dirección señalada por Walimaí. Nadia Santos subió por la misma escalera tallada en la roca por donde había descendido con Walimaí y Alex desde el laberinto hasta la base del tepui. El ascenso hasta ese balcón no fue difícil, a pesar de que las gradas eran muy empinadas, carecían de un pasamano para sujetarse y los peldaños eran angostos, irregulares y gastados. Luchando contra el vértigo, echó una mirada rápida hacia abajo y vio el extraordinario paisaje verdeazul del valle, envuelto en tenue bruma, con la magnífica ciudad de oro al centro. Luego miró hacia arriba y sus ojos se perdieron en las nubes. La boca del tepui parecía más angosta que su base. ¿Cómo subiría por las laderas inclinadas? Necesitaría patas de escarabajo. ¿Cuán alto era en realidad el tepui cuánto tapaban las nubes? ¿Dónde exactamente estaba el nido? Decidió no pensar en los problemas sino en las soluciones: enfrentaría los obstáculos uno a uno, a medida que se presentaran. Si había podido subir por la cascada, bien podía hacer esto, pensó, aunque ya no iba atada a Jaguar por una cuerda y estaba sola.

Al llegar al balcón comprendió que allí terminaba la escalera, de allí para adelante debía subir colgando de lo que pudiera agarrar. Se acomodó el canasto a la espalda, cerró los ojos y buscó calma en su interior. Jaguar le había explicado que allí, en el centro de su ser, se concentran la energía vital y el valor. Respiró con todo su ánimo para que el aire limpio le llenara el pecho y recorriera los caminos de su cuerpo, hasta alcanzar las puntas de los dedos de los pies y las manos. Repitió la misma respiración profunda tres veces y, siempre con los ojos cerrados, visualizó el águila, su animal totémico. Imaginó que sus brazos se extendían, se alargaban, se transformaban en alas emplumadas, que sus piernas se convertían en patas terminadas en garras como garfios, que en su cara crecía un pico feroz y sus ojos se separaban hasta quedar a los lados de la cabeza. Sintió que su cabello, suave y crespo, se convertía en plumas duras pegadas al cráneo, que ella podía erizar a voluntad, plumas que contenían los conocimientos de las águilas: eran antenas para captar lo que estaba en el aire, incluso lo invisible. Su cuerpo perdió la flexibilidad y adquirió, en cambio, una ligereza tan absoluta, que podía desprenderse de la tierra y flotar con las estrellas. Experimentó un poder tremendo, toda la fuerza del águila en la sangre. Sintió que esa fuerza llegaba hasta la última fibra de su cuerpo y su conciencia. Soy Águila, pronunció en voz alta y enseguida abrió los ojos.

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