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II LA NOCHE

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He visto fotografías de pimenteros de California a la luz del día. Cuando los retratan en todo su esplendor, son unos árboles delicados, gráciles, un sueño verde.

Por la noche, el pimentero adquiere un carácter diferente del que posee a la luz del día. Es como si le colgara la cabeza y sus largas ramas se inclinaran hasta ocultar un rostro que expresa tormento y dolor.

Estos árboles flanqueaban la larga avenida de la funeraria de Sandy Kirk, que ocupaba una loma de hectárea y media en el límite nordeste de la ciudad, junto a la Autopista 1, a la que se accedía por un paso superior. Parecían hileras de deudos esperando presentar sus respetos al difunto.

Cuando ascendí por el sendero privado, en el que unas luces de jardín bajas, en forma de seta, derramaban anillos de luz, los árboles se agitaron con la brisa. La fricción del viento con las hojas provocó murmullos que parecían lamentos.

No había ningún coche aparcado en el acceso al depósito, lo que significaba que no había visitantes.

Siempre me desplazo por Moonlight Bay a pie o en bicicleta. Hubiera sido absurdo aprender a conducir un coche. No hubiera podido utilizarlo durante el día y por la noche hubiera tenido que ponerme gafas de sol para protegerme de la potencia de los focos que vienen de frente. Los polis suelen recelar de quien conduce de noche con gafas de sol. No importa lo sereno que parezcas.

Había luna llena.

Me gusta la luna. Ilumina sin abrasar. Da brillo a lo que es hermoso y oculta aquello que no lo es.

En la amplia cima de la colina, el camino de asfalto giraba sobre sí mismo para formar un espacioso recodo con un pequeño círculo de hierba en el centro. En el círculo, una reproducción en cemento de la Pietá de Miguel Ángel.

El reflejo de la luz de la luna iluminaba el cuerpo del Cristo muerto, apoyado en el regazo de su madre. La Virgen también brillaba tenuemente. Bajo los rayos del sol la tosca replica sería de una vulgaridad indecible.

Sin embargo, cuando se enfrentaban a una perdida dolorosa, la mayoría de los parientes del difunto encontraban consuelo en la seguridad de la existencia de un sentido y designio universales, aunque su representación fuera tan burda. Una de las cosas que me gusta del ser humano es su capacidad de elevarse tan alto ante la más leve insinuación de esperanza.

Me detuve bajo el pórtico de la funeraria. Titubeé, pensando que sería incapaz de calibrar el peligro en el que me iba a meter.

El macizo edificio de estilo georgiano de dos pisos -ladrillo rojo con adornos de madera blanca- hubiera sido la casa más bonita de la ciudad, si la ciudad no hubiera sido Moonlight Bay. Y si una nave espacial de otra galaxia se hubiera detenido aquí arriba, el único alienígena que se hubiera avistado desde la línea costera hubiera sido el que estuviera en la preciosa construcción de Kirk. La casa requería olmos, no pimenteros, cielos tristes en lugar de los despejados de California y periódicas tormentas con lluvias mucho mas frías que las que habitualmente caen aquí.

La segunda planta, la vivienda de Kirk, estaba a oscuras.

Las salas de visita se encontraban en la planta baja. A través del biselado de los paños emplomados que flanqueaban la puerta principal, vi una débil luz en la parte trasera de la casa.

Hice sonar el timbre.

Apareció un hombre en un extremo del vestíbulo y camino hacia la puerta. Aunque solo era una silueta, reconocí el suave caminar de Sandy Kirk. Se movía con una gracia que incrementaba su atractivo.

Llegó al vestíbulo y encendió las luces interiores y las del porche. Abrió la puerta y se sorprendió al verme allí mirándolo de soslayo bajo la visera de la gorra.

– ¿Christopher?

– Buenas noches, señor Kirk.

– Siento mucho lo de tu padre. Era un hombre admirable.

– Sí. Sí que lo era.

– Nos lo hemos llevado del hospital. Y lo hemos tratado como a un miembro de la familia, Christopher, con el máximo respeto, puedes estar seguro. Asistí a sus clases de poesía del siglo XX en Ashdon. ¿No lo sabías?

– Si, claro.

– Gracias a él aprendí a apreciar a Eliot y a Pound. A Auden y a Plath. A Beckett y a Ashbery. A Roben Bly. A Yeats. Y a todos los demás. Cuando empecé el curso no podía soportar la poesía… y no podía vivir sin ella cuando lo acabé.

– Wallace Stevens. Donald Justice. Louise Glück. Eran sus favoritos.

Sandy sonrió y asintió.

– Oh, perdona. Lo olvidaba-añadió.

Muy considerado, apago las luces del vestíbulo y del porche.

– Debe de ser terrible para ti Christopher, pero al menos ha dejado de sufrir -dijo desde el oscuro umbral de la puerta.

Los ojos de Sandy eran verdes, pero a la débil luz del jardín parecían tan uniformemente negros como el caparazón de ciertos escarabajos.

– ¿Podría verle? -pregunte estudiando la expresión de sus ojos.

– ¿A quien, a tu padre?

– No levante la sabana que le cubría el rostro antes de que se lo llevaran de la habitación. No tuve fuerzas para hacerlo no creí que iba a necesitarlo Pero ahora… sería como una despedida.

Los ojos de Sandy Kirk eran como un mar tranquilo en la noche. Debajo de la superficie que apenas puede verse, se encuentran los grandes y abigarrados abismos.

– Oh, Christopher… Cuanto lo siento, pero el proceso ya ha empezado -se lamento con una voz que expresaba aduladora compasión.

– ¿Ya lo han metido en el horno?

A Sandy lo habían criado en un negocio en el que abundan los eufemismos. Mi brusquedad le hizo dar un respingo.

– El difunto esta en el crematorio, si.

– ¿No ha ido todo demasiado rápido?

– En nuestro trabajo no hay razón para la demora. Aunque si hubiera sabido que ibas a venir.

Me pregunte si sus ojos caparazón de escarabajo hubieran sido capaces de cruzarse con los míos con tanta osadía si hubiera habido la luz suficiente para que yo viera su verdadero color verde.

– Christopher me aflige verte sufrir sabiendo que te hubiera podido ayudar -añadió ante mi silencio.

Durante mi extraordinaria vida he tenido mucha experiencia en algunas cosas y muy poca en otras. Soy un extranjero en el día, pero conozco la noche como nadie mas puede conocerla. Aunque a veces he sido objeto de la crueldad de necios ignorantes, la mayor parte de mi conocimiento del corazón del ser humano procede de la relación con mis padres y con aquellos buenos amigos que como yo, viven sobre todo entre la puesta del sol y el amanecer, en consecuencia, rara vez he padecido una decepción dolorosa.

Me aturdía la falsedad de Sandy y como esta apreciación no parecía avergonzarle a él sino solo a mí, no pude sostener su mirada de obsidiana mucho tiempo. Incliné la cabeza y me quedé contemplando el suelo del porche.

Confundiendo mi aturdimiento por un dolor que me impedía hablar, salió al porche y me puso una mano en el hombro.

Hice un esfuerzo para no apartarme.

– Mi negocio es consolar a la gente, Christopher, y lo hago bien. Pero la verdad… no tengo palabras que den sentido a la muerte o que la hagan más fácil de sobrellevar.

Deseé darle una patada en el culo.

– Estoy bien -contesté mientras pensaba que debía apartarme de él antes de hacer alguna imprudencia.

– Lo que digo a los parientes de los difuntos son las trivialidades que no encontrarás nunca en la poesía que a tu padre le gustaba, y no voy a repetírtelas, a ti menos que a nadie.

Yo asentí mientras seguía con la cabeza inclinada. Di un paso hacia atrás y me liberé de su mano.

– Gracias, señor Kirk. Lamento haberle molestado.

– No me has molestado. Claro que no. Sólo deseo que sigas adelante. Debería de haberlo… retrasado.

– No es culpa suya. Está bien.

Bajé los peldaños de ladrillo del porche y llegué hasta el camino de asfalto bajo el pórtico para alejarme de Sandy.

– ¿Has pensado algo para el servicio… cuándo quieres que tenga lugar, cómo quieres que se celebre? -me preguntó, volviendo otra vez al umbral de la puerta, entre dos sombras.

– No. No, todavía no. Ya se lo haré saber mañana.

– Christopher, ¿estás bien? -le oí decir mientras me alejaba.

– Sí. Estoy bien. Estoy perfectamente. Gracias, señor Kirk -contesté, esta vez mirándolo a la cara desde cierta distancia y hablando con voz apresurada, sin inflexiones, que sólo a medias era calculada.

– Hasta luego.

Me encogí de hombros, hundí las manos en los bolsillos de la chaqueta, volví a dar la espalda a la casa y me dirigí hacia la Pietá .

En la mezcla con la que se había construido la réplica había fragmentos de mica y la luna llena brillaba en aquellas briznas, de manera que las lágrimas emitían un débil resplandor en las mejillas de Nuestra Señora del Cemento.

Reprimí el impulso de girar la cabeza. Estaba seguro de que el empresario de la funeraria continuaba allí, mirándome. Seguí bajando por el sendero entre los árboles desesperados y susurrantes. La temperatura había descendido seis grados. Se había levantado una brisa limpia que se dirigía hacia tierra tras una jornada viajando a través de miles de millas de océano, llevando tan sólo un apenas perceptible soplo de salitre.

Mucho después de que la curva de la autopista me dejara fuera del campo de visión de Sandy, volví la cabeza. Vi el tejado inclinado y las chimeneas, formas sombrías contra el cielo salpicado de estrellas.

Atravesé el camino asfaltado, crucé el césped y me encaminé de nuevo colina arriba, esta vez protegido por las sombras del follaje. Los pimenteros trenzaban la luna con sus largas cabelleras.

6

Llegué a la explanada de la funeraria. Allí estaba la Pietá. El pórtico.

Sandy había entrado en la casa. La puerta principal estaba cerrada.

Cuando alcancé la zona del césped aproveché los árboles y los arbustos para ocultarme y di la vuelta hasta la parte trasera de la casa. Había un porche hondo por el que se descendía a una piscina de veinte metros, un enorme patio de ladrillo y jardines de rosas. Nada de todo esto se podía ver desde las salas públicas de la funeraria.

En una ciudad del tamaño de la nuestra nacen unos doscientos niños cada año y fallecen un centenar de ciudadanos. Sólo había dos empresas de pompas fúnebres y probablemente la de Kirk cubría más del 70 por 100 del negocio, más el 50 por 100 del de las poblaciones de la zona. La muerte era un excelente medio de vida para Sandy.

El panorama desde el patio, a la luz del día, debía de ser soberbio: colinas desiertas elevándose en suaves pliegues hacia el este hasta donde la vista podía abarcar, adornadas con grupos de robles de negros troncos nudosos. Ahora las veladas colinas yacían como gigantes durmientes bajo pálidas sábanas.

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