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El conductor asintió.

Ranger soltó al sujeto y retrocedió un paso.

– Dile a Abruzzi que ha perdido la guerra y que abandone ya.

Los dos estuvimos con las armas desenfundadas y apuntando al todoterreno hasta que desapareció de nuestra vista.

Ranger levantó la vista hacia mi ventana.

– Vamos a quedarnos aquí un minuto para permitir que el resto del equipo salga de tu apartamento. No quiero tener que dispararle a nadie. Hoy voy con prisa. No quiero perder el tiempo rellenando formularios de la policía.

Esperamos cinco minutos, entramos en el edificio y subimos por las escaleras. El pasillo del segundo piso estaba vacío. El mando de seguridad informaba de que la puerta de mi apartamento había sido forzada. Ranger entró primero y recorrió la casa. Estaba vacía.

El teléfono sonó cuando Ranger estaba a punto de irse. Era Eddie Abruzzi, que no perdió el tiempo conmigo. Preguntó por Ranger.

Éste se puso al aparato y pulsó la tecla del altavoz.

– No te metas en esto -dijo Abruzzi-. Es un asunto privado entre la chica y yo.

– Error. Desde este momento, has desaparecido de su vida.

– ¿O sea, que estás poniéndote de su parte?

– Sí, me estoy poniendo de su parte.

– Entonces no me dejas elección -dijo Abruzzi-. Te sugiero que te asomes a la ventana y mires al aparcamiento.

Y colgó.

Ranger y yo nos acercamos a la ventana y miramos. El todoterreno había vuelto. Se acercó al coche con faros especiales de Ranger, el tipo del asiento del copiloto lanzó un paquete en su interior y el coche fue inmediatamente envuelto por las llamas.

Nos quedamos quietos unos minutos, observando el espectáculo, mientras escuchábamos las sirenas acercándose.

– Me gustaba ese coche -dijo Ranger.

Cuando llegó Morelli ya eran más de las seis y los restos del coche estaban siendo izados a la plataforma de un coche grúa. Ranger estaba acabando con el papeleo policial. Miró a Morelli y le saludó con un movimiento de cabeza.

Morelli se situó muy cerca de mí.

– ¿Quieres contármelo? -preguntó.

– ¿Extraoficialmente?

– Extraoficialmente.

– Nos enteramos de que Evelyn estaba en el aeropuerto de Newark. Fuimos hasta allí y la encontramos antes de que subiera al avión. Después de escuchar su historia decidí que tenía que tomar aquel avión, así que dejé que se marchara. En cualquier caso, no tenía motivos para detenerla. Sólo quería saber de qué iba todo esto. Cuando volvimos, nos esperaban los hombres de Abruzzi. Tuvimos unas palabras e incendiaron el coche.

– Tengo que hablar con Ranger -dijo Morelli-. No te vas a ningún sitio, ¿verdad?

– Si me dejaras el coche iría a por una pizza. Me muero de hambre.

Morelli me dio sus llaves y un billete de veinte.

– Trae dos. Yo me encargo de llamar a Pino's.

Salí del aparcamiento y puse rumbo al Burg. Giré en el hospital y miré por el espejo retrovisor. Iba con mucho cuidado. Intentaba no dejar traslucir mi miedo, pero hervía dentro de mí. No cesaba de repetirme que sólo era cuestión de tiempo el que la policía encontrara algo contra Abruzzi. Era demasiado evidente. Estaba demasiado encerrado en su propia locura con aquel juego. Había demasiada gente involucrada. Había matado al oso y a Soder para que no hablaran, pero había otros. No podía matarlos a todos.

No vi a nadie girar detrás de mí, pero eso no era ninguna garantía. A veces resulta difícil descubrir que te siguen si usan más de un coche. Por si acaso, desenfundé la pistola después de aparcar junto al bar. Sólo tenía que recorrer una pequeña distancia. Una vez dentro estaría a salvo. Siempre había un par de polis en Pino's. Me apeé del coche y me dirigí a la puerta del bar. Di dos pasos y una furgoneta verde surgió de la nada. Frenó en seco, la ventanilla se abrió y Valerie me miró con la boca sellada con cinta adhesiva y los ojos desencajados de miedo. Dentro de la furgoneta había otros tres hombres, incluido el conductor. Dos de ellos llevaban máscaras de goma: Nixon y Clinton otra vez. El otro llevaba una bolsa de papel con agujeros para los ojos. Supuse que el presupuesto sólo daba para dos máscaras. El Bolsa sostenía una pistola pegada a la cabeza de Valerie.

No sabía qué hacer. Me quedé helada. Mental y físicamente paralizada.

– Tira la pistola -dijo el Bolsa-. Y acércate despacio a la furgoneta o te juro por Dios que mato a tu hermana.

La pistola cayó de mi mano.

– Deja que se vaya.

– Cuando tú entres.

Me adelanté indecisa y Nixon me tiró en el asiento de atrás. Me tapó la boca con cinta adhesiva y me inmovilizó las manos con más cinta. La furgoneta, con un rugido, salió del Burg y, cruzando el río, se adentró en Pensilvania.

Diez minutos más tarde estábamos en un camino de tierra. Las casas eran pequeñas y escasas, y estaban medio ocultas entre pequeñas arboledas. La furgoneta redujo la velocidad y se paró en un montículo. El Bolsa abrió la puerta y empujó a Valerie. Vi cómo caía al suelo y rodaba por el terraplén hasta dar con las zarzas de la cuneta. El Bolsa cerró la puerta y la furgoneta siguió su camino.

Unos minutos después, la furgoneta se metía por un camino de grava y se detenía. Todos salimos del vehículo y entramos en una pequeña cabaña de madera. Estaba bien decorada. No en plan caro, pero sí resultaba cómoda y limpia. Me llevaron hasta una silla de la cocina y me dijeron que me sentara. Un rato después, un segundo coche rodó sobre la grava y la tierra del camino. La puerta de la cabaña se abrió y entró Abruzzi. Era el único que no llevaba máscara.

Se sentó en otra silla, frente a mí. Estábamos tan cerca que nuestras rodillas se rozaban y podía sentir el calor de su cuerpo. Alargó una mano y me arrancó la cinta adhesiva de la boca.

– ¿Dónde está? -preguntó-. ¿Dónde está Evelyn?

– No lo sé.

Me dio una bofetada con la mano abierta que me pilló por sorpresa y me tiró de la silla. Cuando caí al suelo estaba aturdida; demasiado confusa para llorar y demasiado asustada para protestar. Sentí el sabor de la sangre y parpadeé para secar las lágrimas.

El de la máscara de Clinton me levantó por las axilas y me volvió a sentar en la silla.

– Te lo voy a preguntar otra vez -dijo Abruzzi-. Te lo voy a seguir preguntando hasta que me contestes. Cada vez que no me contestes te voy a hacer daño. ¿Te gusta el dolor?

– No sé dónde está. Me das demasiada importancia. No se me da tan bien encontrar a la gente.

– Ah, pero eres amiga de Evelyn, ¿no? Su abuela vive en la casa de al lado de tus padres. Conoces a Evelyn de toda la vida. Creo que sabes dónde está. Y creo que sabes por qué quiero encontrarla.

Abruzzi se levantó y se dirigió a la cocina. Encendió el gas, cogió un atizador de la chimenea y lo puso encima de la llama. Probó el atizador con una gota de agua. El agua chisporroteó y se evaporó.

– ¿Qué prefieres primero? -dijo Abruzzi-. ¿Te sacamos un ojo? ¿Hacemos algo sexual?

Si le decía a Abruzzi que Evelyn estaba en Miami iría allí y la encontraría. Probablemente las mataría, a ella y a Annie. Y luego, probablemente, me mataría a mí también, dijera lo que dijera.

– Evelyn está cruzando el país -respondí-. En coche.

– Respuesta incorrecta. Sé que tomó un avión a Miami. Desgraciadamente, Miami es muy grande. Necesito saber en qué parte de Miami está.

El Bolsa me sujetó las manos contra la mesa, el de la máscara de Nixon me arrancó una manga y me sujetó la cabeza, y Abruzzi me aplicó el atizador caliente al brazo. Alguien gritó. Supongo que fui yo. Y me desmayé. Cuando recuperé el sentido estaba en el suelo. El brazo me ardía y la habitación olía como si estuvieran haciendo un asado.

El Bolsa me levantó y me volvió a sentar en la silla. Lo más espantoso de todo aquello era que, de verdad, no sabía dónde estaba Evelyn. Por mucho que me torturaran no podría decírselo. Tendrían que torturarme hasta la muerte.

– Muy bien -dijo Abruzzi-. Una vez más. ¿Dónde está Evelyn?

Se oyó el motor de un coche acelerando fuera y Abruzzi se paró a escuchar. El de la máscara de Nixon se acercó a la ventana y, de repente, una luz cegadora traspasó las cortinas y la furgoneta verde atravesó el ventanal de la fachada, destrozándolo. Hubo un montón de polvo y de confusión. Estaba de pie, sin saber muy bien hacia dónde ir, cuando me di cuenta de que Valerie conducía la furgoneta. Abrí la puerta, me lancé dentro y le grité que saliera de allí. Metió la marcha atrás, salió de la casa de espaldas a unos setenta kilómetros por hora y tomó el camino a toda velocidad.

Valerie todavía tenía la boca y las manos atadas con cinta adhesiva, pero eso no le hacía ir más despacio. Voló por el camino de tierra, entró en la autopista y se acercó a la entrada del puente. Ahora mi miedo era que nos cayéramos al río si no reducía la velocidad. Había trozos de pared enganchados en los limpiaparabrisas, el cristal estaba roto y el morro de la furgoneta destrozado.

Le quité la cinta de la boca y soltó un aullido. Sus ojos seguían desencajados y le moqueaba la nariz. La ropa que llevaba estaba rasgada y sucia. Le grité que fuera más despacio y se puso a llorar.

– Dios mío -dijo entre sollozos-. ¿Qué clase de vida llevas? Esto no es real. Es como en la puta televisión, joder.

– Caramba, Val, has dicho «joder».

– Joder, claro. Estoy alucinando, joder. No puedo creer que te haya encontrado. Me puse a andar sin más. Creía que estaba yendo hacia Trenton, pero iba en dirección contraria. Y entonces vi la furgoneta. Y al mirar por la ventana vi que te estaban quemando. Y habían dejado las llaves en el contacto. Y… y voy a vomitar.

Frenó ruidosamente a un lado de la carretera, abrió la puerta y vomitó.

Después de eso, yo me hice cargo del volante. No podía llevar a Valerie a casa en aquellas condiciones. A mi madre le daría un patatús. Y me daba miedo ir a mi apartamento. No tenía teléfono, así que no podía ponerme en contacto con Ranger. Sólo quedaba Morelli. Puse rumbo al Burg y a la casa de Morelli y, sólo por probar, me desvié una manzana para pasar por delante de Pino's.

El coche de Morelli seguía allí, y el Mercedes de Ranger y su Range Rover negro. Morelli, Ranger, Tank y Héctor estaban en el aparcamiento. Llevé la furgoneta hasta un lado del coche de Morelli y Valerie y yo salimos tambaleándonos.

– Está en Pensilvania -dije-. En una casa junto a un camino de tierra. Iba a matarme, pero Valerie entró en la casa con la furgoneta y conseguimos largarnos.

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