– ¿Dónde está papá? -me preguntó enseguida, con un tono que me hacía pensar más en el miedo que en el amor. Como para confirmar mi sensación, Cora miraba con los ojos muy abiertos a la gente que estaba cerca de mí.
La habían interrogado, temía que la estuvieran siguiendo, suponía que escuchaban nuestras conversaciones por teléfono, nunca se habría atrevido a venir a la fiesta si no la hubieran ido a buscar el auto con chofer y la pequeña escolta de seguridad de Goransky, que se estaba portando como un amigo de los grandes. La calmé con mi propia tranquilidad: ella exageraba el poder del pequeño ejército privado de la Casa. No eran tantos, no eran tan efectivos, no podían intervenir todos los teléfonos del planeta.
Solamente Cora, entre todas las personas de este mundo, podía entender mi desconcierto, mi desesperación, mis dudas con respecto a mi padre y a nuestro futuro. Mamá estaba bien. Le habían permitido verla. No la reconoció pero parecía en paz y hasta feliz, tal como la habíamos visto últimamente. Por el momento mi plan era salir de la ciudad con papá; Goransky me había ofrecido su casa de campo. Cora volvió a hablarme de la comunidad de los Viejos Cimarrones. Ojalá pudiera creer en ese antiguo mito: una comunidad marginal de personas libres, felices, unidas por su rebeldía. Para cualquier familia decente, una manera tan efectiva de librarse de sus viejos como una Casa de Recuperación. Para los viejos, algo más que la libertad. Una ilusión de independencia y poder, una suerte de Estado propio en el que sólo ellos mandaban pero donde nadie más que ellos había para atender a sus necesidades: un mítico paraíso donde eran reyes y esclavos.
Cora no tenía ni había tenido en su vida muchas oportunidades de felicidad, ni siquiera de alegría. Yo mismo la había despreciado durante años. Ahora tuve la confirmación de que también la necesitaba y la quería. La invité a participar en el baile de los osos y empezamos a movernos pesadamente entre hombres y animales.
Mientras bailábamos notamos un movimiento colectivo hacia uno de los lados del salón. Era como si la fiesta entera hubiera empezado a desplazarse hacia la escalinata; los que no podían acercarse, miraban en esa dirección, los comentarios compartían un tono de escándalo y admiración y se dirigían todos hacia la misma meta. Tratamos de aproximarnos también nosotros para entender qué pasaba.
Goransky estaba presentando a un invitado especial de acuerdo a una puesta en escena que él mismo había inventado. La idea, el libreto de la presentación, los diálogos, todo debía ser excelente a juzgar por el efecto violento que estaba causando en el salón. Logramos abrirnos paso hasta una mesa donde otros invitados habían tenido la misma idea que yo y estaban parados sobre las sillas.