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Pero no le fue concedido ese tiempo. Y nadie dejó escrito qué fue lo que pasó. Pero, durante siglos, campesinos y pastores de aquellos montes contaron que en el fondo del lago yacían una o quizá dos inmensas y maravillosas naves, porque las redes de los pescadores se enganchaban, se rompían y arrastraban hasta la superficie del agua extraños y preciosos fragmentos.

No se vio que tenían razón hasta que, en 1928, empezaron a reducir, mediante aventuradas y complejas técnicas, el nivel de las aguas bombeándolas en la antigua galería emisora, porque poco a poco salió del fango el enorme, esquelético, saqueado pero solidísimo casco de madera -más de setenta metros- de la que fue llamada la «primera nave»; y se descubrió con estupor que sostenía las ruinas de un edificio de obra. Después, a poca distancia, emergió el casco de la «segunda», igual de grande e igual de devastada. Pero se constató que era una construcción increíblemente cuidada, basada en tecnologías tan avanzadas que sorprendieron a los expertos en historia de la marinería y los ingenieros navales. Se desató un gran interés en torno a aquel misterioso pero evolucionadísimo sistema de construcción de barcos. Luego se descubrió que la primera nave tenía dos enormes timones, pero no poseía ni reinos ni velas. La segunda, en cambio, llevaba, en aquel pequeño lago, escalmos para sesenta remos. ¿Qué significaba eso? ¿Quién había construido aquellas naves allí? ¿Quién las había hundido? Un enigma arqueológico y un absoluto, e injusto, silencio de la historia.

Un día, entre los restos se encontraron unos trozos de plomo. Una vez retirado el limo, sobre el blando metal apareció, nítidamente grabado, completamente legible, intacto, el sello del constructor, y era una marca imperial. Ponía: «Gajus Caesaris Aug Germanic…».

De repente, la leyenda del lago quedó unida al joven emperador. Sin embargo, una historiografía enemiga y una literatura novelescamente morbosa habían construido en torno a «Calígula» una imagen despreciativa hasta límites absurdos. Así pues, nadie tuvo la honesta y, en resumidas cuentas, simple idea de estudiar seriamente la personalidad y los objetivos del hombre que había querido dos naves tan singulares, espléndidas y únicas en nuestra civilización. Es más, se llegó a decir que las naves eran para uso militar o, si no, estaban destinadas a desenfrenadas orgías. Como si los datos arqueológicos pudieran adaptarse, indiferentemente, a dos usos tan distintos.

Pero aquel lejano día de enero, Claudio, el poeta místico, había dicho:

– La nave sagrada, la Ma-ne -yet que se desplaza con lentitud, siguiendo la luna en el cielo, representa el gran viaje del alma. ¿Conoces la oración? Tunc minor es, cum plena venís; tune plena resurgís, cum minores; crescis semper, cum deficis orbe… La divinidad que, como el lento y siempre igual ciclo lunar en el cielo, aparentemente se aleja y desaparece, pero que siempre, ante la súplica de los hombres, se presenta de nuevo resplandeciente. El nombre con el que llamas a la divinidad es indiferente. Isis, Luna, Ceres, Juno celeste, Cibebe, Diana, Diva Jana, Diviana, Lucifera, diosa de la luz, Artemisa. Los antiguos dorios la llamaban Limnatis, diosa de los lagos; la llamaban Delia porque había nacido en Delos, Ilitia, Urania, Astarté en Fenicia, Milita en Babilonia, Selene en Grecia, Aliat en el desierto árabe, Isis reina del cielo en Egipto… Es lícito invocarla con cualquier nombre, con cualquier rito, con cualquier aspecto… Y ella responde a todos: «Aquí estoy. Yo, rostro único de todos los dioses y las diosas. Con aspectos multiformes, con ritos diversos, con todos los nombres posibles, toda la humanidad venera a la divina Unidad».

Cien años más tarde -en la época del emperador orientalista Adriano, cuando el culto isíaco había sido liberado del ostracismo político-, Lucio Apuleyo, nacido en Madaura, junto a Cartago, tierra de polemistas, filósofos y teólogos, inventó para esta oración un latín áureo y poético. El adepto decía: «Regina caeli, sive Tu Ceres… seu Tu caelestis Venus… seu Phoebi soror… quo quo nomine, quoquo rito, quaqua facie Tejas est invocare». Y la diosa contestaba: «En adsum, deorum dearumque facies uniformas. Cuius numen unicum multiforme specie, ritu vario, nomine multijugo totus veneratur orbis».

Pero en aquel momento el joven emperador escuchaba las palabras del poeta y se preguntaba: «¿Qué son las religiones? ¿Tentativas de acercarnos a lo que nunca comprenderemos?».

Pero ¿cuál era, dónde estaba el origen de todo eso? ¿Era un dios? ¿Era acaso divino todo lo que lo rodeaba? ¿Y qué significaba «divino»? ¡Ah, los filósofos griegos! ¿Qué fuerza o poder había decidido que él viviese su dura y maravillosa vida? Y si había decidido todo eso, ¿hasta qué punto cuidaba de él? ¿Existía una vía de escape racional de aquellas angustias? ¿Podía esperar algo que pareciese justicia? ¿O él también formaba parte de la injusticia y de la violencia, ciegas como el viento y el fuego? ¿Qué importancia tenía en el conjunto el dolor de uno solo? ¿Servía para algo? Y en caso afirmativo, ¿para qué servía?

«¿O todo lo que saben los hombres es simplemente la máscara puesta por el miedo sobre el rostro de lo desconocido? No sabemos. Pero deseamos saber. Deseamos sobre todo que nuestra vida sea menos terrible.» Aquel sacerdote de Sais decía que la vida es energía pura. Dar la vida, o quitarla, es como transvasar el agua que está dentro de una copa a otra copa de otro color: el agua es la misma. «Tú no desapareces -decía-. Tú vas y vuelves.» Y su padre, al que le quedaban tan pocos meses de vida y que parecía que lo supiese, preguntaba al sacerdote: «Pero ¿adónde?».

En cambio, Zaleucos, el viejo preceptor desaparecido quién sabe cómo, que tenía la mente llena de las doctrinas de los antiguos filósofos, un día había dicho: «La idea de lo divino no se capta con razonamientos. La comprensión de su esencia relampaguea en el alma como un rayo». Y también lo escribiría Plutarco, cien años más tarde.

«En realidad -pensó el emperador-, no sabemos ni de dónde viene la muerte ni de dónde viene la vida. Nadie puede decir que lo sabe, ni tampoco afirmar que es el único que lo sabe.»

– ¿Crees que lo que nosotros llamamos religión -preguntó bruscamente a Imhotep- podrá hacernos ver un día lo que hoy desconocemos?

Imhotep se quedó sorprendido.

– Nuestro anj debe realizar el viaje -dijo, vacilante-. Es un viaje marcado por la oscuridad y la confusión, pero nos lleva a la otra orilla… Eso significa la nave de la diosa. Pero quizá la idea es más elevada de lo que podemos representarla con nuestras palabras.

– Gracias -dijo el joven emperador con melancolía-. Si todo eso es verdad, para mí sería muy reconfortante.

En ese momento, Eutimio dijo, riendo:

– A mis hombres les va a encantar un proyecto como este. Ya veréis cuando mañana vaya a Miseno y les diga: «Muchachos, vamos a ir a un lago a construir dos naves de mármol».

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