Salvidia está casi dispuesto. Tiene ya dos de las tres llaves; sólo le falta la de mi celda. Yo tengo que fingir, de vez en cuando, una crisis.
He organizado una tan perfecta, que los guardianes enfermeros me han metido en una bañera con agua muy caliente y me han puesto dos inyecciones de bromuro. Esa bañera está cubierta por una tela muy fuerte, de manera que no pueda salir. Tan sólo mi cabeza sobresale por un agujero. Hace ya más de dos horas que estoy en este baño con esta especie de camisa de fuerza, cuando entra Ivanhoe. Estoy aterrorizado al ver la manera como me mira ese bruto. Tengo un miedo espantoso de que me estrangule. Ni siquiera puedo defenderme, pues mis brazos están bajo la tela.
Se me aproxima, sus grandes ojos me contemplan con atención y tiene el aspecto de cavilar dónde ha visto antes esa cabeza que emerge como de un cepo. Su aliento y un olor a podrido inundan mi rostro. Tengo deseos de pedir socorro a gritos, pero temo ponerle más furioso aún con mis voces. Cierro los ojos y espero, convencido de que va a estrangularme con sus manazas de gigante. Esos escasos segundos de terror no los olvidaré fácilmente. Al fin, se aleja de mí, yerra por la sala y, luego, va hacia los pequeños volantes que dan el agua. Cierra la fría y abre del todo el agua hirviendo. Grito como un condenado, pues estoy a punto de ser literalmente cocido. Ivanhoe ha salido. Hay vapor en toda la sala, me ahogo al respirarlo y hago esfuerzos sobrehumanos, aunque en vano, para tratar de forzar esta tela maldita. Al fin, me socorren. Los guardianes han visto el vapor que salía por la ventana. Cuando me sacan de aquel hervidero, tengo horribles quemaduras y sufro muchísimo. Sobre todo, en los muslos y en las partes donde la piel se ha levantado. Pintado todo yo de ácido pícrico, me acuestan en la salita de la enfermería del asilo. Mis quemaduras son tan graves, que llaman al doctor. Algunas inyecciones de morfina me ayudan a pasar las primeras veinticuatro horas. Cuando el galeno me pregunta qué ha sucedido, le digo, que ha surgido un volcán en la bañera. Nadie comprende qué ha pasado. Y el guardián enfermero acusa al que ha preparado el baño por haber regulado mal los grifos.
Salvidia acaba de salir después de haberme untado de pomada pícrica. Está preparado, y me señala que es una suerte que esté en la enfermería, ya que si fracasa la fuga, podemos volver a esta parte del asilo sin ser vistos. Debe de hacerse rápidamente con una llave de la enfermería. Acaba de imprimir la huella en un trozo de jabón. Mañana tendremos la llave. De mi cuenta corre decir el día que me sienta lo bastante curado como para aprovechar la primera guardia de uno de los guardianes que no hacen ronda.
La hora H será esta noche, durante la guardia de una a cinco de la madrugada. Salvidia no está de servicio. Para ganar tiempo, vaciará el tonel de vinagre hacia las once de la noche. El otro, el de aceite, lo haremos rodar lleno, pues el mar está muy embrabecido, y el aceite acaso nos sirva para calmar las olas al botarlo.
Tengo un pantalón hecho con sacos de harina, cortado por las rodillas, una blusa de marinero y un buen cuchillo al cinto. También tengo un saquito impermeable que me colgaré del cuello. Contiene cigarrillos y un encendedor de yesca. Salvidia, por su parte, ha preparado una alforja estanca con harina de mandioca, que ha embebido de aceite y azúcar. Casi tres kilos, me dice. Es tarde. Sentado en mi cama aguardo a mi compañero. Mi corazón bate con grandes latidos. Dentro de unos instantes, la fuga comenzará. Que la suerte y Dios me favorezcan, para que, ¡al fin!, resulte para siempre vencedor del camino de la podredumbre.
Cosa extraña, no tengo más que un pensamiento fugitivo sobre el pasado, y se dirige hacia mí padre y mi familia. Ni una imagen de la Audiencia, del jurado o del fiscal.
En el momento en que se abría la puerta, evocaba, a pesar mío, a Matthieu literalmente arrastrado de pie por los tiburones.
– Papi, ¡en marcha!
Le sigo.
Rápidamente, cierra la puerta y esconde la llave en un rincón del pasillo.
– Date prisa, date prisa.
Llegamos a la despensa, cuya puerta está abierta. Sacar el tonel vacío es cosa de niños. Salvidia se rodea el cuerpo de cuerdas y yo, de alambres. Tomo la alforja de harina y empiezo, en la noche negra como la tinta, a empujar rodando mí tonel hacia el mar. Salvidia viene detrás, con el tonel de aceite. Por supuesto, es muy resistente, y mi compañero consigue con bastante facilidad frenarlo lo suficiente en esta bajada a pico.
– Con suavidad, con suavidad; procura que no tome velocidad.
Lo espero, por si deja escapar su tonel que, entonces, tropezaría con el mío. Desciendo de espaldas, yo delante y mi tonel detrás. Sin ninguna dificultad llegamos a la parte baja del camino. Hay un pequeño acceso al mar, pero las rocas son difíciles de franquear.
– Vacía el tonel. Nunca podremos pasar estas rocas si está lleno.
El viento sopla con fuerza y las olas rompen rabiosamente contra las rocas. Ya está vacío.
– Métele el corcho bien adentro. Espera; ponle esa placa de hierro encima.
Los agujeros ya están hechos.
– Hunde bien las puntas.
Con el fragor del viento y de las olas, los golpes no pueden oírse.
Bien atados el uno al otro, los dos toneles resultan difíciles de pasar por encima de las rocas. Cada uno de ellos tiene una capacidad de doscientos veinticinco litros. Son voluminosos y nada fáciles de manejar. El lugar escogido por mi compañero para botar la improvisada balsa, no facilita las cosas.
– ¡Empuja, maldita sea! Levántalo un poco. ¡Cuidado con esta ola!
Los dos somos levantados, junto con los toneles, y repelidos duramente contra la roca.
– ¡Cuidado! ¡Van a romperse, aparte de que también nosotros podemos rompernos una pata o un brazo!
– Cálmate, Salvidia. O pasa adelante, hacia el mar, o ven aquí atrás. Aquí estás bien. Tira hacia ti de un solo golpe cuando yo grite. Al mismo tiempo, yo empujaré, y seguramente nos apartaremos de las rocas. Pero, para eso, es preciso, ante todo, aguantar y mantenerse en el sitio, aunque seamos cubiertos por la primera ola.
Cuando grito estas órdenes a mi compañero, en mitad de esta batahola de viento y de oleaje, creo que las ha oído. Una gran ola cubre por completo el bloque compacto que formamos el tonel, Salvidia y yo. Entonces, rabiosamente, con todas mis fuerzas, empujo la balsa. El, seguramente, también estira, pues de un solo golpe nos vemos libres y arrastrados por la ola. Salvidia ha sido el primero en subirse encima de los toneles y, en el momento en que yo, a mi vez, me izo, una ola enorme nos coge por debajo y nos lanza como una pluma contra una roca puntiaguda y salediza. El espantoso golpe es tan fuerte, que los toneles se parten y los fragmentos se dispersan. Cuando la ola se retira, me lleva a veinte metros de la roca. Nado y me dejo arrastrar por otra ola que avanza directamente hacia la costa. Aterrizo literalmente sentado entre dos rocas. Tengo tiempo de agarrarme antes de ser arrastrado de nuevo. Con contusiones en todas partes, consigo alejarme de allí, pero cuando salgo del agua, me doy cuenta de que he sido llevado a más de cien metros del punto donde efectuamos la botadura.
Sin tomar precauciones, grito:
– ¡Salvidia! ¡Romeo! ¿Dónde estás?
No me contesta nadie. Anonadado, me echo en el camino, me despojo del pantalón y de mi blusa de marinero de lana, y me encuentro completamente desnudo, sin más que mis botas. ¡Maldita sea! ¿Dónde está mi amigo? Y grito de nuevo hasta desgañitarme:
– ¿Dónde estás?
Tan sólo el viento, el mar y las olas me responden. Me quedo allí no sé cuánto tiempo, inmóvil, Completamente agotado física y moralmente. Luego, lloro de rabia y arrojo el saquito que llevo al cuello, con el tabaco y el encendedor, atención fraternal de mi amigo hacia mí, pues él no fuma.
En pie, cara al viento, cara a esas olas monstruosas que vienen a barrerlo todo, levanto el puño e increpo al Cielo.