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– ¿Quién eres?

Miro a ese pobre hombre, joven aún, de unos treinta años, plantado ante mí y que me interroga.

– ¿Quién soy? Un hombre como tú, ni más ni menos.

– Es una contestación estúpida. Veo que eres un hombre puesto que tienes una verga y unos cojones; si fueras una mujer, tendrías un agujero. Te pregunto quién eres, es decir, cómo te llamas.

– Papillon.

– ¿Papillon? ¿Eres una mariposa? Pobre de ti. Una mariposa vuela y tiene alas. ¿Dónde están las tuyas?

– Las he perdido.

– Es preciso que las encuentres, así podrás escaparte. Los guardianes no tienen alas. Los engañarás. Dame tu cigarrillo.

Sin darme tiempo a tendérselo, me lo saca de la boca. Luego, se sienta frente a mí y fuma con delectación.

– Y tú, ¿quién eres? -le pregunto.

– Yo soy un desdichado. Cada vez que tienen que darme algo que me pertenece, me estafan.

– ¿Por qué?

– Porque así son las cosas. Así que mato la mayor cantidad posible de guardianes. Esta noche, he colgado a dos. Sobre todo, no se lo digas a nadie.

– ¿Por qué los has colgado?

– Me han robado la casa de mi madre. Figúrate que mi madre me ha enviado su casa, y ellos, como la han encontrado bonita, se la han quedado y viven dentro. ¿Acaso no he hecho bien en colgarles?

– Tienes razón. Así no se aprovecharán de la casa de tu madre.

– El guardián gordo que ves allí, detrás de la reja, ¿lo ves?, también vive en la casa. A ése, también me lo cargaré, ya verás.

Se levanta y se va.

¡Uf! No es divertido estar obligado a vivir entre locos, sino peligroso. Por la noche, gritan en todas partes, y cuando hay luna llena, están más excitados que nunca. ¿Cómo puede influir la luna en la agitación de los dementes? No puedo explicarlo, pero he comprobado muchas veces que influye.

Los guardianes redactan informes sobre los locos que están en observación. Conmigo, hacen experimentos. Por ejemplo, olvidan voluntariamente sacarme al patio. Esperan a ver si lo reclamo. O bien no me dan una comida. Tengo un bastón con un bramante y hago ver que pesco. El jefe de vigilantes dice:

– ¿Pican, Papillon?

– No pueden picar. Imagínate que, cuando pesco, hay un pececito que me sigue a todas partes, y cuando un pez grande va a picar, el pequeño le advierte: “No seas estúpido y no piques; pesca Papillon.” Por eso nunca atrapo nada. Sin embargo, continúo pescando. Tal vez, un día, haya uno que no lo crea.

Oigo que el guardián le dice al enfermero:

– ¡Ese ya tiene lo suyo!

Cuando me siento en la mesa común del refectorio, nunca puedo comerme un plato de lentejas. Hay un gigante de un metro noventa por lo menos, de brazos, piernas y torso velludos como un mono. Me ha elegido como chivo expiatorio. Para empezar, se sienta siempre a mi lado. Las lentejas se sirven muy calientes, con lo que, para comerlas, es preciso aguardar a que se enfríen. Con mi cuchara de palo, tomo un poco y, soplando encima, llego a comer algunas cucharadas. Ivanhoe -pues cree ser Ivanhoe toma su plato, lo agarra por los bordes y se lo traga todo de un tirón. Luego, toma el mío y hace lo mismo. Una vez se lo ha zampado, lo pone delante de mí ruidosamente y me mira con sus ojos enormes inyectados en sangre, como si quisiera decir: “¿Has visto cómo me como las lentejas? “ Empiezo a estar harto de Ivanhoe' y como aún no estoy clasificado como loco, he decidido dar un golpe de teatro a sus costillas. Otra vez hay lentejas. Ivanhoe no me mira. Se ha sentado a mi lado. Su rostro aparece radiante y saborea por adelantado el gozo de soplarse sus lentejas y las mías. Coloco ante mí una gran jarra de tierra cocida llena de agua, muy pesada. Apenas el gigante levanta mi plato y comienza a dejar fluir las lentejas en su garganta, me pongo en pie, y con todas mis fuerzas, le rompo la jarra de agua en la cabeza. El gigante se derrumba con un grito de bestia. De forma igualmente repentina, todos los locos empiezan a lanzarse los unos contra los otros, armados con los platos. Se desencadena un zipizape espantoso. Además, la pelea colectiva está orquestada por los gritos de todo el mundo.

Agarrado en vilo, me encuentro de nuevo en mi celda, donde cuatro robustos enfermeros me han llevado a toda velocidad y sin miramientos. Grito como un desesperado que Ivanhoe me ha robado la cartera con mi tarjeta de identidad. ¡Esta vez, lo consigo! El médico se ha decidido a declararme irresponsable de mis actos. Todos los guardianes están de acuerdo en reconocer que soy un loco apacible, pero que, en algunos momentos, puedo ser peligroso. Ivanhoe lleva un hermoso vendaje en la cabeza. Se la he abierto, al parecer, en más de ocho centímetros. Por suerte, no se pasea a las mismas horas que yo.

He podido hablar con Salvidia. Tiene ya el duplicado de la llave de la despensa donde se guardan los toneles. Trata de procurarse la cantidad suficiente de alambre para atarlos juntos. Le he dicho que temo que los alambres se rompan a causa de los estirones que van a dar los toneles en el mar, y que sería mejor tener cuerdas, que serían más elásticas. Tratará de conseguirlas, y así habrá cuerdas y alambres. También es preciso que haga tres llaves: una de mi celda, otra del pasillo que conduce a ella y una tercera de la puerta principal del asilo. Las rondas son poco frecuentes. Un solo guardián para cada turno de cuatro horas. De nueve de la noche a una de la madrugada, y de una a cinco. Dos de los guardianes, cuando están de centinela, duermen durante todo el tiempo y no efectúan ninguna ronda. Cuentan con el preso enfermero, que está de guardia con ellos. Así, pues, todo va bien, sólo es cuestión de paciencia. Un mes, todo lo más, y podremos dar el golpe.

El jefe de vigilantes me ha dado un cigarro malo encendido al salir al patio. Pero aun malo, me parece delicioso.

Contemplo ese rebaño de hombres desnudos que cantan, lloran, hacen gestos de idiota, hablan solos. Todavía mojados por la ducha que todos toman antes de volver al patio, con sus pobres cuerpos maltratados por los golpes recibidos o que ellos mismos se han dado, y marcados por las huellas de los cordones de la camisa de fuerza demasiado apretados. Es, precisamente, el espectáculo del fin del camino de la podredumbre. ¿Cuántos de estos chalados han sido reconocidos responsables de sus actos por los psiquiatras en Francia?

Titin -lo llaman así- pertenece a mí convoy de 1933. Mató a un tipo en Marsella, luego tomó un “simón”, cargó a su víctima en él y se hizo conducir al hospital donde, al llegar, dijo: “Aquí tienen. Cuídenlo. Creo que está enfermo.” Detenido allí mismo, el jurado no supo ver en él ningún grado, por mínimo que fuese, de irresponsabilidad. Sin embargo, tenía que haber estado ya mochales para haber hecho semejante cosa. El tipo más imbécil, normalmente, se hubiera dado cuenta de que iba a hacerse sospechoso. Y ahí está Titin sentado a mi lado. Tiene disentería crónica. Es un verdadero cadáver ambulante. Me mira con sus ojos de color gris hierro, atontados. Me dice:

– Tengo monitos en el vientre, paisano. Los hay que son malos, y me muerden en los intestinos, y por eso hago sangre cuando están enfadados. Otros son de una raza velluda, llenos de pelos, y tienen las manos suaves como plumas. Me acarician dulcemente e impiden que los otros, los perversos, me muerdan. Cuando esos suaves monitos quieren defenderme, no hago sangre.

– ¿Te acuerdas de Marsella, Titin?

– Caramba, si me acuerdo de Marsella. Muy bien, me acuerdo. La plaza de la Bolsa, con sus estatuas…

– ¿Recuerdas los nombres de algunas?

– No, no me acuerdo de los nombres; sólo de un estúpido “Simón” que me condujo al hospital con mi amigo enfermo y que me dijo que yo era causa de su enfermedad. Eso es todo.

– ¿Y tus amigos?

– No lo sé.

Le doy mi colilla al pobre Titin y me levanto con una inmensa piedad en el corazón por ese pobre ser que morirá como un perro. Sí, es muy peligroso convivir con locos, pero ¿qué hacer? En todo caso, es la única manera, creo yo, de planear una fuga sin que se corra el riesgo de sufrir condena.

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