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Ese doctor nunca ha estrechado la mano a un vigilante, cualquiera que sea su grado, pero sí, y muy a menudo, a mí y a ciertos presidiarios a quienes había aprendido a conocer y a estimar.

Una vez recobrada la libertad, he tomado contacto de nuevo con el doctor Germain Guibert, a través del doctor Rosemberg. Me ha enviado una foto de él y de su esposa en la Canebiére, Marsella. Regresaba de Marruecos y me felicitaba al saberme libre y feliz. Murió en Indochina al tratar de salvar a un herido que se había rezagado. Era un ser excepcional, y su mujer era digna de él. Cuando fui a Francia, en 1967, tuve deseos de ir a verla. Renuncié, porque había cesado de escribirme después de que yo le pidiera una declaración en mí favor, cosa que hizo. Pero, desde entonces, no volvió a enviarme noticias. No conozco la causa de este silencio, pero conservo en mi alma, por ambos cónyuges, el más alto reconocimiento por la manera como me trataron en su hogar, en Royale.

Algunos meses después, he podido regresar a Royale.

NOVENO CUADERNO. SAN JOSÉ

Muerte de Carbonieri

Ayer, mi amigo Matthieu Carbonieri recibió una cuchillada en pleno corazón. Este crimen va a desencadenar una serie de asesinatos. Carbonieri estaba en el lavadero, completamente desnudo, y recibió la cuchillada cuando tenía la cara llena de jabón. Siempre que nos duchamos, tenemos la costumbre de abrir la navaja y dejarla bajo la ropa, a fin de tener tiempo de echar mano de ella si se acerca algún supuesto enemigo. No haber tenido esa precaución, a Carbonieri le ha costado la vida. A mi compañero lo ha matado un armenio, un verdadero rufián.

Con la autorización del comandante, y ayudado por otro compañero, yo mismo he bajado a mi amigo hasta el muelle. Como el cuerpo pesaba, al descender por la costa, he tenido que pararme tres veces a descansar. He hecho que le atasen los pies con una gran piedra y, en vez de cuerda, he usado alambre. Así, los tiburones, no podrán cortarlo y el cadáver se sumergirá en el mar sin que hayan podido devorarlo.

Suena la campana y llegamos al muelle. Son las seis de la tarde. El sol se pone en el horizonte. Montamos en la canoa. En la famosa caja, que sirve para todo el mundo, con la tapadera echada, Matthieu duerme el sueño eterno. Para él todo se acabó.

– ¡Prepárate para tirarlo! -grita el guardián que va al timón.

En menos de diez minutos hemos llegado a la corriente que forma el canal entre Royale y San José. Y, entonces, de súbito, se me hace un nudo en la garganta. Decenas de aletas de tiburones sobresalen del agua, evolucionando velozmente en un espacio restringido de menos de cuatrocientos metros. Ya están aquí los devoradores de presidiarios; han acudido a la cita a su hora y en el lugar exacto.

Que el buen Dios haga que los escualos no tengan tiempo de atrapar a mi amigo. Levantamos los remos en señal de despedida. Alzamos la caja. Enrollado en sacos de harina el cuerpo de Matthieu resbala, arrastrado por el peso de la gran piedra, y en seguida toca agua.

¡Horror! Apenas se ha sumergido en el mar, cuando creo que ya ha desaparecido para siempre, vuelve a la superficie echado por los aires por, ¡yo qué sé!, siete, diez o veinte tiburones, ¿quién puede saberlo? Antes de que la canoa se retire, los sacos de harina que envuelven el cuerpo han sido arrancados y, entonces, sucede una cosa inexplicable. Matthieu aparece unos dos o tres segundos de pie sobre el agua. Le ha sido amputado ya la mitad del antebrazo derecho. Con la mitad del cuerpo fuera del agua, avanza en derechura hacia la canoa y, luego, en medio de un remolino más fuerte, desaparece definitivamente. Los tiburones han pasado por debajo de nuestra canoa, y un hombre ha estado a punto de perder el equilibrio y caerse al agua.

Todos, incluidos los guardianes, están petrificados. Por primera vez he tenido deseos de morir. Ha faltado poco para que me arrojara a los tiburones con el fin de desaparecer para siempre de este infierno.

Lentamente, subo del muelle al campamento. No me acompaña nadie. Me he echado las parihuelas al hombro y llego al rellano donde mi búfalo Brutus atacó a Danton. Me detengo y me siento. Ha caído la noche, aunque son sólo las siete. Al Oeste, el cielo aparece ligeramente aclarado por algunas lenguas de sol; éste ha desaparecido por el horizonte. El resto está negro, agujereado a intervalos por el pincel del faro de la isla. Estoy muy afligido.

¡Mierda! ¿No has querido ver un entierro y, por añadidura, el de tu compañero? Pues bien; lo has visto. ¡Y de qué modo! ¡La campana y todo lo demás! ¿Estás contento? Tu maldita curiosidad ha quedado saciada.

Queda por despachar al tipo que ha matado a tu amigo. ¿Cuándo? ¿Esta noche? ¿Por qué esta noche? Es demasiado pronto, y ese tipo estará a la expectativa. En su chabola son diez. No conviene precipitarse. Veamos. ¿Con cuántos hombres puedo contar? Cuatro y yo: cinco. Está bien. Liquidaremos a ese tipo. Sí, y si es posible, me marcharé a la isla del Diablo. Allá, no se necesita balsa, ni hay que preparar nada. Dos sacos de cocos y me echo al mar. La distancia hasta la costa es relativamente corta: cuarenta kilómetros en línea recta. Con las olas, los vientos y las mareas deben convertirse en ciento veinte kilómetros. Será simple cuestión de resistencia. Soy fuerte, y dos días en el mar, a caballo de mis sacos, debo poder aguantarlos.

Tomo las parihuelas y subo al campamento. Cuando llego a la puerta, me registran, cosa extraordinaria' pues no sucede nunca. El guardián en persona me quita la navaja.

– ¿Quiere usted que me maten? ¿Por qué me desarma? ¿Sabe que, haciendo eso, me envía a la muerte? Si me matan será por su culpa.

Nadie contesta, ni los guardianes, ni los llaveros árabes. Se abre la puerta y entro en la cabaña. “Aquí no se ve nada. ¿Por qué hay una lámpara en vez de tres? “

– Papi, ven por aquí.

Grandet me tira de la manga. En la sala no hay demasiado ruido. Se nota que algo grave va a suceder o ha sucedido ya.

– No tengo mi navaja. Me la han quitado en el registro.

– Esta noche no la necesitarás.

– ¿Por qué?

– El armenio y su amigo están en las letrinas.

– ¿Y qué hacen allí?

– Están muertos.

– ¿Quién se los ha cargado?

– YO.

– ¡Qué rapidez! ¿Y los otros?

– Quedan cuatro de su chabola. Paulo me ha dado su palabra de honor de que no se moverían y te esperarían para saber si estás de acuerdo en que el asunto se detenga ahí.

– Dame una navaja.

– Toma la mía. Me quedo en este rincón; ve a hablar con ellos.

Avanzo hacia su chabola. Mis ojos se han acostumbrado ya a la poca luz. Al fin, alcanzo a distinguir el grupo. En efecto, los cuatro están de pie delante de su hamaca, apretujados.

– Paulo, ¿quieres hablarme?

– Sí.

– ¿A solas o delante de tus amigos? ¿Qué quieres de mí? Dejo prudentemente un metro cincuenta entre ellos y yo. Mi navaja está abierta dentro de mi manga derecha, y el mango bien situado en el hueco de mi mano.

– Quería decirte que tu amigo, creo yo, ha sido suficientemente vengado. Tú has perdido a tu mejor amigo, y nosotros, a dos. En mi opinión, esto debería detenerse aquí. ¿ Qué opinas tú?

– Paulo, tomo nota de tu oferta. Lo que podríamos hacer si estáis de acuerdo, es que las dos chabolas se comprometan a no hacer nada durante ocho días. De aquí a entonces, ya se verá lo que debe hacerse. ¿De acuerdo?

– De acuerdo.

Y me retiro.

– ¿Qué han dicho?

– Que creían que Mathieu, con la muerte del armenio y de Sans Soud, había sido suficientemente vengado.

– No -dice Galgani.

Grandet no dice nada. Jean Castellí y Louis Gravon están de acuerdo en hacer un pacto de paz.

– ¿Y tú, Papi?

– En primer lugar, ¿quién ha matado a Matthieu? El armenio. Bien. Yo he propuesto un acuerdo. He dado mi palabra, y ellos, la suya, de que durante ocho días nadie se moverá.

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