– ¿A qué? Aparecen nazis pateando a los judíos y arrastrando mujeres hasta los campos…
– La gente ya no ve nada malo en la violencia. Desde mayo del 68, es la forma generalizada de obtener lo que se quiere. ¿Me equivoco? Ya lo viste anoche en la tele… Esa banda de Alemania. El juicio que ha empezado. Los lunáticos de la Baader-Meinhof son el resultado de lo que ocurrió en el 68. Hoy en día cada uno sólo desaprueba los objetivos de los demás, quizá. Todos emplean los mismos métodos, secuestros, raptos.
– ¿Cómo se llama aquel chico, el pelirrojo? Tendríais que ver cómo ha engordado y madurado -las mejillas hinchadas de Gaby en el espejo-. De veras. Publicaron una entrevista en «Elle».
– Se refiere a Cohn-Bendit.
– ¿En esa revista de mujeres? ¿Para qué lo desentierran?
– Es natural. Ponia ha levantado la interrupción que pesaba sobre él y ahora está en París firmando autógrafos en un libro que escribió.
– Pierre, te mostrará el artículo. Está en el cuarto de baño. Lo leí mientras daba tiempo a que me tomara el tinte. ¿Nadie se ha dado cuenta de mi pelo… no es un color muy sexy?
Un joven se aproximó para mirarla de cerca.
– ¿Qué usas? quiero hacerme mechitas.
– Me queda medio frasco, Gérard. Ven mañana por la mañana y te lo daré encantada.
– En Niza cobran sesenta francos. Y parece que tendré que mudarme de mi habitación.
– ¿Sí? ¿Por qué?
– La patrona puede sacar el doble en verano y ella también necesita dinero. Su marido vive de una pensión y la nieta quedó embarazada. Una estúpida, vi cómo se lo buscaba.
Un hombre al que Rosa Burger saludaba como a mucha gente con la que se cruzaba a menudo en la aldea, finalmente se dirigió a ella en el bar, con la formalidad con que los franceses abordan a las mujeres como preludio de sus expectativas de intimidad. ¿Querría tomar un café o una copa con él?
– ¿Eres inglesa? ¿Sí? Tuve un amigo del ramo de la construcción, como yo, que se instaló en esas tierras. Está ganando montones de dinero. Doce mil francos al mes… me refiero a francos nuevos. Pero por allí hay muchos problemas, eh? Yo no quiero tener problemas. ¿Te gusta Francia? La costa es hermosa. Por supuesto. Hay unos cuantos sitios muy buenos para ir a bailar. ¿Has estado en Les Palmiers bleus? Cerca de Cap Ferrat. ¿Tus amigos no te llevan a bailar?
Había visto a un hombre y a una chica en una cafetería arrojándose mutuamente flores; esa conversación, en cualquier idioma, era igualmente sencilla de manejar.
– Vivo con Madame Bagnelli.
– ¿La casa que está justo encima de la vieja Maison Commune? Pero esa señora es inglesa.
– Sólo el apellido es italiano.
– No, no, es de Niza, por aquí hay montones de franceses con esos apellidos. Yo me llamo Pistacchi, Michel Pistacchi. ¿Podrías haberlo adivinado? Te llevaré a Les Palmiers Bleus, te gustará. ¿De qué te ríes? ¿Me encuentras divertido?
– No podremos hablar… como ves no sé francés.
– Iré a pedirle permiso a Madame para llevarte a bailar.
– ¿Pedirle permiso? ¿Para qué?
Como a casi todos los hombres gregarios, le atraían las chicas que parecían apartadas de la compañía en que las encontraba. Como confirmando su intuición para estas cuestiones, la cara de la extranjera se abrió con vivida luminosidad, generalmente prometedora al reír.
Le llevó rosas a Madame Bagnelli. Fue a buscar a Rosa Burger con un elegante brazer azul marino, en un coche deportivo.
– No es mío pero prácticamente da lo mismo, ya me entiendes… cuando mi amigo encuentre una ganga con algún modelo nuevo, me dejará éste.
Pidió una cena copiosa y se empeñó en que cada uno probara los platos del otro.
– Esto es lo que me gusta, estar con una chica que sabe apreciar la buena comida, una atmósfera… no salgo si no es para ir a lugares de primera. Nada de discotecas.
Bailaba expertamente y sus intentos de caricias durante el baile también estaban expertamente calculados para no exceder el límite en el que de momento podían ser pasadas por alto. Ella entendía casi todo lo que decía; cuando no seguía sus palabras captaba la dinámica de sus movimientos, las actitudes y los conceptos que siempre derivaban en sus necesidades, temores y deseos personales. Se jactó ingenuamente de su familiaridad con el patrón -Todos los días voy a su casa para el casse-croüte- al tiempo que se quejaba de las responsabilidades que se esperaba asumiera en comparación con lo que ganaba, los impuestos que pagaba.
– ¿Pero vuestro sindicato no es fuerte en Francia?
No lo había entendido bien; él estaba ansioso por adivinarla más allá de sus errores. Hubo risas y por un instante la abrazó.
– Eres muy inteligente, sabes lo que ocurre en el mundo, me doy cuenta. Qué placer estar con una chica con la que se puede hablar… ¡y me dijiste que no sabes francés! Permíteme explicarte que los sindicatos… esos tíos no trabajan para nosotros, somos nosotros los que trabajamos y ellos engordan con nuestros esfuerzos.
El tema lo distrajo de la conciencia que tenía del cuerpo de Rosa y de su determinación a que ella tomara conciencia del suyo; la chica notó en su rostro que no quería quedar atrapado en una conversación de ese tipo, pero tampoco podía resistirse a ser escuchado.
– ¿Y si los socialistas acceden al poder? -ella tenía que construir las oraciones mentalmente antes de hablar.
– ¿Mitterrand? Se vendería a los comunistas.
– Entonces los trabajadores serán fuertes, no los patrons.
El dejó de bailar, interrumpió el ritmo. La alejó de su cuerpo.
– Yo quiero lo que es mío, eh? Para eso trabajaron mis padres. Cuando mi padre muera, su casa será mía, eh? Los comunistas no lo permitirían. Me robarían la propiedad de mi padre, lo sabes, ¿no?
Katya lo llamaba «el albañil de Rosa»:
– Apuesto a que es la primera vez que sales con un albañil -las dos mujeres se divirtieron con este ejemplo de infancia protegida.
– Quiero ver la casa que vas a heredar.
– Comment?
Una vez más, ella no se había aclarado; finalmente él comprendió, pero siguió sorprendido.
– Nada que valga la pena ver. Es la casa de unos viejos sin dinero y necesita muchas reformas.
Era una pequeña granja-casa-villa, con la tierra de sombra chamuscada, las baldosas rosas que siempre ha utilizado la gente de la región, y una lavadora automática en la cocina. Su madre sacó unos vasos estrafalarios y el padre llevó una botella de vino hecho por él mismo; intercambiaron sonrisas con esa chica extraña pero no intentaron hablar con ella, que a su vez no lograba descifrar el dialecto en el que hablaban con su hijo, aunque percibió que era ese tipo de conversación que todos los padres aprovechan para plantear diversos temas cuando tienen la oportunidad de consultar a sus hijos o hijas adultos. Fugazmente los tres se convirtieron en una familia, mientras ella bajaba a su lado por el jardín en pendiente: el hijo saltando acequias con sus botas elegantes, los padres andando con sus zapatillas embarradas; todos hablaban, escuchaban, ponían reparos. Padre e hijo se sumieron en un desacuerdo sobre la forma de tratar un árbol que amenazaba caerse. La madre llevó a Rosa a ver los surcos de verduras tiernas que se agachaba para levantar, aquí y allá, ajando el suelo gris; a través de frondosos refugios y desvencijados cobertizos donde los semilleros eran verdes y transparentes, canastas con nueces almacenadas y un cubo -vivo como un queso con gusanos- rebosante de caracoles que habían juntado para comer. Bajo algunos olivos y cerezos había una mesa larga cubierta con plástico floreado, encima de la cual colgaba una lámpara conectada en las ramas: había una oveja doméstica amarrada para que cortara la hierba dentro del radio de su cuerda y un columpio para los nietos. Rosa se sentó a comer las cerezas con que el padre había llenado su regazo y el hijo arremetió hacia ella con la cabeza baja, para hacerlos reír a todos; la levantó en el aire hasta que finalmente ella logró ponerse de pie riendo, sujetándose la garganta como si algo estuviera a punto de echar a volar desde el interior.