Mientras tanto los disparos se habían sucedido con cierta periodicidad, y al llegar al patio Anatole debió detener nuevamente a las personas con los brazos extendidos.
– ¿No puede añadir más nada? -pregunté mientras llegábamos al jardín, pensando que no tenía ningún interés en un espectáculo musical que además posiblemente tuviese connotaciones políticas, o durante el transcurso del cual se preparaba alguna acción que desconocía. El farol estaba apagado.
– Canta Gardel -dijo en un susurro, al llegar al portón, aunque dándole a la frase una trascendencia inconmensurable. Me despidió de inmediato con un fuertísimo apretón de manos, que me dejó los dedos machucados y doloridos por largo rato, y una frase que me sonó con extraños ecos en la memoria-: Hasta la vista, compañero. Gracias.
– Hasta la vista -murmuré, y me alejé lentamente por el callejón oscuro, buscando una calle más transitada donde hallar un taxímetro.
Era incapaz de pensar en el asunto en forma coherente; sólo sentía una tremenda ansiedad por llegar al teatro, lo antes posible. Aún era temprano, pero suponía que aunque tuviese una entrada no sería fácil encontrar una buena ubicación.
A pocas cuadras de allí la calle desembocaba en un gran bulevar, mal iluminado pero con buen tránsito; no era, evidentemente, una zona céntrica. Pero no tardó en pasar un taxi.
– Al Odeón -dije, y nuevamente me eché hacia atrás en el asiento, tratando de contener la ansiedad. Cuando pasó un tiempo que intuí similar al que había demorado el otro taxímetro en llevarme allá, abrí los ojos y me encontré en una zona conocida. En efecto; el taxi aminoró la marcha y pude ver a los carabineros frente al Asilo. Luego dio vuelta la esquina, lentamente, y paró ante la entrada del Odeón. Pagué y descendí, preguntándome con inquietud si el Odeón formaría parte del mismo edificio del Asilo; la entrada estaba casi exactamente en el extremo opuesto a la puerta del lugar de la misa. Y el teatro era mucho más pequeño que como yo lo imaginara. Afuera, en los carteles, no había ningún aviso especial: se anunciaba un "espectáculo artístico" y se daban algunos nombres para mí desconocidos; sin embargo, aunque todavía era temprano, ya se veía bastante gente en el hall y rondando la vereda. Había en el público cierta homogeneidad que en el momento no pude o no traté de analizar, y de alguna manera el aspecto y la actitud de ese público tenía que ver con el aspecto del teatro, polvoriento y descuidado, y con lo que yo esperaba que sucediera. Lo único que desentonaba era el equipo de porteros, de uniformes exagerados en su brillo y porte marcial, y en una cantidad que sobrepasaba largamente las exigencias de la sala.
Entregué mi entrada a uno de ellos, aburrido de pasearme por el hall, sin nada para ver, y me condujo hasta un palco muy cerca del escenario. La iluminación era pobre, la platea y demás ubicaciones estaban casi desiertas -en total habría unas diez personas distribuidas por la sala-, y no había molduras ni grandes arañas para contemplar; lo único que me atraía, desde un primer momento, era el telón multicolor, con distintos letreros de propaganda de productos antiquísimos. Me dio la sensación de estar observando una revista vieja, con su publicidad que ahora nos parece ingenua o exagerada; y se me ocurrió pensar si todo aquello no formaría parte del espectáculo; si el teatro mismo, de mucha más categoría que la que hoy aparentaba, no se habría maquillado, no habría cambiado su aspecto para adecuarse al espectáculo prometido, reconstruyendo en cierto modo aquellos teatros bonaerenses de principios de siglo; y se me ocurrió que había un extraño sentido en el ciclo -aunque no podía hacer calzar en ninguna parte la tragedia de Medellín- de Buenos Aires exportando a Gardel, importando al Odeón y reexportando esta nueva combinación polvorienta de teatro y cantor.
De pronto se oyó un ruido atronador, las puertas se abrieron con violencia todas al mismo tiempo y una marea de gente comenzó a extenderse en forma desordenada y presurosa por la platea, llegando a cubrir en pocos minutos todos los asientos y aun los espacios libres, al tiempo que en los palcos y galerías sucedía lo mismo, me vi obligado a levantarme de mi asiento y ocupar un sitio contra la barandilla antes de que me obstaculizaran la visión en forma definitiva. La sala cobró una vida totalmente distinta: se hablaba ruidosamente, se fumaba, y una ola de calor y humo subía de la platea y empañaba el aire polvoriento. A mi lado y a mis espaldas se apiñaba cantidad de gente, que conversaba y transpiraba y a veces me empujaban peligrosamente contra la baranda, que era más bien baja, y tuve miedo de caer de cabeza a la platea. Llegué a sentirme extremadamente incómodo y a arrepentirme de haber venido; pensé, incluso, en salir de allí, pero creo que ya no era posible. El ritmo cardíaco se me fue acelerando y la boca se me llenó de saliva; traté de controlar la fobia de encierro distrayendo la mente, mirando una vez más la propaganda chillona que, ahora, se veía apagada por la niebla artificial; sentí un hondo deseo de que aquello comenzara y, sobre todo, terminara de una buena vez; y de pronto adquirí la certeza del engaño, comprendí que Gardel estaba irreversiblemente muerto, y que había sido un perfecto imbécil al dejarme convencer por Anatole. Sospeché un sentido oculto en todo el aparato montado, algo más que la simple estafa a meretrices, modistillas, canillitas y distintos especímenes del Barrio Latino que ahora, al apagarse la luz de la sala y encenderse un foco sobre el escenario, alcanzaban paulatinamente y sin necesidad de órdenes un silencio total. Apenas podía ver, en la semipenumbra de la sala, caras marrones y enjutas con los ojos redondos y blancos fijos en el escenario, en una espera tensa y sudorosa.
Se levantó el telón. No hubo aplausos, ni presentaciones. Uno a uno fueron desfilando los trasnochados y desconocidos que anunciaban los carteles, cumpliendo con su número que no era silbado ni recompensado con aplausos. Cantantes españoles, bailaores flamencos, "gauchos" con evidente acento centroamericano, envejecidos melenudos de la década del sesenta, seguramente calvos, que sacudían la peluca a un cansado ritmo beat que ya no se parecía a sí mismo; folklore norte y sudamericano, y un intervalo donde volvieron a surgir el humo y el ruido sin que nadie abandonara su lugar. (En mi palco, alguien orinaba, alguien se orinaba encima, y pequeñas gotitas llegaban a salpicarme los calcetines, y pronto sentí los pies encharcados y un olor creciente y penetrante.) La segunda parte del espectáculo transcurrió sin mayores variantes, hasta que un argentino se aferró al micrófono y empezó un discurso sobre la personalidad artística que ocuparía en breves instantes el escenario; era un delirio deshilvanado y a veces vociferante, lamentable; y, sin embargo conseguía enardecer al público que, en un principio, comenzó a revolverse inquieto en los asientos, luego a estremecerse y vibrar en forma mucho más evidente y en cierto extraño orden, para luego ponerse de pie y tratar de trepar al escenario (por fortuna, demasiado alto), y pronto el caos fue total; yo me sentí agarrado de los hombros y tirado con fuerza tremenda hacia atrás, perdí pie y fui a caer sobre una masa que también se revolvía y gesticulaba -todo ello en el mayor silencio posible, mientras el animador payasesco continuaba anunciando la figura del Mago, recorriendo todos los lugares comunes acumulados por animadores y locutores de radio rioplatenses durante décadas-; fui girando, y dejándome arrastrar, y manoteando para recuperar una posición estable hasta encontrarme casi afuera del palco, sobre la entrada que comunicaba con el pasillo, donde también los lujosos porteros hacían esfuerzos desmadejados por filtrarse y mirar. Abandoné la lucha, si es que la hubo en algún momento, y me recosté sudoroso y atemorizado contra el acolchado de la puerta abierta. Me pasé el pañuelo por la frente, ennegreciéndolo, y sentí cansancio, y asco, de la gente, de la sala, de mí mismo y, a poco, de todas las cosas del mundo.