– Mañana, tú sigues solo dos días más. De mañana en adelante, no hay policías.
Ultimo puesto fronterizo en esta noche a las diez. Lo reconocemos por algunos ladridos de perros y una casita resplandeciente de luz. Todo eso es evitado de forma magistral por Antonio. Entonces, caminamos toda la noche sin tomar precauciones. El camino no es muy ancho, es un sendero que, de todos modos, debe ser muy transitado, pues está limpio de hierbas. Tiene casi cincuenta centímetros de anchura y bordea la selva, dominando la playa desde una altura de dos metros aproximadamente. Se ven también, marcadas de trecho en trecho, huellas de herraduras de caballos y de asnos. Antonio se sienta en una gruesa rama de árbol y me hace signo de que yo me siente también. El sol pega fuerte. En mi reloj, son las once, pero por el sol debe de ser mediodía: una-varita hincada en el suelo no da ninguna sombra, así que es mediodía. Pongo mi reloj en las doce. Antonio vacía su bolsa de hojas de coca: hay siete. Me da cuatro y se guarda tres. Me alejo un poco, entro en la selva, vuelvo con cincuenta dólares de Trinidad y sesenta florines y se los tiendo. Me mira muy asombrado, palpa los billetes, no comprende por qué están tan nuevos y cómo no se han mojado nunca, puesto que jamás me ha visto secarlos. Me da las gracias, con todos los billetes en la mano, reflexiona un rato y, luego, separa seis billetes de cinco florines, es decir, treinta florines, y me devuelve el resto. Pese a mi insistencia, se niega a aceptar más. En este momento, algo cambia en él. Habíamos decidido que nos separaríamos aquí, pero parece que ahora quiere acompañarme un día más. Después, me da a entender que dará media vuelta. Bueno, nos vamos tras haber tragado algunas yemas de huevo y encendido un buen cigarro con mucha dificultad golpeando durante más de media hora dos piedras una con otra para prender fuego a un poco de musgo Seco.
Hace tres horas que andamos cuando viene hacia nosotros, en línea recta, un hombre a caballo. Ese hombre lleva un sombrero de paja inmenso, botas; va sin pantalón, pero con una especie de slip de cuero, una camisa verde y una guerrera descolorida, verde también, de tipo militar. Por arma, una hermosa carabina y un enorme revólver al cinto.
– ¡Caramba! Antonio, hijo mío.
Antonio había reconocido al jinete desde muy lejos. No me dijo nada, pero sabía que toparíamos con él, eso saltaba a- la vista. Aquel hombretón cobrizo de unos cuarenta años descabalga y los dos se dan grandes palmadas en los hombros. Esa manera de abrazarse, la veré luego en todas partes.
– ¿Y ése quién es?
– Un compañero de fuga, un francés.
– ¿Adónde vas?
– Lo más cerca que pueda de los pescadores indios.
Quiere pasar por el territorio indio, entrar en Venezuela y, allí, buscar un medio para volver a Aruba o a Curasao.
– Indio guajiro malo ~-,dice el hombre-. No vas armado, toma.
Me da un puñal con su vaina de cuero y su mango de asta brillante. Nos sentamos en el borde del sendero. Me quito los zapatos, tengo los pies ensangrentados. Antonio y el jinete hablan muy de prisa, se ve claramente que mi proyecto de cruzar Guajira no les gusta. Antonio me hace signo de que monte a caballo: con los zapatos colgados del hombro, me quedaré descalzo para que se me sequen las llagas. Eso lo entiendo por gestos. El jinete monta, Antonio me da la mano y, sin comprender, soy llevado a galope a horcajadas detrás del amigo de Antonio. Galopamos todo el día y toda la noche. De cuando en cuando nos paramos y el hombretón me alarga una botella de anís, de la que bebo un buen trago cada vez. Al alba, se para. Sale el sol, me da un queso duro como el hierro y dos galletas, seis hojas de coca, Y. además, me regala una bolsa especial para llevarlas, hermética, que se ata al cinturón. Me estrecha en sus brazos palmeándome los hombros como le he visto hacer a Antonio, monta de nuevo en su caballo y se va a galope tendido.
Los indios
Camino hasta la una de la tarde. Ya no hay maleza ni árboles en el horizonte. El mar brilla, plateado, bajo el sol abrasador. Ando descalzo, con los zapatos colgando del hombro izquierdo. Cuando decido acostarme, a lo lejos me parece percibir cinco o seis árboles, o rocas, a mucha distancia de la playa. Intento determinar esa distancia: diez kilómetros, quizá. Saco una gran hoja y, mascándola, reanudo la marcha con paso bastante rápido. Una hora después, identifico aquellas cinco o seis cosas: son chozas con techo de paja, o de hojarasca color castaño claro. De una de ellas sale humo. Luego, veo gente. Me han visto. Percibo los gritos y los gestos que hace un grupo en dirección del mar. Entonces, veo cuatro lanchas que se acercan rápidamente y que desembarcan a unas diez personas. Todo el mundo está reunido delante de las casas y mira hacia mí. Veo claramente que hombres y mujeres van desnudos, sólo llevan algo que cuelga tapándoles el sexo. Camino despacio hacia ellos. Tres se apoyan en arcos y empuñan flechas. Ningún ademán, ni de hostilidad ni de amistad. Un perro ladra y rabiosamente, se abalanza sobre mí. Me muerde en la pantorrilla, llevándose un trozo de pantalón. Cuando vuelve a la carga, recibe en el trasero una flechita salida de no sé dónde, (lo supe después: de una cerbatana), huye aullando y parece que se mete en una casa. Me acerco cojeando, pues me ha mordido seriamente. Sólo estoy a diez metros del grupo. Nadie se ha movido ni ha hablado, los niños están detrás de sus madres. Tienen los cuerpos cobrizos, desnudos, musculosos, espléndidos. Las mujeres tienen los pechos enhiestos, duros y firmes, con enormes pezones. Sólo una tiene un pecho enorme, fláccido.
Uno de los indios es tan noble en su actitud, sus rasgos son tan finos, su raza de una nobleza incontestable se manifiesta tan claramente, que voy recto hacia él. No lleva arco ni flechas. Es. tan alto como yo, lleva el pelo bien cortado con un gran flequillo que le llega hasta las cejas. Sus orejas están tapadas por los cabellos que, detrás, llegan a la altura del lóbulo de las orejas, negros como el azabache, casi violáceos. Tiene los ojos de un gris de hierro. Nada de vello, ni en el pecho, ni en los brazos… ni en las piernas. Sus muslos cobrizos son musculosos, así como sus piernas torneadas y finas. Va descalzo. Me paro a tres metros de él. Entonces, da dos pasos y me mira directamente a los ojos. El examen dura dos minutos. Ese rostro del que ni un rasgo se mueve, parece una estatua de cobre de ojos oblicuos.
Luego, me sonríe y me toca el hombro. Entonces, todo el mundo viene a tocarme y una joven india me coge de la mano y me lleva a la sombra de una de las chozas. Una vez allí, arremanga la pernera de mi pantalón. Todo el mundo está en torno de nosotros, sentados en círculo. Un hombre me tiende un cigarro encendido, lo tomo y me pongo a fumar. Todo el mundo se ríe de mi modo de fumar, pues ellos, mujeres y hombres, fuman con la lumbre en la boca. La mordedura ya no sangra, pero un pedazo de casi la mitad de una moneda de cinco francos ha sido arrancado. La mujer quita los pelos y luego, cuando todo queda bien depilado, lava la herida con agua de mar que una pequeña india ha ido a buscar. Con el agua, aprieta para hacer que la herida sangre. Insatisfecha, rasca cada incisión que ella ha ensanchado con un trozo de hierro aguzado. Me esfuerzo para no rechistar, pues todo el mundo me observa. Otra joven india quiere ayudarla, pero ella la rechaza duramente. Ante ese ademán, todos se echan a reír. Comprendo que ella ha querido indicar a la otra que le pertenezco exclusivamente y que todos se ríen por eso. Luego, corta las dos perneras de mis pantalones muy por encima de las rodillas. Sobre unas piedras prepara algas marinas que le han traído, las pone sobre la herida y las sujeta con tiras sacadas de mí pantalón. Satisfecha de su obra, me hace signo de levantarme.
Me pongo en pie y me quito la chaqueta. En este momento, en la abertura de mi camisa, ella ve una mariposa que tengo tatuada bajo el cuello. Mira, y luego, al descubrir más tatuajes, me quita la camisa para verlos mejor. Todos, hombres y mujeres, están muy interesados por los tatuajes de mi pecho: a la derecha, un disciplinario de Calvi; a la izquierda, la cara de una mujer; sobre el estómago, unas fauces de tigre; en la columna vertebral, un gran marino crucificado, y, en toda la anchura de los riñones, una cacería de tigres con cazadores, palmeras, elefantes y tigres. Cuando han visto estos tatuajes, los hombres apartan a las mujeres y, detenida, minuciosamente, tocan, miran cada tatuaje. Después del jefe, cada cual da su opinión. A partir de este momento, soy adoptado definitivamente por los hombres. Las mujeres me habían adoptado ya desde el primer momento, cuando el jefe me sonrió y me tocó el hombro.