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Con un cuartillo de café en la mano, el especialista en asesinatos en serie me despierta y, como si nada hubiera pasado, me da los buenos días con una sonrisa magníficamente cordial. El día se ha levantado.

– Toma, bébete el café. Cómete una galleta: ya tiene margarina.

Después de haber comido y bebido, me lavo afuera, tomando agua de un tonel que está siempre lleno.

– ¿Quieres ayudarme, Papillon?

– Sí -le digo sin preguntarle a qué.

Tiramos de los pies de los cadáveres medio quemados. Advierto, sin decir nada, que los tres tienen el vientre abierto. El simpático Cuic-Cuic debió de buscar en sus intestinos si llevaban un estuche. ¿Seguro que eran cazadores de hombres? ¿Por qué no cazadores de mariposas o de bestias? ¿Los ha matado para defenderse o para robarles? En fin, ya he pensado bastante en eso. Volvemos a colocarlos en un agujero de la carbonera, bien cubiertos de madera y arcilla. Abrimos dos chimeneas de aireación y la carbonera reanuda sus dos funciones: hacer carbón vegetal y transformar en cenizas los tres fiambres.

– En marcha, Papillon.

El cochinillo encuentra un paso en poco tiempo. En fila india, franqueamos la ciénaga. Siento una angustia tremenda en el momento de arriesgarme por aquel lugar. El hundimiento de Sylvain ha dejado en mí una impresión tan fuerte, que no puedo aventurarme con serenidad. Al fin, con gotas de sudor frío, me lanzo tras Cuic-Cuic. Cada uno de mis pies se encaja en la huella de los suyos. No hay vuelta de hoja: si él pasa, yo debo pasar también.

Más de dos horas de marcha nos conducen al lugar donde Chocolate corta madera. No hemos tenido ningún encuentro en la selva y, por lo tanto, no hemos debido escondernos nunca.

– Buenos días.

– Buenos días, Cuic-Cuic.

– ¿Qué tal?

– Bien.

– Enséñale la embarcación a mi amigo.

La embarcación es muy fuerte; se trata de una especie de chalupa de carga. Es muy pesada, pero robusta. Tanteo con mi cuchillo por todas partes. No penetra en ningún sitio más de medio centímetro. La base está también intacta. La madera con que la han fabricado es de primera calidad.

– ¿Por cuanto la vende usted?

– Por dos mil quinientos francos.

– Le doy dos mil.

– Trato hecho.

– Esta embarcación no tiene quilla. Le pagaré quinientos francos más, pero es preciso que le ponga una quilla, un gobernalle y un mástil. La quilla, de madera dura, como el gobernalle. El mástil, de tres metros, de madera ligera y flexible. ¿Cuándo estará listo?

– Dentro de ocho días.

– Aquí tiene dos billetes de mil y uno de quinientos francos. Los cortaré en dos. Le daré la otra mitad cuando me entregue la embarcación. Guarde los tres medios billetes con usted. ¿Comprendido?

– De acuerdo.

– Quiero permanganato, un barril de agua, cigarrillos y cerillas, víveres para cuatro hombres durante un mes: harina, aceite, café y azúcar. Estas provisiones se las pagaré aparte. Me lo entregará todo en el río, en el Kourou.

– Señor, no puedo acompañarle a la desembocadura.

– No se lo he pedido, le digo que me entregue la canoa en el río, y no en este recodo.

– Aquí tiene los sacos de harina, una cuerda, agujas e hilo de vela.

Cuic-Cuic y yo regresamos a nuestro escondite. Llegamos sin complicaciones mucho antes de la noche. Durante el regreso, ha llevado al cerdo a cuestas, pues estaba fatigado.

Hoy también estoy solo, empeñado en coser la vela, cuando oigo gritos. Escondido en la maleza, me aproximo a la ciénaga y miro a la otra orilla: Cuic-Cuic discute y gesticula con el chino intelectual. Creo comprender que quiere pasar al islote y que Cuic-Cuic no le deja. Cada uno de ellos tiene un machete en la mano. El más excitado es el manco. ¡Con tal de que no me mate a Cuic-Cuic! He decidido mostrarme. Silbo. Se vuelven hacia mí.

– Quiero hablar contigo, Papillon -grita el otro-. Cuic-Cuic no quiere dejarme pasar.

Al cabo de diez minutos más de discusión en chino, llegan al islote precedidos por el cerdo. Sentados en la cabaña, con un cuartillo de té cada uno en la mano, espero a que se decidan a hablar.

– Quiere dice Cuic-Cuic- fugarse a toda costa con nos otros. Yo le explico que no cuento para nada en este asunto que eres tú quien paga y quien manda en todo. No quiere creer me.

– Papillon dice el otro-, Cuic-Cuic está obligado a llevarme con él.

– ¿Por qué?

– Fue él, hace dos años, quien me cortó el brazo en una riña por una cuestión de juego. Me hizo jurar que no le mataría. Yo lo juré, pero con una condición: que durante toda su vida debe alimentarme, al menos mientras yo se lo exija. Así que, si se va, no lo veré más en mi vida. Por eso, o te deja partir a ti solo, o me lleva consigo.

– ¡Lo que me faltaba por ver! Escucha: acepto llevarte. La embarcación es buena y grande, y podríamos partir más, si quisiéramos. Si Cuic-Cuic está de acuerdo, te llevo.

– Gracias-dice el manco.

– ¿Qué dices, tú, Cuic-Cuic?

– De acuerdo, si tú lo quieres.

– Una cosa importante. ¿Puedes salir del campamento sin ser declarado como desaparecido, y buscado por prófugo, y llegar al río antes de la noche?

– No hay inconveniente. Puedo salir a partir de las tres de la tarde, y en menos de dos horas estoy en la orilla del río.

– Por la noche, ¿encontrarás el sitio, Cuic-Cuic, para que embarquemos a tu amigo sin perder tiempo?

– Sí, sin ninguna duda.

– Ven dentro de una semana para saber el día de la partida.

El manco se marcha contento después de haberme estrechado la mano. Los veo a los dos cuando se separan, en la otra orilla. Se dan la mano antes de separarse. Todo va bien. Cuando Cuic-Cuic está de nuevo en la cabaña, digo:

– Has hecho un pacto muy raro con tu enemigo: aceptar alimentarlo durante toda su vida no es una cosa corriente. ¿Por qué le cortaste el brazo?

– Una riña de juego.

– Hubieras hecho mejor matándolo.

– No, porque es muy buen amigo. En el Consejo de Guerra ante el que comparecí por eso, me defendió a fondo, diciendo que él me había atacado y que yo actué en legítima defensa. Yo acepté el pacto libremente, y debo cumplirlo hasta el fin. Sólo que no me atreví a decírtelo porque tú pagas toda la fuga.

– De acuerdo, Cuic-Cuic; no hablemos más de eso. Es cosa tuya. Una vez libre, si Dios quiere, haz lo que te parezca.

– Mantendré mi palabra.

– ¿Qué piensas hacer, si un día eres libre?

– Poner un restaurante. Soy muy buen cocinero y él, un especialista en chowmeim, una especie de spaghetti chinos.

Este incidente me ha puesto de buen humor. La historia es tan divertida, que no puedo impedir hacer rabiar a Cuic-Cuic.

Chocolate ha cumplido su palabra: cinco días más tarde, todo está dispuesto. En medio de una lluvia torrencial, hemos ido a ver la embarcación. Nada que añadir. Mástil, gobernalle y quilla han sido adaptados perfectamente, con un material de primera calidad. En una especie de recodo del río, nos espera la barca con su barril y los víveres. Falta avisar al manco. Chocolate se encarga de ir al campamento a hablar con él. Para evitar el peligro de aproximarse a la orilla con el fin de recogerlo, él mismo lo llevará directamente al escondrijo.

La salida del río Kourou está marcada por dos faros de posición. Si llueve, podemos salir sin riesgo por el centro del río, sin izar velas, por supuesto, para no llamar la atención. Chocolate nos ha dado pintura negra y un pincel. En la vela, pintamos una gran K y el número 21. Esta K 21 es la matrícula de una embarcación de pesca que, algunas veces, sale a pescar por la noche. En caso de que nos vieran desplegar la vela a la salida al mar, nos tomarían por la otra embarcación.

Será mañana por la noche a las siete, una hora después de que oscurezca. Cuic-Cuic afirma que encontrará el camino, y está seguro de conducirme en derechura al escondite. Abandonaremos la isla a las cinco, así tendremos una hora de día para caminar.

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