Jean ha venido a reunirse con nosotros.
– Primero, come; luego, hablarás,dice el bien hablado del grupo.
Jean y yo comemos una sopa de legumbres muy caliente. Eso) nos entona. Decidimos guardar el resto de los alimentos para más tarde. Bebemos té azucarado con sabor a menta. Es delicioso.
– ¿Eres amigo íntimo de Chang?
– Sí, y me ha dicho que venga en busca de Cuic-Cuic para a evadirme con él. Yo, una vez, ya me escapé muy lejos, hasta Colombia. Soy buen marino; por eso, Chang quería que condujera a su hermano. Confía en mí.
– Muy bien. ¿Qué tatuajes lleva Chang?
– Un dragón en el pecho y tres puntos en la mano izquierda.
Me ha dicho que esos tres puntos significan que ha sido uno de c. los jefes de la rebelión de Poulo Condor. Su mejor amigo es otro jefe de la rebelión que se llama Van Hue. Tiene el brazo cortado.
– Soy yo -dice el intelectual-. Tú eres, con seguridad, el amigo de Chang, y, por lo tanto, nuestro amigo. Escucha bien:: Cuic-Cuic no ha podido hacerse a la mar aún porque no sabe manejar una embarcación. Está solo, en la selva, a unos diez kilómetros de aquí. Hace carbón vegetal. Unos amigos se lo venden y le entregan el dinero. Cuando tenga los ahorros suficientes, comprará una barca y buscará a alguien que quiera evadirse por mar con él. Donde está no corre ningún riesgo. Nadie puede llegar hasta la falsa isla donde se encuentra, porque está rodeada de arenas movedizas. Todo hombre que se aventure sin conocer el terreno es tragado por el cieno. Vendré a buscarte al despuntar el día para conducirte hasta donde está Cuic-Cuic. Venid con nosotros.
Avanzamos sin salirnos del borde de la carretera, pues la luna se ha levantado y difunde bastante claridad como para distinguir figuras a cincuenta metros. Cuando llegamos a un puente de madera, me dice:
– Desciende bajo el puente. Dormirás ahí. Yo vendré a buscarte mañana por la mañana.
Nos damos la mano y parten. Caminan sin esconderse. En caso de que fueran sorprendidos, dirían que han ido a inspeccionar unas trampas que colocaron en la selva durante el día. Jean me dice:
– Papillon, no duermas aquí. Duerme en la selva, yo dormiré aquí. Cuando él venga, te llamaré.
– De acuerdo.
– Adiós, Jean, gracias y buena suerte. Que Dios te bendiga, a ti y a tu familia.
Insisto para que tome los quinientos francos. Me ha explicado, en caso de que fracasara con Cuic-Cuic, cómo" aproximarme a su aldea, cómo encontrarla y cómo volver al sendero donde lo encontré. Se ve obligado a pasar por allí dos veces por semana. Estrecho la mano de este noble negro guayano y él sale a la carretera.
– Adelante -dice Van Hue, Penetrando en la selva.
Sin dudar, se orienta y avanzamos bastante de prisa, pues la maleza no es impenetrable. Evita cortar con su machete las ramas.
Me interno en la selva y duermo feliz después de haber fumado algunos cigarrillos, con la tripa llena de buena sopa.
Van Hue acude a la cita antes de hacerse de día. Para ganar tiempo, iremos por la carretera hasta que amanezca. Caminamos con rapidez durante más de cuarenta minutos. De golpe, despunta el día y a lo lejos oímos el ruido de una carretilla que avanza por la vía férrea. Nos metemos en la maleza. Los bejucos que dificultan el paso. Sólo los aparta.
Cuic-Cuic
En menos de tres horas, nos hallamos ante una ciénaga. Nenúfares en flor y grandes hojas verdes están pegados al lodo. Seguimos la orilla del banco de cieno.
– Pon atención en no resbalar, porque desaparecerías sin esperanza de volver a salir -me advierte Van Hue, que acaba de verme tropezar.
– Ve delante. Yo te seguiré, y así prestaré más atención.
Ante nosotros un islote, a casi ciento cincuenta metros. De la mitad de la minúscula isla sale humo. Deben de ser las carboneras. En el pantano advierto un caimán del que sólo emergen los ojos. ¿De qué puede nutrirse en esta ciénaga este cocodrilo?
Después de haber caminado más de un kilómetro a lo largo de la orilla de esta especie de estanque de lodo, Van Hue se detiene y se pone a cantar en chino a voz en grito. Un tipo se aproxima al borde de la isla. Es pequeño y va vestido tan sólo con un short. Los dos indochinos hablan entre sí. La conversación es larga, y ya empiezo a impacientarme cuando, al fin, paran de hablar.
– No vengas por aquí -dice Van Hue.
Le sigo y volvemos sobre nuestros pasos.
– Todo va bien; es un amigo de Cuic-Cuic. Cuic-Cuic ha ido de caza y no tardará en regresar. Hay que esperarlo ahí.
Nos sentamos. Menos de una hora después, llega Cuic-Cuic. Es un tipillo muy seco, amarillo anamita, con los dientes muy laqueados, casi negros, brillantes, con ojos inteligentes y francos.
– ¿Eres amigo de mi hermano Chang?
– Sí.
– Bien. Puedes irte, Van Hue.
– Gracias -dice Van Hue.
– Toma, llévate esta codorniz.
– No, gracias.
Me estrecha la mano y se va.
Cuic-Cuic me arrastra tras un cerdo que camina ante el. Puede decirse que le sigue los pasos.
– Pon mucha atención, Papillon. El menor paso en falso, un error, y te hundes. En caso de accidente, no podría socorrerte, porque entonces no sólo desaparecerías tú, sino también yo. El camino que debe atravesarse nunca es el mismo, pues el lodo se mueve, pero el cerdo siempre encuentra un paso. Sólo una vez tuve que esperar dos días para pasar.
En efecto, el cerdo negro olisquea y rápidamente, se interna en el pantano. El chino le habla en su lengua. Yo le sigo, desconcertado por el hecho de que ese animalito le obedezca como un perro. Cuic-Cuic observa, y yo abro los ojos, pasmado. El cerdo se mete en el pantano sin hundirse nunca más que unos centímetros. Rápidamente también, mi nuevo amigo se interna a su vez y dice:
– Pon los pies en las huellas de los míos. Es preciso darse mucha prisa, pues los agujeros que ha hecho el cerdo se borran de inmediato.
Hemos hecho la travesía sin dificultades. La arena movediza nunca me ha llegado más arriba de los tobillos, y aun eso hada el final.
El cerdo había dado dos largos rodeos, lo que nos obligó a caminar por esta costra firme durante más de doscientos metros. El sudor me fluía por todos los poros. No puedo decir que tuviera sólo miedo, porque en verdad, estaba aterrorizado.
Durante la primera parte del trayecto, me preguntaba si mi destino quería que yo muriera como Sylvain. Lo evocaba, al pobre, en su último instante y, aun estando muy despierto, distinguía su cuerpo, pero su rostro parecía tener mis rasgos. ¡Qué impresión me ha producido esta travesía! No puedo olvidarla.
– Dame la mano.
Y Cuic-Cuic, ese tipillo todo él huesos y piel, me ayuda a brincar a la orilla,
– Bueno, compañero, te aseguro que aquí no vendrán a buscarnos los cazadores de hombres.
– ¡Ah, por ese lado, estoy tranquilo!
Penetramos en el islote. Un olor a gas carbónico se apodera de mi garganta. Toso. Es el humo de dos carboneras que se consumen. Aquí, no corro el riesgo de tener mosquitos. Bajo el viento, arropada por el humo, hay una barraquita de techo de hojas; las paredes también son de hojas trenzadas. Una-puerta y, ante ella, el pequeño indochino que vi antes que a Cuic-Cuic.
– Buenos días, señor.
– Háblale en francés y no en dialecto; es un amigo de mi hermano.
El indochino, la mitad de un hombre, me examina de pies a cabeza. Satisfecho de su inspección, me tiende la mano sonriendo con una boca desdentada.
– Entra y siéntate.
La cocina está limpia. Algo cuece al fuego en una gran marmita.
No hay más que una cama hecha de ramas de árboles, a un metro del suelo por lo menos.
– Ayúdame a fabricar un lugar para que duerma esta noche.
– Sí, Cuic-Cuic.
En menos de media hora, mi yacija está hecha. Los dos chinos ponen la mesa y comemos una sopa deliciosa y, luego, arroz blanco con carne y cebollas.