Me he levantado temprano, despertado por los gritos de las bestias y las aves que saludan al despuntar del día. Me despierto al mismo tiempo que la selva. Para mí, también comienza otra jornada. Me trago un puñado de coco bien mascado. Me paso otro por la cara, y en marcha.
Muy cerca del sendero, pero bajo cubierto, ando con bastante dificultad, pues aunque los bejucos y las ramas no son muy densos, es preciso apartarlos para avanzar. De todas formas, he hecho bien en abandonar el sendero, porque oigo silbar. Ante mí, el sendero prosigue todo recto más de cincuenta metros. No veo al silbador. ¡Ah!, ahí llega. Es un negro. Lleva un fardo a la espalda y un fusil en la mano derecha. Viste una camisa caqui y un short, con las piernas y los pies desnudos. Con la cabeza baja, no quita los ojos del suelo, y tiene la espalda inclinada bajo el peso de la voluminosa carga.
Disimulado tras un grueso árbol al borde mismo del sendero, espero que llegue a mi altura, con un cuchillo grande abierto. En el instante en que pasa ante el árbol, me arrojo sobre él. Mi mano derecha ha agarrado al vuelo el brazo que sostiene el fusil y, torciéndoselo, le obligo a soltarlo.
– ¡No me mates! ¡Piedad, Dios mío!
Continúo de pie, con la punta de mi cuchillo apoyada en la base izquierda de su cuello. Me agacho y recojo el fusil, un viejo cacharro de un solo cañón, pero que debe de estar atiborrado de pólvora y de plomo hasta la boca. He levantado el percutor y tras apartarme dos metros, ordeno:
– Quítate el fardo, déjalo caer. No se te ocurra salir corriendo, porque te mato como si nada.
El pobre negro, aterrorizado, obedece. Luego, me mira.
– ¿Es usted un evadido?
– Sí.
– ¿Qué quiere usted? Tome todo cuanto tengo, pero, se lo ruego, no me mate; tengo cinco hijos. Por piedad, déjeme con vida.
– Cállate. ¿Cómo te llamas?
– Jean.
– ¿A dónde vas?
– A llevar víveres y medicamentos a mis dos hermanos, que talan madera en la selva.
– ¿De dónde vienes?
– De Kourou.
– ¿Eres de esa aldea?
– He nacido en ella.
– ¿Conoces Inini?
– Sí. A veces, trafico con los chinos del campamento de prisioneros.
– ¿Ves esto?
– ¿Qué es?
– Es un billete de quinientos francos. Puedes elegir: o haces lo que te digo, y te regalaré los quinientos francos y te devolveré el fusil, o, si rehúsas o tratas de engañarme, entonces te mato. Elige.
– ¿Qué debo hacer? Haré todo lo que usted quiera, incluso a cambio de nada.
– Es preciso que me conduzcas, sin riesgo, a los alrededores del campamento de Inini. En cuanto yo haya establecido contacto con un chino, podrás irte. ¿Lo has comprendido?
– De acuerdo.
– No me engañes, porque eres hombre muerto.
– No, le juro que le ayudaré lealmente.
Tiene leche condensada. Saca seis botes y me los da, así como un bollo de pan de un kilo, y tocino ahumado.
– Esconde tu saco en la maleza, ya lo cogerás más tarde. Mira, aquí, en ese árbol, hago una marca con mi machete.
Bebo un bote de leche. También me da un pantalón largo completamente nuevo, de color azul, de mecánico. Me lo pongo sin soltar el fusil.
– Adelante, Jean. Toma precauciones para que nadie nos descubra, porque si nos sorprenden será por tu culpa y, entonces, tanto peor para ti.
Jean sabe caminar por la selva mejor que yo, y tengo dificultades para seguirlo, tanta es su habilidad para evitar ramas y bejucos. Este buen hombre camina por la maleza como pez en el agua.
– No sé si sabe que en Kourou han sido advertidos de que dos condenados se han evadido de las Islas. Así, que quiero ser franco con usted: habrá mucho peligro cuando pasemos cerca del campamento de forzados de Kourou.
– Tienes aspecto bondadoso y franco, Jean. Espero que no me equivoque. ¿Qué me aconsejas que haga para ir a Inini? Piensa que mi seguridad es tu vida, porque si me sorprenden los guardianes o los cazadores de hombres, me veré obligado a matarte.
– ¿Cómo debo llamarle a usted?
– Papillon.
– Bien, Monsieur Papillon. Es preciso adentrarse en la selva y pasar lejos de Kourou. Yo le garantizo que lo llevaré a Inini por la selva.
– Me fío de ti. Toma el camino que creas más seguro.
Por el interior de la selva se camina más lentamente, pero, desde que hemos abandonado las proximidades del sendero, noto que el negro está más calmado. Ya no suda con tanta abundancia, y sus rasgos aparecen menos crispados; está como tranquilizado.
– Me parece, Jean, que ahora tienes menos miedo.
– Sí, Monsieur Papillon. Estar al borde del sendero era muy peligroso para usted, y por lo tanto, también para mí.
Avanzamos con rapidez.
Este moreno es inteligente. Nunca se separa más de tres o cuatro metros de mí.
– Detente, quiero fumar un cigarrillo.
– Tenga, un paquete de “Gatiloises”.
– Gracias, Jean; eres un buen tipo.
– Es verdad que soy muy bueno. Sepa que soy, católico y sufro al ver cómo tratan a los presos los vigilantes blancos.
– ¿Has tenido muchas ocasiones de verlo? ¿Dónde?
– En el campamento forestal de Kourou. Da pena verlos morir a fuego lento, devorados por ese trabajo de talar madera, y por la fiebre y la disentería. En las Islas, están ustedes mejor. Es la primera vez que veo a un condenado como usted, con perfecta salud.
– Sí, se está mejor en las Islas.
Nos hemos sentado en una gruesa rama de árbol. Le ofrezco uno de sus botes de leche. Rehúsa y prefiere mascar coco.
– ¿Es joven tu mujer?
– Sí, tiene treinta y dos años. Yo, cuarenta. Tenemos cinco hijos, tres niñas y dos niños.
– ¿Te ganas bien la vida?
– Con el palo de rosa no nos defendemos mal, y mi mujer lava y repasa la ropa para los vigilantes. Eso ayuda un poco. Somos muy pobres, pero todos comemos hasta hartarnos, y los niños van todos a la escuela. Siempre tienen zapatos que ponerse.
¡Pobre negro, que considera que, como sus niños tienen calzado que ponerse, todo va bien! Es casi tan alto como yo, y su rostro negro no tiene nada de antipático. Al contrario, sus ojos dicen con claridad que se trata de un hombre de sentimientos que lo honran, trabajador, sano, buen padre de familia, buen esposo y buen cristiano.
– ¿Y usted, Papillon?
– Yo, Jean, trato de revivir. Enterrado en vida desde hace diez años, no dejo de escaparme para llegar a ser un día como tú, libre, con una mujer y críos, sin inferir, ni de pensamiento, daño a nadie. Tú mismo lo has dicho: este presidio está podrido, y un hombre que se respete debe huir de ese fango.
– Yo le ayudaré lealmente a conseguirlo. En marcha.
Con un sentido maravilloso de la orientación, sin dudar jamás de su camino, Jean me conduce directamente a los alrededores del campamento de los chinos, adonde llegamos cuando la noche ha caído ya desde hace casi dos horas. Viniendo de lejos, se oyen los golpes, pero no se ve la luz. Jean me explica que, para aproximarse de veras al campamento, es preciso evitar uno o dos puestos avanzados. Decidimos detenernos para pasar la noche.
Estoy muerto de fatiga y tengo miedo de dormirme. ¿Y si me equivoco con el negro? ¿Y si es un comediante y me quita el fusil durante el sueño y me mata? Matándome gana dos cosas: se deshace del peligro que yo represento para él y gana una prima por haber dado muerte a un evadido.
Sí, es muy inteligente. Sin hablar, sin esperar más se acuesta para dormir. Conservo la cadena y el perno. Tengo deseos de atarlo, pero luego pienso que puede soltar el perno tan bien como YO, y que, actuando con precaución, si duermo a pierna suelta, no oiré nada. Primero, trataré de no dormir. Tengo un paquete entero de “Gauloises”. Voy a hacer todo lo posible por no dormirme. No puedo confiar en este hombre que, al fin y al cabo, es honrado y me cataloga como un bandido.
La noche es completamente negra. Jean está tendido a dos metros de mí, y yo no distingo más que lo-blanco de la planta de sus pies desnudos. En la selva hay los ruidos característicos de la noche: sin cesar, el chillido del mono de papada grande, chillido ronco y potente que se oye a kilómetros de distancia. Es muy importante, porque si es regular, eso significa que su manada puede comer o dormir tranquila. No denota terror ni peligro, así que no hay fieras ni hombres por los alrededores.