Литмир - Электронная Библиотека
A
A

– Un espectáculo. Variedades, canciones. Esas cosas -dijo, y no quise insistir.

(En el sueño, oigo el galope de los camellos sobre el piso de madera, estaba arrastrándome sobre un parquet lustroso; levanto la cabeza, apoyándome en las manos, y veo que estoy en una enorme cancha de básquetbol; y el ruido no provenía de los camellos sino del rebote de la pelota de cuero contra el parquet. Confundido, me puse de pie, y advierto que el público que rodea la cancha cerrada me observa y hace ademanes de enojo para que salga de allí. Los jugadores me cercan el paso, me veo obligado a retroceder sin poder salir, mientras crece la indignación del público. Los jueces resuelven suspender el encuentro y me llaman ante ellos, sentados detrás de un enorme escritorio, sobre el cual hay papeles y una campanilla. Los jueces tenían pelucas rizadas y entalcadas y me miraban gravemente.)

Llegamos a la plaza. Subimos por una escalerita circular, de ladrillos rojos, que desemboca en una enorme explanada cubierta de césped y surcada por caminitos; más allá hay árboles, altos y de copas verdes. Seguimos uno de los caminitos y encontramos un banco de madera; allí, Sonia se detuvo.

– ¿Alguna duda sobre tu misión? -pregunta. Le respondo que no. Ella me da un beso breve en la mejilla y se aleja a paso rápido, en una dirección distinta a la que traíamos. Yo me siento en el banco y vuelvo a ponerme el sombrero y los lentes, que me estorban en la mano. Observé el entorno de la plaza y al mismo tiempo las imágenes del sueño.

La plaza es hermosa y está desierta. El pasto es de un verde muy brillante, y allí se respira un aire limpio y sutil, distinto al de las otras zonas de París.

Comienza a preocuparme que el sueño se prolongue excesivamente. Advierto que no me es posible hacer nada para que cese, y si bien puedo seguir perfectamente las acciones simultáneas quisiera verme libre de esta preocupación adicional; pienso que ya tengo suficiente con mis problemas de vigilia.

(El juicio es fatigoso e interminable; los jueces me hacían preguntas complejas, que yo no lograba entender por completo; por lo general me perdía al comienzo de una frase, y cuando trataba de retener el sentido de lo que había escuchado notaba que la frase seguía y yo no había prestado atención; y seguía, aún, y yo ya no procuraba entender, sino recordar el principio que se me había borrado. Así, cuando concluía la pregunta, yo no sabía qué contestar, y esto era evidentemente interpretado de manera desfavorable por los jueces, quienes se miraban significativamente, movían la cabeza, y la maldad brillaba en sus ojos; y ya estaba otro de ellos comenzando una nueva pregunta.)

En mi mente buscaban ordenarse los recuerdos y los pensamientos, las explicaciones y las fantasías. Había entornado los ojos y tenía la cabeza inclinada sobre el pecho. Entre todas las corrientes que fluían y se ubicaban había una que se destacaba especialmente, que las recorría todas sin encajar con ninguna: la idea de que había realizado un viaje en ferrocarril de trescientos siglos, de que en ese viaje había sucedido algo, tal vez conmigo mismo, que lo invalidaba; que el propósito que me había llevado a emprenderlo ahora yacía olvidado e inútil. Que mi presencia en París no tenía, ahora, ningún motivo.

– Sin embargo -dijo una voz que me sobresaltó; levanté la vista y me encontré ante un individuo alto y delgado, pulcramente vestido de blanco desde el sombrero hasta los zapatos, y portando un bastón de puño nacarado; la cara quedaba oculta en la proyección de las alas de su sombrero, aunque podía notar cómo resaltaba el blanco de sus ojos alargados-, sin embargo no me parece insensato emprender un viaje para darse cuenta de su inutilidad. Si usted cambia esa desesperación actual por una calmada desesperanza, habrá obtenido algo que muchos humanos anhelan.

El final me llegó desde cierta distancia, pues el hombre había echado a andar por la mitad de la frase y ahora lo veo alejarse, su blanca espalda tratando de perderse entre los árboles. Me pongo de pie y corro tras él.

(Creí entender que se me estaba juzgando no por haber interrumpido el partido de básquetbol, sino por haber presenciado la muerte de algo como un pájaro; los jueces hacían frecuentes referencias a este hecho oscuro que yo sabía de algún modo verdadero, aunque no pudiese recordarlo; me sentía cada vez más culpable y llegué a temer que en algún momento, en el pasado, hubiese llegado realmente a dar muerte a un ser volador; pero los jueces no me acusaban de ello, y ni siquiera parecía importarles demasiado el hecho en sí, sino que hacían hincapié en mi participación como testigo -cosa que creían mucho más grave y reprobable. Los interrumpí, porque ya no podía tolerar más la angustia y la culpa, y pedí que me condenaran a muerte de inmediato; ellos se miraron brevemente y comenzaron a reír, con maldad, y no dejaban de reír.)

Los árboles crecían muy próximos unos a otros; casi era un bosque. El hombre se me perdió de vista en seguida, con una velocidad increíble. No me di por vencido, y anduve entre los árboles, buscándolo.

Comencé a sentir una nueva forma de bienestar. Me dejé atrapar por la belleza de aquellos árboles; parecen pinos, aunque no estoy seguro de que lo sean. Las cortezas presentan maravillosos dibujos, como trazados muy laboriosamente por una mano incansable, y tienen un color muy atractivo, castaño casi violeta con infinidad de matices. Paso entre los árboles, observando o más bien dejándome penetrar por los dibujos y el color, y poco a poco me voy olvidando del hombre de blanco. No es que lo olvide realmente, sino que mi búsqueda va perdiendo fuerza e interés, porque me interesan más los árboles.

(Los jueces reían, aunque ahora me encontraba rodeado de una niebla espesa y sólo oía las risas, como alejándose, y no podía ver a los jueces.)

Este árbol es ancho como un hombre, y cuanto más lo examino y admiro sus detalles, tanto más humano me parece; quiero decir que lo siento como un ser que está vivo y que siente y que piensa. Hay una columna de hormigas negras que sube y otra que baja por la rugosa superficie del tronco.

Pienso que la corteza parece la piel de un animal; siento que si le arranco un trozo, uno de estos trozos con forma de islas irregulares, por debajo brotará la sangre como si le arrancara la costra a una herida que cicatriza. Sé que no podría hacerlo, que no podría arrancarla; y ahora me sube por la espalda una curiosa sensación de miedo, porque me parece que sería muy fácil establecer una comunicación con el árbol; que podría saber qué piensa y conversar con él. No sé por qué esto me asusta, y sacudo la cabeza y muevo ligeramente el cuerpo para ahuyentar mis propias ideas. Continué mi paseo.

(Del lugar donde me encontraba podía salir sólo a través de una escalera de caracol, descendente; bajo con mucho cuidado los escalones pues no puedo ver nada más que un tramo muy breve, y temo caer; a los costados no había nada, o al menos no podía ver ni tocar nada; mi descenso es muy lento.)

Llegué a un lugar donde los árboles raleaban y había un claro circular con una fuente en el centro. Abundaban los matorrales. El cielo se mostraba cada vez más oscuro; y a pesar de que no serían más de las tres, o a lo sumo las tres y media de la tarde, parecía como que estuviese anocheciendo. Noté asimismo un calor creciente y húmedo. Me inquietó la idea de que una tormenta -que al parecer habría de desatarse pronto- me impidiese emprender vuelo esa noche.

La fuente era muy pequeña, con una base formada por baldosas también pequeñas, cada una de las cuales tenía un dibujo hermoso y antiguo, en distintos colores; la base tendía a la forma circular, aunque sólo era una aproximación, ya que las baldosas eran rectas. Los dibujos me parecen todos ingenuos y figurativos, flores, rostros de mujeres, paisajes marinos, escenas de trabajos campestres.

Uno de ellos sin embargo, perdido entre los demás, representa a un ser alado, un hombre volando entre nubes, que se me parecía notablemente. Al menos se parecía a la imagen que conservaba de mí en la memoria, y pensé que quizás ahora presentara un aspecto completamente distinto; recordé el baño de inmersión durante el cual había perdido el pelo y adquirido una piel distinta, y la descripción de Sonia, de mi frente y mis ojos. De todos modos aquella figura representaba a mi vieja imagen, con largos cabellos negros que me caían sobre los hombros, cejas espesas y una frente amplia y recta.

16
{"b":"100311","o":1}