Subí la escalera y me precipité en mi cuarto; fui a buscar la valija y estaba donde la dejara, junto a la mesa de lux… Le tomé el peso y comprobé que nadie la había vaciado; respiré con alivio.
De inmediato siento la compulsión de volver a salir; aunque no me lo reconocía manifiestamente, en realidad quería volver a aquella zona y seguir buscando a Angeline, por más que ya, conscientemente, la consideraba perdida; o, por lo menos, sabía que no era esa la manera de hallarla. Quizás el mejor procedimiento fuese, a pesar de las burlas de la propia Angeline y del viejo Abal, recurrir al cura que me la había ofrecido; pero de todos modos sentía una imperiosa necesidad de salir al exterior; no sabía ya, a esa altura, cuál era la verdadera o la más poderosa de las motivaciones, si salir por salir o por buscar a Angeline. Pero lo cierto es que quería salir de allí. Se me ocurrió también que podría no regresar; pensé en llevar conmigo la valija y el impermeable. Pero luego recordé que hasta la semana entrante no tendría trabajo, con Marcel, y probablemente debiera andar vagando todos esos días y noches sin tener un lugar, un punto de referencia; incluso, de encontrar a Angeline -y debía reconocer que no había ningún sitio mejor que el propio Asilo para encontrarla-, necesitaría un lugar para acostarme con ella, y sin dinero no sería fácil.
Decidí entonces dejar la valija y cerrar la puerta con llave. Bajé la escalera y, con gran tranquilidad, me dirigí hacia la puertita que había debajo, pensando salir a través del lugar de la misa; pero la hallé perfectamente cerrada, y por más que la sacudí y golpeé no logré abrirla. No me quedó más remedio que encaminarme hacia el zaguán.
Al verme aproximar, los carabineros levantaron sus mosquetes y me apuntaron descaradamente. Yo me detuve y les hice ademanes de incomprensión. Ellos tenían el dedo en el gatillo, y sentí que realmente irían a hacer fuego.
Me volví hacia el mostrador, y apreté el timbre. Después de un breve intervalo apareció el cura, nuevamente con la vieja sotana y el gorro de portero.
Me miró con interrogación admirativa.
– No comiste la hostia -señaló, sin un tono especial de reconvención.
– Era intragable -dije, defendiéndome-. ¿De qué estaba hecha?
Sonrió sin responder. En cambio preguntó:
– ¿Así que tratabas de salir? -y conservaba la sonrisa inquietante.
– Sí -dije-. Pero esos tipos parecen dispuestos a tirar, realmente.
Asintió en silencio. Lo observé un instante, buscando alguna señal favorable en su rostro, pero era inescrutable. Por fin me decidí.
– ¿Cómo puedo hacer para salir? -emití una voz un tanto más aguda que la habitual, y advertirlo me puso aún más nervioso.
– Parece que no recordaras nuestra conversación de ayer -dijo.
– ¡Pero hace poco rato salí, después de la misa! -exclamé.
– Ah -dijo el cura, con calma-. Pero volviste.
– Volví… -me frené de golpe; sentí que había caído en una trampa, y dentro de mí fue creciendo la indignación, no sabía bien contra qué, aunque en buena parte lo era contra mí mismo. No podía hablar de la valija-. Volví -agregué-, pero ahora quiero salir.
– Creo que no será posible -respondió-. De todos modos, si quieres intentarlo… -hizo un amplio ademán eclesiástico hacia la puerta del zaguán. Sentí que me ardían las orejas.
– Es que -digo, lentamente, buscando las palabras, y apoyo los codos y antebrazos en el mostrador, tratando de lograr un clima confidencial-, usted sabe, creo que sé donde encontrar a Angeline…
– ¿Angeline? -el cura enarcó una sola ceja, aunque me parece que está al tanto de todo y solamente fingía sorpresa-. ¿Acaso no está contigo?
– No -digo-. Estuvo ayer, unos minutos, pero luego… Se fue, con Abal… y, sabe, ni siquiera… en fin, que no tuve oportunidad…
El cura soltó una carcajada.
– ¡Te la dejaste robar! -exclamó, con alegría-. ¡Te la dejaste robar por alguno de los viejos borrachos…! -y siguió riendo, mientras el rubor me cubría las mejillas.
Me siento inestable, apoyado así en el mostrador, y retiro los brazos de allí y me pongo una mano en el bolsillo del saco, y espero.
– Muy bien -dije luego-. Me alegro de haberlo divertido.
– No te enojes -murmuró, con una sonrisa un tanto maligna, y aún los ojos le brillaban divertidos.
– ¿Y ahora? -pregunto-. ¿Qué puedo hacer?
– ¿Qué puedes hacer con respecto a qué?
– Angeline. Si pudiera salir, quizá la encontrará…, o en último caso, a alguna otra; por más que Angeline tiene algo, no sé, preferiría que fuera ella; pero, de todos modos, no puedo seguir encerrado aquí dentro -voy elevando el volumen de mi voz, y su carga de angustia-, necesito una mujer, Angeline, o alguna otra… ¿Recuerda? -de pronto me vino a la memoria una imagen de la tarde anterior-, ¿recuerda a aquélla que pasó por aquí, ayer, mientras usted nos atendía…? La he vuelto a ver, y me parece que quizá…
Movió la cabeza negativamente.
– Es inútil. Te ha sido dada Angeline por mujer, y si te la has dejado robar, no hay nada que hacer con otras mujeres. Hemos pagado un precio exagerado por ella, sabes…
– La semana que viene entraré a trabajar -digo-. Puedo aumentar mi deuda con ustedes…
– Oh, sí, la semana que viene -el cura volvió a reír, pero ahora sin ganas-. Todos dicen lo mismo, la semana que viene…
– Pero yo…
– Sí, tú eres un caso especial, ¿verdad? Todos dicen eso mismo también.
– Pero -estallé-, ¿no hay nada que hacer? Me voy a volver loco. Necesito una mujer, ¿comprende? Angeline, o cualquier otra… Una mujer… Vengo de un viaje largo, un viaje…
– Basta -dijo el cura con calma, levantando una mano-. Veamos. Es claro que no tienes derecho a ninguna exigencia, ¿verdad? Bien; partiendo de esa base, y teniendo en cuenta que eres, por así decirlo, un extranjero, y desconoces una cantidad de cosas de París y sus mundos y submundos… En fin; sin prometerte nada en concreto, puedo decirte que intentaré conseguir nuevamente a Angeline. Que esto quede entre nosotros. ¿Comprendido? Me excederé en mis funciones. No tomes esto como costumbre. Si llegara a conseguírtela otra vez (y repito que no puedo asegurártelo), y ella llegara a escapársete otra vez… ¿Comprendes?
Asentí. Me dio la impresión de que el cura iba realmente a ayudarme.
– Ahora vuelve a tu cuarto, y espera. Veamos lo que puedo hacer.
Agradecí con un movimiento de cabeza y lentamente subí las escaleras hacia el primer piso. Entré al cuarto y me dejé caer en la cama, en un estado de ánimo muy confuso, en el que se mezclaban el desaliento y la esperanza, y un sentimiento de derrota, de humillación ante el cura; en realidad había dicho muchas cosas que no me había propuesto decir, y me había ido enardeciendo solo, creándome falsamente la necesidad de una mujer, necesidad que en todo este tiempo no había sentido; la frustración ante la pérdida de Angeline me había llevado a esa humillante necesidad, que no podía desterrar por más que me lo propusiera; quizá ya no era posible desandar el camino, una vez que se había puesto en marcha ese mecanismo psíquico-sexual que sólo podía satisfacerse mediante una mujer.
Un trozo de viento marrón me acaricia la mejilla. Había retornado el sueño; de un modo distinto, sin buscarlo, se había filtrado sutilmente y había cobrado cuerpo, de forma tal que no llega a sorprenderme -lo que me habría llevado a ponerme en guardia-; como si el viento perteneciera al mobiliario de la pieza. Y la pieza sigue estando aquí, yo tengo los ojos abiertos y veo los muebles y las paredes, y veo el viento, y siento -y ahora también llego a verlos- los granos de arena.
Y me doy perfecta cuenta de estar tirado en la cama, pero al mismo tiempo estoy caminando por una playa desierta; y ahora la construcción (el bar, donde había hallado a la mujer); y sigo de largo hacia un montón de gente que se ve -muy pequeña- en la distancia. No es fácil llegar hasta allí; la arena se hunde cada vez más bajo mis pies, y me da la sensación de estar siempre en el mismo sitio; noto que recorro una cierta distancia, y me siento cansado de caminar, pero la distancia que me separa de aquella gente parece no variar en absoluto. Y el viento marrón y caliente sigue acariciándome el cuerpo, ahora como cortinados transparentes y blandos, aunque no ha perdido esa calidad esponjosa ni su tacto material.