– Oh, sí, sí -dijo ella alegremente-. Tan bella que no parece posible.
Y así, las vio partir, y cuando desaparecieron, corrió desoladamente a refugiarse en la Torre Azul.
Ya anochecido, cuando subía los peldaños, quedó suspensa un instante oyendo las risas y correteos de los dos niños. La puerta de la cámara del joven Amor estaba cerrada, pero la luz que se filtraba por sus rendijas hacía suponer que estaba dedicado a sus estudios. Para no molestar a uno, ni avisar de su llegada a los otros, Ardid subió sigilosamente hasta el último peldaño, y ascendió la angosta escalerilla de mano que llevaba a la buhardilla.
Cuando levantó la trampa, quedó maravillada: era de noche, y sin embargo allí parecía haberse entretenido el sol, pues todo brillaba con dorado resplandor. Sigilosamente, descorrió una vieja cortina -que ella había tendido allí, en sus juegos con los niños-, y asistió asombrada al espectáculo de sus dos nietos, que jugaban, esgrimiendo espadas de hoja de lirio salvaje. Y no entendía lo que decían: sólo el rumor de sus voces, que era el viento resplandeciente, fulgurante música de otro tiempo. No se atrevió a mirar hacia la ventana: y sin embargo, alzó los ojos y a través de sus lágrimas vio dos piernas de niño, balanceándose y proyectando su sombra en el suelo.
– Once, Once querido -murmuró. Y avanzó hacia él, le tomó en su brazos y lo estrechó contra su corazón. Y sentía cómo sus lágrimas caían sobre los dorados rizos del Príncipe Once, en tanto le decía:
Jamás, querido Príncipe, llegaste más a punto.
– Lo sé, lo sé, Señora -dijo el niño, intentando desasirse de su abrazo, que parecía ahogarle. Y cuando ella quedó, abatida, de rodillas en el suelo, los tres niños la rodearon, y arrojaron al suelo las espadas, que quedaron, allí, como simples hojas quebradas por alguna misteriosa lluvia. Luego, Once secó sus lágrimas. Frotaba sus mejillas con las palmas de sus manos, mientras decía:
– No lloréis, Señora, no hay razón para llorar.
– Sí hay razón, queridos niños: sabed que mis nietecitos Raiga y Raigo están amenazados de muerte, y por tanto, deben permanecer tan ocultos que todos crean que aquí nadie vive, ni aliente… ¿Cómo podremos conseguirlo?
– Es fácil -dijo Once-. Trae aquí a tus nietos y yo estaré con ellos, mientras sea preciso. Conozco bien no ser oído ni visto; yo sé muy bien lo que es ser olvidado.
– Querido mío -dijo Ardid, abrazándole de nuevo, sin reparar en que su broche de esmeraldas se clavaba desconsideradamente en la naricilla de Once-. Cuida a mis nietecitos, te lo ruego.
– Así lo haré, es mi obligación -dijo él-. Y no lloréis, por favor, ni me abracéis.
La Reina sonrió entre lágrimas, y dijo:
– Raigo querido, ven, y escucha: tú eres el heredero del Trono, y tu vida es preciosa. Debes cuidar tu vida por encima de todo.
– Sí, sí -dijo el niño, un tanto asombrado.
Entonces Ardid reparó en Contrahecho, que permanecía sentado en la oscuridad.
– ¿Qué haces ahí, queridito? -dijo-. Ven aquí, tú también eres parte de esta triste historia.
Contrahecho se acercó, y descubrió entonces lágrimas en sus ojos, y por vez primera una rara complicidad se estableció entre ellos, y tomándole de la mano dijo:
– Contrahecho, niño mío, cuida a mis nietecitos. Y prometo venir siempre, siempre, siempre, a vuestro lado.
– Siempre, siempre, siempre -dijo Once, divertido-. Eso es como decir nunca, nunca, nunca…
Pero Ardid estaba tan afligida, que no prestó atención a sus palabras. Y dijo:
– Oídme, yo vendré aquí a diario, y os traeré alimentos y ropas, y jugaremos los cuatro: pero tened presente que esto es un gran secreto y que nadie debe saberlo jamás, hasta que yo os diga lo contrario.
– Sí, sí -dijeron los niños a un tiempo. Entonces, Ardid se dirigió a Once:
– Once, querido, ¿dónde anda el Trasgo? Hace tiempo que no me atiende ni me oye. Desde que Gudulín murió, no ha vuelto a aparecer.
– ¡Ah, el Trasgo! -reflexionó Once-. Señora, ya está tan contaminado… Pero sí, vive en el Sur, y vigila a Gudulín. ¿Sabéis? Está haciéndole una nave.
– ¿Una nave? -se asombró Ardid.
– Sí, porque antes de nacer, Gudulín quería buscar el mar. No debía haber aflorado a esta superficie. Pero…, yo no sé, Señora, cómo se producen las cuestiones de los humanos adultos. El Tiempo sólo me explica sus entretejidos, y en ellos he leído al derecho y al revés; así, yo sólo puedo decir que Gudulín era la Oscuridad, y que el mar le esperaba. Pero nunca irá al mar, y el mar lamerá siempre sus costas, sin alcanzarlo… Pues, Señora, ¿sabéis?, Gudulín no es un niño, Gudulín es una isla, la Isla de la Oscuridad. Y el mar siempre querrá ganarla, pero las islas son tan rebeldes, en su soledad, que estas cosas, Señora, resultan al fin imposibles.
– Ay, Once, Once -dijo tristemente Ardid-. He perdido la edad de la razón: quiero decirte, que perdí irremisiblemente ese lenguaje, y que, tal y como están las cosas, jamás lo recuperaré. Pero atina a oírme: si tú cuidas de mis niños, ten por seguro que mi agradecimiento no tendrá fin.
Y tanto se reían, de pronto, los cuatro niños, que Ardid, avergonzada, los besó en la frente y salió de allí, tan silenciosamente como había llegado.
Sólo se detuvo frente a la puerta del joven Amor. Timidamente, como si de una niña, en vez de astuta Reina, golpeó con los nudillos en su puerta:
– Abrid, soy la Reina y necesito de vuestra ayuda.
La puerta se abrió, y Ardid vio de nuevo a Amor, pero esta vez no iba disfrazado, y súbitamente la estancia pareció llenarse de toda su presencia. Había un fuego pequeño en la chimenea, pero sus cabellos acaparaban todas las llamas, y sus ojos, el entero fuego que oculta el mundo en sus entrañas.
– Ah, Maestro, cuánto dolor me causa lo que debo deciros -murmuró Ardid. Y desfallecida, se sentó sobre el escabel. Dirigió la vista en torno, y no vio probetas ni morteros, ni calderos ahumados en misterio de siglos; sólo legajos, libros, ciencia, en suma. Y otra cosa: en todo rincón donde mirara, percibía el perfume de alguna turbadora primavera.
– Señora -murmuró Amor, débilmente-, temo oíros decir que mi cometido ha terminado.
– No es eso -dijo Ardid, con evidente esfuerzo-. Me preocupo por vuestra vida, tanto como por la vida de mis nietos.
Y brevemente le puso al corriente de la espinosa situación.
– No puedo pediros que permanezcáis aquí -concluyó Ardid-, porque sé que vuestra vida peligra tanto como la de Raigo y Raiga.
– Señora, ¿en verdad os importa mi insignificante vida? -murmuró él, audazmente.
– Sí -dijo al fin Ardid-. Sabéis que vuestra vida me importa, y deseo que nada malo os ocurra, tanto como lo deseo para Raigo y Raiga.
Entonces Amor se inclinó, y tomando sus manos las besó, diciendo:
– Señora, vos sola sois la luz de mi vida, y de mi corazón, y de mis ojos… por vos estudio, por vos estoy aquí. Pero sé que tan humilde ser no merece nada a cambio. Sólo quiero deciros que podéis disponer de mi vida como os plazca.
El secreto -y violento- impulso de Ardid fue tomar aquella cabeza en sus manos, besar sus labios y decirle que, en las presentes y en verdad amargas horas, no había otra luz para ella que la de sus ojos azules. Pero dominándose, y presa de inexplicable terror, dijo:
– Amor… os lo suplico; salid de aquí, de este Castillo y de este Reino, si no queréis que entre todos ocurra una gran desgracia.
Pero lo cierto era que el joven no había abandonado sus manos, y que, a pesar de que su tímido beso había cesado, Ardid seguía sintiendo sus labios en ellas. Y no sólo ella, puesto que Amor dijo:
– Yo iré donde vos me ordenéis: pero no por eso os libraréis de mí.
Y así, con osadía inimaginable en tan dulce y tímida criatura, Amor la tomó en sus brazos, y tantos fueron sus besos esta vez, que perdió la cuenta de ellos. Y quede constancia que no se limitó a besar respetuosamente sus manos.
De suerte que amanecía y estaban los dos como Adán y Eva en el Jardín del Paraíso -según leyera Ardid en El Libro de los Abundios-, y con el nuevo sol, dijo Eva a Adán:
– Huye, márchate, y no pises más esta tierra, que está maldita para ti…
Y como cierto ángel, que en el antedicho libro se reseñaba, si no con espada de fuego, sí con desesperación como espada, lo arrojó para siempre, no sólo de Olar, ni de la ciudad ni del país, sino de su desdichada vida.
Pocos días después, tuvo noticia de que una ejecución ejemplar se había llevado a cabo por orden del Barón en la Plaza del Mercado. Así, su Camarera Mayor le dijo:
– Y había un joven, en verdad hermoso, que atiné a reconocer como el brujo que curó por vez primera a Gudulín.
La Reina palideció; y envió entonces a un paje -aún tan niño que no sabía lo que se hacía- a tomar las cenizas de aquel joven, y traérselas en vasija de plata. Y junto al reloj de arena -vidrio azul, gotas de oro, inflexible tutor de Once-, guardó la Reina Ardid hasta el final de sus días las cenizas de aquello que, más que de su propio hijo, había extirpado sin saberlo de su propia vida.