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– Disculpa -dijo Margarita-. Tengo que ir a buscar a Clotilde.

Desapareció rápidamente. Francisco, a un lado de la pista solitaria, no supo a dónde ir. El mago peroraba en una mesa cercana, rodeado de gente. Francisco pasó junto a él, pero el mago no hizo ademán de reconocerlo. Siguió entonces hacia el mesón, palpando los billetes que llevaba en un bolsillo.

– ¿Cuánto cuesta el gin con gin?

Por suerte que le alcanzaba para dos vasos. Saboreaba el primero, buscando con la mirada, disimuladamente, a Margarita, cuando una voz gutural y un palmotazo en la espalda lo sacaron del ensimismamiento.

Era Ignacio Rueda, un joven corpulento, lleno de manchas rojas en el cutis. Los ojos le brillaban con intensa inquietud, perdidos en la pista, donde el baile acababa de reanudarse. De pronto, con expresión de angustia, se clavaron en Francisco.

– Oye… ¿Me podís convidar un trago?

– Si -dijo Francisco-. ¿Que querís?

– Cualquier cosa-. Y volvió a mirar la pista, como queriendo desentenderse de la petición.

Despacharon los gin con gin e Ignacio partió a pedirle dinero a un amigo de su padre, para poder seguir bebiendo. Mientras aguardaba, Francisco divisó al ex diplomático, que le sonrió con extremada cortesía. Tuvo que mirar hacia otra parte, para evitar que el ex diplomático se acercara a conversar con él. Vio, en ese momento, que Ignacio venia agitando un grueso billete, con toda la euforia del triunfo.

– ¡Dos gin con gin! -gritó Ignacio.

Francisco pudo comprobar, aliviado, que el ex diplomático había desaparecido. Atacó el vaso, helado y repleto hasta el tope. Ignacio se lamía los bigotes y hablaba de las "cabritas", pero sin la sensualidad ceremoniosa del mago, con un tono procaz, algo turbio, cargado de un resentimiento extraño. Todo consistía en humillarlas, destruirles la inocencia, ejercitar en ellas los instintos más groseros. Francisco apuraba el vaso y se reía sin ganas. Recordó a una señora que, con una sonrisa chocha, hablaba del "chico de la Inesita", refiriéndose a Ignacio y su madre. El ex diplomático se acercaba nuevamente, en compañía de una dama flaca y desteñida como él.

– ¡Toma! -dijo Ignacio, poniéndole en la mano otro vaso de gin con gin.

– No puedo más -dijo Francisco.

– ¡Nada de cuentos!

Ignacio pegó un manotazo en el mesón, que causó al ex diplomático un sobresalto y una leve sonrisa de disculpa. El ex diplomático se alejó de prisa, cogiendo a su dama de la punta del codo.

Francisco bebió su tercer vaso, a duras penas, y se despidió con un gesto vago, emprendiendo camino hacia la pista. Sentía una exaltación repentina, un coraje que lo lanzaba en busca de Margarita, resuelto a abordarla sin vacilaciones. Tuvo que luchar contra cuerpos que se desplazaban lentamente, inertes y ajenos. Los vio a un metro de distancia, ella y su compañero en estrecho abrazo, mecidos apenas por la música. Pálido y con el ánimo por los suelos, Francisco se apresuró en desaparecer. Clotilde estaba sentada sobre una mesa, contemplando la pista distraídamente.

– ¿Con quién está bailando Margarita?

– Con Esteban.

– ¡Ah!… Ese tipo de que hablaban tanto ustedes…

– Sí.

– Me imaginaba.

– Buenmozo, ¿no?

Francisco se encogió de hombros.

– ¿Bailamos?

Sin hacerse de rogar, Clotilde saltó de la mesa y se abrió paso en dirección a la pista. Tenía movimientos exagerados y rígidos, y bailaba mirando para todos lados, con ansias de no perder detalle. Su compañero no era más que un pretexto, un punto de apoyo que permitía mirar las cosas de más cerca. Junto a ellos, el ex diplomático bailaba con la señora menuda que organizó la fiesta y le hablaba sin parar. Se oían gritos, carcajadas, voces, copas que se rompían.

– Tengo ganas de tomar un trago -dijo Francisco.

– Vamos -respondió Clotilde.

– Es que se me acabó la plata.

– Yo te consigo gratis -dijo Clotilde, con ojos plenos de significación-. Pero no lo repitas.

Lo llevó de la mano a un rincón semioculto por cajones de bebidas gaseosas. De pasada, a pesar del misterio con que había rodeado el asunto, sopló el dato al oído de varios de sus amigos. Todos acudieron al llamado y salieron a relucir unas botellas de cherry brandy. Un licor espeso y dulce, que le devolvió a Francisco su exaltación. Ahora, una exaltación gratuita, desprovista de ligadura con cualquier realidad tangible. Deseos de vociferar, de arremeter contra el gentío compacto, contra las paredes de lona de la carpa. En medio de esto, vio venir a Ignacio Rueda, tambaleándose y sonriendo de oreja a oreja. Vio que Clotilde aferraba una de las botellas, echando chispas por los ojos, clavados en Ignacio, y que los demás la llamaban pacientemente a la moderación y lograban que lo aceptara en el grupo. Vio, también, que Ignacio alzaba la botella y sorbía las últimas gotas de licor, con vicioso regocijo.

Después, Ignacio se desprendió del grupo y avanzó, inseguro, hacia una mujer que guardaba unos cubiertos, con los brazos robustos arremangados.

– Va sacar a bailar a la empleada -dijo alguien, entre asustado y risueño.

– ¡Que imbécil! -exclamó Clotilde, furibunda.

La empleada, con desconfianza, miró a Ignacio que le dirigía requiebros estropajosos, mientras oscilaba peligrosamente, y optó por reanudar su tarea, un poco intranquila.

Golpeándose contra las mesas que se interponían en su camino, la sonrisa, en el rostro sanguinolento, transformada en mueca, Ignacio Rueda inició el regreso. Una silla lo detuvo. Se apoyó en el respaldo e inclinó la cabeza en casi noventa grados. Hubiera podido estremecerlo una arcada y Francisco dio un grito de alerta, porque él se habría contagiado. Pero nada sucedió Rueda permaneció largo rato en equilibrio inestable, con los cabellos caídos sobre la frente, hasta que dos de los amigos de Clotilde lo convencieron de que se fuera a sentar en una silla lejana.

Francisco, que acababa de terminar su tercer cherry brandy, se empinó para buscar en la pista a Margarita. Las parejas habían raleado. Divisó a Margarita con Esteban, saliendo de la carpa al hueco negro de la noche. Quedó anonadado, sumido en una melancolía sin fondo. Alzó las cejas y así estuvo un tiempo, con las cejas en alto, estático, mudo.

Los demás se reían de su borrachera. Movió el índice, con actitud de recriminación, y quiso decir unas palabras lúcidas, definitivas. Pero su lengua no fue capaz de articularlas. Resolvió murmurar sordamente y hacer gestos de ira. Más risa de los otros.

– ¿De qué se ríen? -preguntó, trabajosamente.

Clotilde se ponía una mano en el abdomen, llorando de risa. Francisco empezó a caminar, rumbo a la pista semidesierta.

– ¿Te sientes mal? -le preguntaron.

– ¡No! -gritó él, a voz en cuello, sin volverse a mirar quién le hablaba.

En el centro de la carpa, el mago conversaba excitadamente, vaso en mano. Estaba despeinado y la corbata se le había corrido de su sitio. solo el pañuelo se mantenía enhiesto. Francisco masculló un saludo, que fue recibido por el mago con impavidez. Pretendía iniciar una frase cualquiera, pero antes de que hubiera pronunciado la primera palabra, el mago le había vuelto la espalda. Francisco se encaminó, lentamente, a la salida.

La noche se había puesto fría. Cielo encapotado. En la distancia, el estruendo de las olas. Recorrió calles, bajó senderos empinados, hasta encontrarse junto al mar, que penetraba con furia por los desfiladeros de las rocas y que, al retirarse, producía un ruido de espuma en violenta ebullición. La llovizna salobre le despejó el cerebro. Largo rato estuvo inmóvil, el mentón hundido en las rodillas, sin ansiedad, sin propósito ni pensamiento alguno. Como si la espuma penetrara también los intersticios de su cerebro y, al retirarse, arrasara con los fragmentos de imágenes, con el bullicio reciente, con la exaltación y el agotamiento. Sólo el cansancio de los músculos le advirtió que debía irse.

En el corredor de la casa, lo recibió la respiración pausada de los dormidos, apenas perceptible a través de las paredes. Sus dos compañeros de pieza dormían, sumergidos entre sábanas revueltas. Al sentarse al borde de la cama para desvestirse, los ojos irónicos de Margarita le clavaron en el pecho un aguijón doloroso. Era una espina que se ensañaba en una herida fresca.

Pensó en otras cosas, en su regreso a la ciudad, en la carta de su hermana, en la vastedad del invierno, que ya se anunciaba en la brisa helada y en la violencia del mar que barría la playa cada noche. Las vibraciones del dolor se fueron espaciando y se desvanecieron. Cuando se estiró en la cama, sus músculos experimentaron un alivio inmenso, que no había imaginado antes. Luego se aplacó su respiración, sumándose a la del resto de los que dormían.

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