Volvió a agitar el látigo y dio otro paso para obligar al caballo a virar. Leigh observó la expresión de relajada concentración de su rostro, la forma en que nunca apartaba la mirada del animal mientras hablaba, y la facilidad con que manejaba el látigo. Cada movimiento que hacía era fluido y deliberado.
– De momento solo quiero controlar una cosa: la dirección en la que va -siguió explicando S.T.-. Esa es la lección que tiene que aprender ahora; que puede correr como el diablo, y cuanto más rápido mejor, pero tiene que hacerlo en la dirección que yo quiero, girarse cuando se lo indico, y no parar a menos que yo se lo permita.
Hostigaba al caballo cada vez que este mostraba la menor intención de reducir el paso, obligándolo a que diera la vuelta y corriese en la dirección contraria siempre que parecía prestar atención a lo que hacían los otros dos caballos más allá de la valla. Repitió la operación una y otra vez hasta que el caballo comenzó a respirar con mayor dificultad. Dejó de llamar a los otros dos, ya que cada vez estaba más pendiente del látigo y de los movimientos de ese hombre que también estaba en el interior del cercado. Al cabo de un cuarto de hora, el Seigneur ya solo tenía que levantar el látigo y señalar con él hacia donde se dirigía el caballo para que este se detuviera, virara y continuara en el sentido opuesto.
– Observa cómo se gira cuando cambia de dirección -dijo el Seigneur a Leigh-. ¿Ves?, siempre es hacia fuera, hacia la valla, apartándose de mí. Todavía preferiría no estar aquí encerrado conmigo. Quiero que empiece a girarse hacia dentro, con la cabeza hacia mí. Quiero que aprenda que es mejor para él prestarme atención en lugar de seguir corriendo como un loco.
La siguiente vez que se interpuso en el camino del caballo, mantuvo los hombros relajados sin levantar el látigo, pero el animal derrapó y, girándose, volvió a inclinar la cabeza hacia fuera. Entonces S.T. levantó el látigo y siguió dirigiéndolo con su insistente chasquido.
– Esta vez no ha habido suerte. Tendré que pedírselo de nuevo -explicó-. Le estoy dando una oportunidad, ¿te das cuenta? -Bajó el látigo y se colocó una vez más delante del animal-. Estoy tranquilo, sin chasquear la lengua ni usar el látigo. Le estoy ofreciendo hacer una pausa.
En esa ocasión el caballo dudó un instante y levantó la cabeza en dirección a él antes de apartarse una vez más.
– Así. Ya lo está pensando.
Volvió a moverse sin levantar el látigo y, sorprendentemente, el fatigado y sudoroso caballo se detuvo con las patas delanteras hacia dentro y la grupa hacia la valla, tras lo cual dedicó una rápida mirada al Seigneur y al látigo antes de retomar el trote en dirección contraria. Hubo un leve murmullo de asombro por parte de todos los presentes. Entonces S.T. volvió a obligar con el látigo al caballo a que diese unas vueltas más, y después bajó el brazo. Al instante el animal se detuvo ante él y lo miró fijamente mientras se le contraían y expandían las ijadas por el cansancio.
– Chico listo -le dijo S.T. en tono afable, antes de dar dos pasos a un lado.
El caballo movió la cabeza para seguirlo con sus enormes ojos negros fijos en él. Entonces el Seigneur fue en la otra dirección con el mismo resultado. Siguió andando y el caballo lo fue siguiendo con la cabeza hasta que tuvo que mover las patas traseras y volverse para no perderlo de vista; de ese modo terminó justo en la posición contraria a la que había empezado.
– ¿Me hace caso ahora?
Leigh no pudo reprimir una sonrisa.
– Sí, ahora sí.
Un relincho lejano hizo que el caballo levantase la cabeza y la doblara. Al instante, antes de que el animal pudiese responder a la llamada, el Seigneur chasqueó el látigo para que volviese a galopar por el cercado. Una vez hubo completado una serie de vueltas, S.T. bajó la fusta para darle la oportunidad de que se detuviese, cosa que el animal hizo entre fuertes resoplidos y mientras lo miraba fijamente y se aproximaba a él.
Justo en ese momento llegó otra débil llamada desde la lejanía. El jadeante rocín negro levantó la cabeza como si fuese a responder, pero entonces oyó el chasqueo de lengua del Seigneur y de forma abrupta la bajó. El caballo pareció sopesar las opciones que tenía, y se atrevió a lanzar otra fugaz mirada en dirección al lejano prado. El Seigneur volvió a chasquear la lengua y levantó el látigo, haciendo que el animal sacudiera un poco la cabeza ante la advertencia hasta que, finalmente, relajó el cuello. Se acercó despacio a S.T. en señal de rendición absoluta y se paró con la cabeza agachada junto a él, que le rascó las orejas mientras le susurraba palabras de felicitación.
El público rompió a aplaudir. El estrépito hizo que el caballo levantase la cabeza un instante, pero la bajó enseguida y empujó con delicadeza el brazo del Seigneur. Cuando echó a andar hacia la valla, el animal lo siguió como si fuese un enorme perrito. Hizo caso omiso de los constantes relinchos que llegaban del prado. Leigh sintió algo extraño en el pecho al contemplar aquella escena. El Seigneur era en verdad un hombre extraordinario.
Cuando S.T. presentó el caballo a Nemo, el caballo le prestó al lobo la misma atención que dedicaría a un gato de corral. Después de eso, S.T. no tuvo problema alguno para ensillarlo y montarlo. Cabalgó en el interior del cercado y después salieron fuera, en la dirección opuesta a aquella de la que provenían las llamadas de los otros caballos. Montura y jinete se perdieron de vista.
Cuando regresaron, S.T. desmontó y bebió un gran trago de agua de una taza de asa larga que alguien le ofreció. Un montón de voluntarios se ofrecieron a coger el caballo y ocuparse de él. Todo el mundo esperaba a ver si haría lo mismo con el corcel salvaje.
– En la posada nos han preparado una cesta con comida -dijo a Leigh-. Deberías comer algo -añadió, y luego se dirigió a Hopkins-. Traedme a ese diablo como mejor podáis.
Mientras Leigh y el Seigneur almorzaban en silencio bajo un árbol, la mitad de los lugareños allí reunidos se acercaron para no perderse el nuevo espectáculo. Consiguieron meter al animal en el cercado formando una cadena humana a ambos lados del camino para bloquearlo, tras azuzar a los dos caballos para que salieran del prado y avanzaran por el sendero hasta llegar al cercado. Una vez dentro, alguien cogió al dócil zaino y lo llevó para que esperase junto al negro.
El caballo salvaje dio vueltas junto a la valla durante unos minutos, haciendo que los espectadores se apartaran, y, a continuación, agachó la cabeza para pastar. Movía las orejas adelante y atrás con furia mientras arrancaba la hierba con rápidos tirones. El Seigneur se puso en pie y ofreció la mano a Leigh. Ella permitió que la ayudara a incorporarse y a que, con sus fuertes y cálidos dedos sujetándola del codo, la condujese a cierta distancia de los espectadores que se agolpaban alrededor de la valla. A continuación, S.T. miró fijamente al caballo con el ceño fruncido. Era un ejemplar magnífico pese a las cicatrices ensangrentadas de la cara, tan pálido como la luz de la luna sobre el hielo y con una larga crin enmarañada y una cola que barría el suelo. Cuando cualquier distracción le hacía levantar la cabeza, sus grandes ojos pardos se veían muy blancos, y arqueaba el cuello de una forma que le daba el aspecto de una fiera y noble montura sacada de algún cuadro de un rey guerrero.
– Tan solo recuerda que te tiene miedo -murmuró S.T.
– ¿A mí? -preguntó Leigh, atónita.
– Sí. Ya has visto lo que he hecho con el otro. Tú puedes hacer lo mismo con este.
– ¿Te has vuelto loco?
– En absoluto. Te he enseñado a hacerlo, y has podido comprobar que, después de todo, no se trata de suerte -dijo él con una ligera sonrisa.
– Por el amor de Dios, no pienso meterme ahí dentro con ese animal.