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– El Diablo -murmuró con un gemido de angustia infinita. Una espuma amarillenta le salía por la comisura de la boca-. Ellos son… el Diablo.

– ¿Dónde están los documentos?

Cárceles puso los ojos en blanco y se estremeció en un sollozo:

– Sáqueme de aquí, por piedad… No permita que sigan… Sáqueme de aquí, se lo suplico… Lo he dicho todo… Él, los tenía él, Astarloa… No tengo nada que ver con eso, lo juro… Vayan a verlo a él y lo confirmará… Yo sólo quería… No sé nada más… ¡Por piedad, no sé nada más…!

Don Jaime se sobresaltó al escuchar su nombre en labios del moribundo. Ignoraba quiénes eran los verdugos, pero estaba claro que Agapito Cárceles lo había delatado. Sintió cómo se le erizaba el cabello en la nuca. No había tiempo que perder; tenía que…

Algo se movió a su espalda. Intuyendo una presencia extraña, el maestro de esgrima se volvió a medias, y quizás aquel gesto le salvó la vida. Un objeto duro pasó rozando su cabeza y le golpeó en el. cuello. Aturdido por el dolor, tuvo la presencia de ánimo suficiente para dar un salto de costado, y presintió una sombra que se abalanzaba sobre él antes de que la vela cayese de sus manos, apagándose al rodar por el suelo.

Retrocedió mientras tropezaba con los muebles en la oscuridad, escuchando frente a él la respiración de su agresor, muy cerca. Con desesperada energía empuñó el bastón, que aún conservaba en la mano derecha, y lo interpuso en el espacio que debía recorrer su atacante para llegar hasta él.

Si hubiese tenido tiempo para analizar su estado de ánimo, le habría sorprendido comprobar que no sentía temor alguno, sino una helada determinación a vender muy cara su vieja piel. Era el odio lo que le daba ahora fuerzas para batirse, y el vigor de su brazo tenso como un resorte respondía al deseo de hacer daño, de matar al verdugo que se movía frente a él. Pensaba en Luis de Ayala, en Cárceles, en Adela de Otero. Por la sangre de Dios, que a él no lo iban a degollar como a los otros.

Ni siquiera fue consciente de ello, pero en aquel momento, aguardando a pie firme la acometida en la oscuridad, el anciano maestro de armas adoptó instintivamente la posición de guardia a la que solía recurrir cuando tiraba esgrima.

– ¡A mí! -gritó desafiante a las tinieblas. Sintió entonces un jadeo cercano y algo tocó la punta de su bastón. Una mano agarró aquel extremo con fuerza, intentando arrancárselo de la mano, y entonces Jaime Astarloa rió silenciosamente al escuchar el roce de la mitad inferior del bastón al deslizarse a lo largo de la hoja de acero a la que servía de vaina. Eso era lo que había esperado; su propio atacante acababa de liberarle el arma, además de indicar involuntariamente situación y distancia aproximadas. Entonces el maestro de esgrima echó el brazo atrás, extrayendo totalmente el estoque, y dejándose caer tres veces sucesivas sobre la pierna derecha flexionada, lanzó tres estocadas a fondo, a ciegas, contra las sombras. Algo sólido se interpuso en el camino de la tercera, y al mismo tiempo alguien emitió un gemido de dolor.

– ¡A mí! -volvió a gritar don Jaime, lanzándose en dirección a la puerta con el estoque por delante. Se oyó estrépito de muebles al caer al suelo, y un objeto pasó junto a él, rompiéndose en pedazos al chocar contra la pared. La inofensiva mitad inferior del bastón lo golpeó sin demasiada fuerza en un brazo cuando dejó atrás el lugar en que debía de hallarse su enemigo.

– ¡Cógelo! -gritó una voz a casi dos palmos de él-. ¡Se escapa hacia la puerta!… ¡Me ha clavado un estoque!

Por lo visto, el asesino sólo había resultado herido. Y lo que resultaba más grave: no estaba solo. Cargó don Jaime contra la puerta, saliendo al pasillo, asestando estocadas a las tinieblas.

– ¡A mí!

La salida debía de quedar a la izquierda, al final del pasillo, al otro lado de la cortina que había visto cuando entró en la casa. Un bulto oscuro se interpuso en su camino y algo golpeó la pared junto a su cráneo. Agachó don Jaime la cabeza, avanzando siempre con el arma en la mano. Escuchó una respiración entrecortada y una mano lo agarró por el cuello de la camisa; sintió muy cerca un olor áspero, a sudor, mientras unos fuertes brazos intentaban sujetarlo. La tenaza se cerraba cada vez más en torno a su pecho. Sofocado por la presión, incapaz de alejarse para recurrir al estoque, don Jaime logró liberar la mano izquierda, y palpó un rostro mal afeitado. Entonces, haciendo acopio de sus ya menguadas fuerzas, sujetó a su adversario por el pelo y echó hacia adelante la cabeza con toda!a brutalidad de que fue capaz, golpeándolo con la frente. Sintió un dolor agudo entre las cejas al mismo tiempo que algo crujía bajo el impacto. Un liquido caliente y viscoso le corrió por la cara; ignoraba si la sangre era suya o si había logrado romperle la nariz a su agresor, pero lo cierto es que se vio nuevamente libre. Pegó la espalda a la pared y se deslizó a lo largo de ella, describiendo semicírculos con la punta del estoque. Derribó algo que se vino abajo con estrépito.

– ¡A mí, canallas!

Alguien fue, en efecto, a él. Presintió su presencia antes de tocarlo, escuchó el roce de sus pies en el suelo y tiró estocadas a ciegas hasta que lo hizo retroceder. Apoyóse de nuevo en la pared, jadeante, en un esfuerzo por recobrar el aliento. Estaba agotado y no se creía capaz de resistir durante mucho tiempo más; pero en la oscuridad le era imposible encontrar la puerta de salida. Por otra parte, aunque llegase a ella, no tendría tiempo para encontrar la llave y hacerla girar en la cerradura antes de que se le echasen otra vez encima. «Hasta aquí has llegado, viejo amigo», se dijo, escudriñando sin demasiada esperanza las sombras que lo rodeaban. Lo cierto es que no lamentaba morir allí, en las tinieblas; únicamente lo entristecía el hecho de irse sin conocer la respuesta.

Sonó un ruido a su derecha. Lanzó una estocada en aquella dirección y el acero del estoque se curvó con violencia al encontrar un obstáculo; alguno de los asesinos recurría a una silla para protegerse mientras avanzaba hacia él. Volvió a deslizarse por la pared hacia la izquierda hasta que su hombro encajó contra un mueble, quizás un armario. Sacudió el estoque como un látigo, escuchando complacido el amenazador siseo de la hoja al cortar el aire; sin duda sus enemigos también lo escuchaban, y aquel sonido les aconsejaba prudencia; lo que para el maestro de armas suponía algunos segundos más de vida.

Estaban de nuevo cerca; los presintió antes de oírlos moverse. Saltó hacia adelante, tropezando con muebles invisibles, derribando objetos por el suelo, y llegó hasta otra pared. Allí se quedó inmóvil, conteniendo el aliento, pues el ruido del aire al entrar y salir por su boca y nariz le impedía escuchar los otros sonidos de la habitación. Algo cayó con estrépito a su izquierda, muy próximo a él. Sin vacilar un instante, se apoyó en la pierna izquierda para lanzar dos nuevas estocadas, y escuchó un gemido furioso:

– ¡Me ha clavado eso otra vez!

Decididamente, aquel tipo era imbécil. Jaime Astarloa aprovechó la ocasión para cambiar de sitio, ahora sin tropezar con nada en el camino. Sonriendo para sus adentros, pensó que todo aquello se parecía mucho al juego infantil de las cuatro esquinas. Se preguntó cuánto tiempo más podría resistir. Desde luego, no demasiado. Pero no era aquélla, después de todo, una mala forma de morir. Mucho mejor que dentro de unos años, extinguiéndose en un asilo, con las monjas sisándole los últimos ahorros que guardaría bajo la cama, y renegando de un Dios en el que jamás logró creer.

– ¡A mí!

Esta vez, su ya desfalleciente grito de pelea resonó en vano. Una sombra pasó fugaz a su lado, pisoteando loza rota, y de pronto un rectángulo de claridad se abrió en la pared. La sombra se deslizó rápidamente por la puerta abierta, seguida por otra silueta fugitiva que se alejó cojeando. En la galería se escuchaban ya voces de vecinos a los que había despertado el rumor de la pelea. Había ruido de pasos, postigos y puertas que se abrían, preguntas alarmadas, gritos de comadres. El maestro de esgrima fue tambaleándose hasta la puerta y se apoyó desmayadamente en el umbral, llenándose con deleite los pulmones del aire fresco de la noche. Bajo la ropa sentía el cuerpo empapado en sudor, y la mano que sostenía el estoque temblaba como la hoja de un árbol. Le costó un rato hacerse a la idea de que, después de todo, iba a tener que seguir viviendo.

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