—Se limpia con usted y con el burgomaestre juntos. Tiene sus problemas, que son muchos.
—Usted dígale que me defienda. O escribiré un artículo denunciando su leprosería, contando cómo utilizan la sangre de bebitos cristianos para curar la enfermedad de los gafudos. ¿Cree que no sé para qué atraen los mohosos a los niños? En primer lugar, les chupan la sangre, y en segundo, los corrompen. Lo llenaré de vergüenza ante el mundo entero. Chupasangre y corruptor, disfrazado de médico. —Víktor chocó su copa con la de Gólem y bebió—. Por cierto, estoy hablando en serio. El burgomaestre intenta obligarme a escribir semejante artículo. Por supuesto, usted también lo sabe.
—No —respondió Gólem—. Pero eso no tiene importancia.
—Veo que, para usted, nada tiene importancia. Tiene a toda la ciudad en contra, y no tiene importancia. Lo van a llevar a los tribunales, y eso no tiene importancia. El inspector sanitario Pavor está molesto por su comportamiento, y no tiene importancia. ¿No será que el general Pferd es un seudónimo del señor Presidente? A propósito, ¿ese general todopoderoso sabe que usted es comunista?
—¿Y por qué está molesto el escritor Bánev? —preguntó Gólem con serenidad—. Y no grite de esa manera, que Teddy se asusta.
—Teddy es de los nuestros —objetó Víktor—. Él también está molesto: los ratones lo tienen loco. —Levantó las cejas y encendió un cigarrillo—. Aguarde, ¿qué me estaba preguntando? Ah, sí... Estoy molesto porque no me permitieron entrar en la leprosería. De todas formas, realicé una acción noble. Sería tonta, pero todas las acciones nobles son tontas. Y antes de eso, llevé a un mohoso sobre mis espaldas.
—Y peleó para defenderlo —añadió Gólem.
—Exactamente. Peleé.
—Contra los fascistas.
—Precisamente, contra los fascistas.
—¿Y tiene usted pase? —preguntó Gólem.
—Pase... A Pavor tampoco lo dejan entrar, y vea cómo se está convirtiendo en un demófobo.
—Sí, Pavor no tiene suerte aquí —dijo Gólem—. En general, es un funcionario capaz, pero aquí no logra resultados. Espero que comience a hacer tonterías. Creo que ya ha comenzado.
—Así, duro —dijo el doctor R. Kvadriga levantando la cabeza despeinada—. Me voy y después veremos. Que no quede ni su aliento. —Su cabeza cayó sobre la mesa, con un golpe sonoro.
—De todos modos, Gólem —dijo Víktor, bajando la voz—, ¿de veras es usted comunista?
—Recuerdo que el partido comunista está prohibido en nuestro país —anotó Gólem.
—Dios mío, ¿y qué partido está permitido aquí? Yo no le pregunto por el partido, sino por usted.
—Como puede ver, yo estoy permitido.
—Bueno, como quiera. A mí me da igual. Pero al burgomaestre... Por cierto, a usted no le importa el burgomaestre. Pero si el general Pferd llega a saberlo...
—Pero no se lo vamos a decir —le susurró Gólem en confianza—. ¿Para qué necesita un general semejantes minucias? Él sabe que existe la leprosería, que allí hay un tal Gólem, unos mohosos, y eso basta.
—Un general extraño —dijo Víktor pensativo—. Un general de la leprosería. Por cierto, seguramente chocará pronto con los mohosos. Eso lo detecto con la elevada percepción del artista. En nuestra ciudad, el mundo empieza y termina con los mohosos.
—Si fuera sólo en nuestra ciudad...
—¿Qué ocurre? Se trata solamente de personas enfermas, que ni siquiera son contagiosas.
—No se haga el listo, Víktor. Usted sabe perfectamente que no son sólo personas enfermas. Y ni siquiera el contagio es sencillo.
—¿Qué quiere decir?
—Quiero decir que Teddy, por ejemplo, no puede contagiarse de ellos. Y el burgomaestre tampoco, y ni hablar del jefe de policía. Pero otro tipo de gente puede.
—Usted, por ejemplo.
—Yo tampoco puedo. Ya.
—¿Y yo?
—No lo sé. En general, es sólo una hipótesis mía. No me tome en serio.
—Y no lo tomo —dijo Víktor con tristeza—. ¿Qué otra cosa los distingue?
—¿Qué otra cosa los distingue...? —repitió Gólem—. Víktor, usted mismo ha podido notar que las personas se dividen en tres grandes grupos. Más exactamente, en dos grandes y uno pequeño. Hay gente que no puede vivir sin el pasado, están totalmente en un pasado más o menos lejano. Viven según las tradiciones, las costumbres, los legados, buscan en el pasado la alegría y el ejemplo. Digamos, el señor Presidente. ¿Qué haría si no tuviéramos nuestro glorioso pasado? ¿Adonde nos remitiría y, en general, de dónde habría salido él mismo? A continuación, hay gente que vive en el presente y no quieren conocer ni el pasado ni el futuro. Usted, por ejemplo. El señor Presidente le echó a perder toda imagen del pasado, y no importa a qué pasado dirija la vista, ahí estará siempre la imagen del señor Presidente. Y sobre el futuro no tiene usted la menor idea, y en mi opinión, teme pensar en él... Finalmente, hay gente que vive en el futuro. Del pasado, con toda justicia no esperan nada bueno, y para ellos el presente es sólo el material para construir el futuro, la materia prima... Pero ellos, en realidad, ya viven en el futuro, en isletas del futuro que han surgido en torno a ellos en el presente... —Gólem sonreía de manera extraña y levantaba los ojos hacia el techo—. Son inteligentes. Tremendamente inteligentes —dijo, con ternura—, a diferencia del resto de las personas. Todos tienen talento, Víktor, como si los hubieran seleccionado. Tienen extraños deseos y carecen totalmente de deseos corrientes.
—Un deseo corriente, por ejemplo, son las mujeres...
—En cierto sentido, sí.
—¿El licor, el circo?
—Sin duda.
—Extraña enfermedad. No quiero... Y, de todos modos, no entiendo... No entiendo nada. Bueno, el hecho de que a las personas inteligentes las meten tras cercas de alambre espino, eso lo entiendo. Pero por qué a ellos los dejan salir y a nosotros no nos dejan entrar...
—Aunque puede ser que no sean ellos los que estén encerrados tras el alambre espino, sino usted.
—Aguarde —dijo Víktor, sonriendo irónicamente—. Eso no lo aclara todo. ¿Qué pinta Pavor en este lío? Está bien, a mí no me dejan entrar, yo soy ajeno a todo eso. Pero ¿no debe alguien inspeccionar el estado de la ropa de cama y los sanitarios? Quizá tengan problemas de sanidad allí.
—¿Y si lo que le interesa no son las condiciones sanitarias?
—¿Bromea usted de nuevo? —Víktor miraba a Gólem con perplejidad.
—De nuevo no bromeo —respondió Gólem.
—En su opinión, ¿qué es él, un espía?
—El concepto de espía abarca demasiadas cosas —repuso Gólem.