Vaya a saber qué reacción esperaba ante su prédica benevolente. Que comenzaran a mirarse unos a otros, perplejos, o que sus rostros reflejaran que habían comprendido, o que un suspiro de alivio recorriera el salón como señal de que aquella incomprensión había desaparecido finalmente y ahora era posible comenzar todo desde el inicio, sobre un fundamento nuevo, más realista... En todo caso, no ocurrió nada de ello. En las filas traseras volvió a levantarse el chico de los ojos bíblicos.
—¿No nos podría decir qué es el progreso? —preguntó.
Víktor se sintió ofendido. «Claro que sí —pensó—. Y después preguntarán si una máquina puede pensar, y si hay vida en Marte. Las aguas vuelven a su cauce.»
—El progreso —explicó— es el movimiento de la sociedad hacia un estado tal en el que las personas no se asesinan, no se pisotean ni se torturan unas a otras.
—¿Y a qué se dedican? —preguntó un chico gordo, a la derecha.
—A beber y comer kvantum satis-balbuceó alguien a la izquierda.
—¿Y por qué no? —dijo Víktor—. La historia de la humanidad conoce muy pocos intervalos de tiempo en los que la gente podía beber y comer kvantum satis.Para mí, el progreso es el avance hacia un estado en el que no pisotean y no asesinan. Y en mi opinión, no es tan esencial a qué van a dedicarse. Si lo quieren así, para mí son importantes las condiciones indispensables del progreso, y las suficientes es algo que la vida lo dirá...
—Perdóneme —intervino Bol-Kunats—. Analicemos el siguiente esquema: la automatización sigue desarrollándose al mismo ritmo que ahora. Entonces, dentro de varias décadas, la mayoría absoluta de la población activa de la Tierra queda expulsada de los procesos productivos y de la esfera de servicios, pues pasarán a ser innecesarios. Todo será magnífico: la gente estará satisfecha, no habrá por qué matarse unos a otros, nadie molestará a nadie... y nadie necesitará a nadie. Por supuesto, habrá varios cientos de miles de seres humanos que aseguren el trabajo ininterrumpido de las viejas máquinas y la creación de máquinas nuevas, pero los miles de millones restantes simplemente no serán necesarios. ¿Eso está bien?
—No sé —dijo Víktor—. En general, no creo que esté bien del todo... Da pena... Pero debo decirles que, de todos modos, eso es mejor que lo que ahora vemos. Así que es obvio que habrá cierto progreso.
—¿Y usted querría vivir en semejante mundo?
—No logro imaginarme bien ese mundo —contestó Víktor tras pensarlo un instante—, pero si hablo con sinceridad, no estaría mal probar.
—¿Y puede imaginarse a personas que no sientan el menor deseo de vivir en un mundo semejante?
—¡Claro que sí! Hay gente, los conozco, que se morirían de aburrimiento allí. Un lugar que no necesita gobierno, que no hay nadie a quien darle órdenes, que no hay por qué pisotear a nadie. Es verdad que difícilmente renunciarían a hacerlo, tendrían ante sí la rarísima oportunidad de transformar el paraíso en una pocilga... o en un cuartel. Con gusto destruirían un mundo semejante. Bien, quizá no puedo imaginarme a esa gente.
—¿Y sus personajes, esos que tanto ama, a ellos les gustaría un futuro semejante?
—Por supuesto. Allí alcanzarían finalmente la paz que merecen.
Bol-Kunats se sentó, pero enseguida se levantó el chico de la cara llena de granos, moviendo la cabeza con un gesto de amargura.
—Ésa es la esencia de la cuestión. No se trata de si entendemos o no la vida real, la esencia del problema consiste en que ese futuro sea totalmente aceptable para usted o para sus personajes, y para nosotros sería un cementerio. El fin de la esperanza. El final de la humanidad. Un callejón sin salida. Por eso decimos que no queremos gastar fuerzas para trabajar por el bienestar de esos tipos suyos, sucios hasta las orejas y sedientos de paz. Ya no es posible insuflarles energía para una vida verdadera. Y dirá lo que diga, señor Bánev, pero nos ha mostrado en sus libros, libros interesantes, que yo aplaudo sinceramente, que en la humanidad no existen ya los objetos para aplicar las fuerzas, al menos en su generación... Como dice su canción: «Verdad y mentira no son tan diferentes, la verdad de ayer se vuelve mentira, la mentira de ayer se volverá mañana la verdad más sincera, la verdad más común...». Así vagan ustedes, de mentira en mentira. Simplemente, no pueden creer que son ya cadáveres, que crearon con sus manos un mundo que se ha convertido en su lápida. Se pudrieron en las trincheras, estallaron bajo los tanques, ¿y quién mejoró a causa de ello? Denostaron al gobierno, al sistema, como si no supieran que su generación simplemente no merece un gobierno mejor, un sistema mejor. Les daban bofetadas, usted perdone, por favor, y seguían repitiendo que el hombre es, por naturaleza, bueno... o peor todavía, que decir «hombre» es enorgullecerse. ¡Y han llamado hombre a cualquier cosa!
El orador de los granos en la cara hizo un ademán y se sentó. Se hizo el silencio. Al momento, se levantó de nuevo.
—Cuando decía «ustedes» no me refería personalmente a usted, señor Bánev.
—Se lo agradezco —dijo Víktor, molesto.
Sentía una profunda irritación: aquel mocoso lleno de granos no tenía derecho a hablar tan categóricamente, eso era un descaro, un atrevimiento... merecía una colleja y que lo sacaran del salón por una oreja. Se sentía incómodo. Mucho de lo que habían dicho era verdad, él mismo pensaba así, y ahora había caído en la situación de la persona obligada a defender lo que odiaba. Se sentía confuso, no tenía idea de cómo comportarse, cómo seguir la conversación y si valía la pena hacerlo... Miró el salón y vio que esperaban su respuesta, que Irma esperaba su respuesta, que todos aquellos monstruos rozagantes, de orejas grandes, pensaban de la misma manera, y que el atrevido de los granos se había limitado a comunicar la opinión general y la había expresado sinceramente, con profunda convicción, y no porque el día anterior hubiera leído un folleto prohibido, que en realidad no sentían el menor agradecimiento, ni aunque fuera el respeto más elemental hacia él, Bánev, por haber ido de voluntario con los húsares, por haber combatido a caballo contra los tanques, por haber estado a punto de morir de disentería en el cerco, por haber matado a los centinelas enemigos con un cortaplumas y después, en la paz, por haberle dado una bofetada a un oficial operativo que le había propuesto escribir una denuncia, por haber estado sin trabajo, con un agujero en los pulmones, especulando con frutas frescas, aunque le prometían elevados cargos... Y, en realidad, ¿cuál es la razón para que me respeten por todo eso? ¿Por haberme lanzado contra los tanques con un sable? Hay que ser un idiota para tener un gobierno que lleva a su ejército a semejante situación... En ese momento se estremeció, imaginando el enorme razonamiento que deberían haber hecho aquellos pichones para llegar a unas conclusiones a las que los adultos llegan solamente arrancándose toda la piel, destrozando su alma, revolviendo su vida y muchas vidas vecinas... y ni siquiera todos, solamente algunos, pues la mayoría sigue considerando que todo fue correcto y magnífico, y que si es necesario, estarían dispuestos a comenzar todo otra vez por el principio. ¿Habrían llegado de verdad los tiempos nuevos? Miró la sala casi con terror. Al parecer, el futuro había logrado introducir sus tentáculos en el mismo corazón del presente, y ese futuro era frío, implacable, le daban igual todos los méritos del pasado, auténticos o imaginarios.