Había esperado que Budapest me intrigara y que llegara a admirarla. No esperaba que me sobrecogiera. Había asimilado innumerabies invasores y aliados, empezando con los romanos y terminando con los austriacos, o los soviéticos, pensé, al recordar los amargos comentarios de Helen, y no obstante era diferente de todos ellos. No era del todo occidental, ni oriental como Estambul, ni del norte de Europa, pese a toda su arquitectura gótica. Veía por la ventanilla del taxi un esplendor de lo más personal. Helen también estaba mirando, y al cabo de un momento se volvió hacia mí. Parte de la emoción debía
reflejarse en mi cara, porque estalló en carcajadas.
– Veo que te gusta nuestra pequeña ciudad -dijo, y percibí bajo su ironía un gran orgullo-. ¿Sabías que Drácula es uno de los nuestros aquí? En 1462 fue encarcelado por el rey Matías Corvino a unos treinta kilómetros de Buda, porque había amenazado los intereses de Hungría en Transilvania. Al parecer, Corvino le trató más como a un invitado que como a un prisionero, e incluso le dio una esposa de una familia real húngara, aunque nadie sabe con exactitud quién fue. Se convirtió en la segunda esposa de Drácula. Éste demostró su gratitud convirtiéndose al catolicismo, y se les permitió vivir en Pest una temporada. En cuanto le liberaron…
– Creo que me lo puedo imaginar -dije-. Volvió de inmediato a Valaquia, se apoderó del trono sin más tardanza y renunció a su conversión.
– Eso es básicamente correcto -admitió ella-. Empiezas a conocer bien a nuestro amigo.
Lo que más deseaba era apoderarse del trono de Valaquia.
El taxi se desvió demasiado pronto hacia el barrio antiguo de Pest, lejos del río, pero aquí me esperaban más prodigios, que devoré con la vista sin la menor vergüenza: cafeterías que imitaban las glorias de Egipto o Asiria, calles peatonales abarrotadas de enérgicos compradores y provistas de farolas de hierro, mosaicos y esculturas, ángeles y santos en mármol y bronce, reyes y emperadores, violinistas con blusas blancas que tocaban en la esquina de una calle.
– Ya hemos llegado -dijo de repente Helen-. Éste es el barrio de la universidad, y allí está la biblioteca. -Estiré el cuello para echar un vistazo a un bello edificio clásico de piedra amarilla-. Ya iremos cuando podamos. De hecho, quiero consultar algo en ella.
Aquí está nuestro hotel, al lado de la utca Magyar, para ti calle Magyar. He de conseguirte un plano para que no te pierdas.
El taxista depositó nuestras maletas delante de una fachada de piedra gris elegante y aristocrática, y yo le di la mano a Helen para ayudarla a bajar del coche.
– Me lo imaginaba -resopló-. Siempre utilizan este hotel para los congresos.
– A mí me parece bien -aventuré.
– Oh, no está mal. Te gustará en especial porque podrás elegir entre agua fría y agua fría y
también por la comida precocinada.
Helen pagó al conductor con una selección de grandes monedas de plata y cobre.
– Pensaba que la comida húngara era maravillosa -dije para consolarla- Estoy seguro de que lo he leído en algún sitio. Goulash y paprika, y todo eso.
Helen puso los ojos en blanco.
– Todo el mundo habla siempre del goulash y la paprika cuando dices Hungría, al igual que todo el mundo habla de Drácula si dices Transilvania. -Rió-. Pero no hagas caso de la comida del hotel. Ya verás cuando comamos en casa de mi tía o de mi madre. Luego hablaremos de cocina húngara.
– Pensaba que tu madre y tu tía eran rumanas -protesté, y 10 lamenté al instante. El rostro de Helen se petrificó.
– Puedes pensar lo que te dé la gana, yanqui -me dijo en tono perentorio, y levantó su maleta antes de que yo pudiera cogerla.
El vestíbulo del hotel era silencioso y fresco, revestido de mármol y pan de oro de una época más próspera. Lo encontré agradable, y no vi nada de lo que Helen debiera avergonzarse. Un momento después caí en la cuenta de que había pisado mi primer país comunista. En la pared, detrás del mostrador de recepción, había fotografías de autoridades del Gobierno, y el uniforme azul oscuro de todo el personal del hotel poseía algo tímidamente proletario. Helen nos registró y me dio la llave de mi habitación.
– Mi tía se ha encargado de todo a la perfección -dijo satisfecha-. Ha dejado un mensaje telefónico diciendo que nos encontraremos aquí con ella a las siete de la tarde para ir a cenar. Antes nos inscribiremos en el congreso y asistiremos a una recepción a las cinco.
Me decepcionó la noticia de que la tía no nos llevaría a su casa para probar la comida casera húngara, y para echar un vistazo a la vida de la élite burocrática, pero me recordé a toda prisa que, al fin y al cabo, yo era un norteamericano y no debía esperar que se me abrieran todas las puertas. Yo podía constituir un peligro, un inconveniente o, al menos, un engorro. De hecho, pensé, haría bien en intentar pasar desapercibido y causar los menos problemas posibles a mis anfitriones. Tenía suerte de estar allí, y lo último que deseaba eran problemas para Helen o su familia.
Mi habitación, en la primera planta, era sencilla y limpia, con incongruentes toques de antigua grandeza en los querubines dorados de las esquinas superiores y el lavabo de mármol en forma de gran concha marina. Mientras me lavaba las manos y me peinaba en el espejo, desvié la vista desde los sonrientes tutti hasta la estrecha cama, ya hecha, que habría podido ser un catre del ejército, y sonreí. Esta vez mi habitación estaba en un piso diferente del de Helen (¿previsión de la tía de Helen?), pero al menos tendría como compañía a aquellos querubines anticuados y sus guirnaldas austrohúngaras.
Helen me estaba esperando en el vestíbulo, y me condujo en silencio a través de las grandes puertas del hotel hasta la majestuosa calle. Llevaba de nuevo su blusa azul claro (en el curso de nuestros viajes, el aspecto de mi ropa se había deteriorado bastante, mientras que ella había conseguido que tuvieran un aspecto planchado y lavado, cosa que yo consideré un talento propio de la Europa del Este) y se había recogido el pelo en un moño ceñido en la nuca. Estaba absorta en sus pensamientos mientras nos dirigíamos a la universidad. No me atreví a preguntar en qué estaba pensando, pero al cabo de un rato me lo reveló por voluntad propia.
– Me resulta muy raro volver aquí tan de repente -dijo, y me miró.
– ¿Y con un norteamericano desconocido?
– Y con un norteamericano desconocido -murmuró, pero no sonó como un cumplido.
La universidad estaba compuesta por edificios impresionantes, algunos de ellos ecos de la hermosa biblioteca que habíamos visto antes, y empecé a sentir cierto nerviosismo cuando Helen indicó con un ademán nuestro destino, una amplia sala de estilo clásico de la segunda planta, rodeada de estatuas. Me detuve para mirarlas y leí algunos de los nombres, escritos en sus versiones magiares: Platón, Descartes, Dante, todos coronados con laureles y vestidos con togas clásicas. Conocía menos las otras figuras: Szent István, Mátyás Corvinus, János Hunyadi. Blandían cetros o se tocaban con pesadas coronas.
– ¿Quiénes son? -pregunté a Helen.
– Ya te lo diré mañana -contestó-. Vamos, ya son más de las cinco.
Entramos en la sala con varios jóvenes que parecían muy animados, a los cuales tomé por estudiantes, y nos encaminamos a una enorme estancia del segundo piso. Mi estómago se revolvió un poco. La sala estaba llena de profesores con trajes grises, negros o de tweed y corbatas torcidas (tenían que ser profesores, razoné), que comían pimientos rojos y queso blanco y bebían algo que olía a un medicamento muy potente. Todos eran historiadores, pensé acongojado, y si bien en teoría era un colega más, el corazón me dio un vuelco. Un grupo de colegas rodeó de inmediato a Helen, y la vi estrechar la mano con franca camaradería a un hombre cuyo copete me recordó una especie de perro. Casi había decidido fingir que estaba mirando por la ventana la magnífica fachada de la iglesia de enfrente, cuando Helen me agarró por el codo durante una fracción de segundo (¿era un comportamiento juicioso?) y me arrastró hacia el núcleo de la muchedumbre.
– Te presento al profesor Sándor, jefe del Departamento de Historia de la Universidad de Budapest y nuestro medievalista más importante -me dijo, al tiempo que indicaba al perro blanco, y yo me apresuré a presentarme.
Un apretón de hierro estrujó mí mano, y el profesor Sándor manifestó que se sentían muy honrados por que yo me hubiera sumado al congreso. Me pregunté por un momento sí sería el amigo de la misteriosa tía. Para mi sorpresa, habló en un inglés claro, aunque lento.
– Es todo un placer tenerle aquí -dijo cordialmente-. Estamos ansiosos por escuchar su conferencia de mañana.
Expresé a mi vez el honor que sentía por haberme permitido hablar en el congreso, y procuré no mirar a Helen mientras lo decía.
– Excelente -tronó el profesor Sándor-. Sentimos un gran respeto por las universidades de su país. Ojalá nuestras dos naciones vivan en paz y amistad por siempre. -Brindó con su vaso de producto medicinal transparente que yo había estado oliendo, y me apresuré a devolver el brindis, pues un vaso se había materializado como por arte de magia en mi mano-. Y ahora, si podemos hacer algo para que su estancia en Budapest sea más feliz, dígalo.
Sus grandes ojos oscuros, brillantes en un rostro envejecido y que contrastaban con su melena blanca, me recordaron por un momento a los de Helen, y de repente me cayó mejor.
– Gracias, profesor -le dije con sinceridad, y me dio una palmada en la espalda con su gigantesca manota.
– Por favor, vengan. Coman y beban, y luego ya hablaremos.
Enseguida desapareció para atender a sus demás responsabilidades, y yo me encontré asediado por las ansiosas preguntas de otros miembros de la facultad y estudiosos visitantes, algunos de los cuales parecían más jóvenes que yo. Se congregaron alrededor de Helen y de mí, y poco a poco distinguí entre sus voces un parloteo en francés y alemán, y algún otro idioma que tal vez era ruso. Era un grupo muy animado, un grupo encantador, y empecé a olvidar mis nervios. Helen me presentó con una gracia distante que se me antojó la nota apropiada para la ocasión, y explicó con delicadeza la naturaleza de nuestro trabajo conjunto y el artículo que publicaríamos pronto en una revista norteamericana. Las caras ansiosas se arremolinaron en torno a ella, y se ruborizó un poco cuando estrechó las manos, e incluso besó las mejillas, de algunos viejos conocidos. Estaba claro que no la habían olvidado, pero ¿cómo sería eso posible?, pensé. Reparé en que había otras mujeres en la sala, algunas mayores y otras más jóvenes, pero las eclipsaba a todas. Era más alta, más vivaracha, más desenvuelta, con sus hombros anchos, su hermosa cabeza y abundantes rizos, su expresión de ironía vivaz. Me volví hacia uno de los miembros de la facultad húngara con tal de no mirarla. La feroz bebida empezaba a correr por mis venas.