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– Es la incapacidad de los humanos para ser dichosos -suspira Nyneve cuando se lo explico-. No te preocupes, Leo, pronto partiremos. Y luego pasarás coda tu vida añorando estos días.

En mis primeras semanas de vagabundeo por el castillo, a veces me cruzaba con sir Wolf. Que siempre estaba triste, inmensamente triste. Alicaído como un viejo bridón olvidado en la cuadra. Sir Wolf ama a la Duquesa, que es su Dama, con un amor desesperado e imposible. Dhuoda es virgen y ha jurado no conocer jamás varón. Cómo se puede ser al mismo tiempo viuda y virgen es algo que no termino de entender, pero la doncellez de la Duque sa es al parecer un hecho famoso en toda la comarca. Por eso viste siempre de blanco, para proclamar su estricta pureza. Y por eso sir Wolf penaba tanto. Pero ahora, con la llegada de la primavera, el caballero parece haberse recuperado. Ahora estira los hombros, como liberado de un yugo de castigo, y sus acuchillados ojos de gavilán centellean de viveza. Sé lo que le sucede: Nyneve ha vuelto a dejarme sola por las noches.

– Pero, Nyneve, ahora sir Wolf sabe que tú eres mujer, y probablemente imaginará que yo también lo soy. Con tu aventura nos estás poniendo a las dos en peligro.

– No te apures, es un verdadero caballero y no dirá nada… Y, además, por si acaso, le he cubierto con un conjuro de silencio, para estar seguras.

Ahora sir Wolf sigue amando a su blanca Dama con ese amor divino que Lanzarote mostraba por Ginebra en El Caballero de la Carreta; pero el amor terrenal lo vive con Nyneve la pelirroja, cuyo cuerpo está cubierto de colores desde la cabeza hasta los pies. Y yo, para mi desgracia tan virgen como Dhuoda, envidio y ansío el sudoroso enrojecimiento de la carne.

Enderezo el cuello y todos mis sentidos entran en alerta: aún no sé cuál ha sido la causa de la alarma, pero mi cuerpo bien entrenado ya se ha puesto en tensión. Aguzo las orejas y ahora percibo algo: roces apagados a mi espalda, como de alguien que intentara acercarse sin ser advertido. Miro hacia atrás, pero no noto nada extraño. Estoy en un banco de piedra, en el corredor abierto que da al pequeño jardín del pozo y los naranjos. Atardece rápidamente y la galería es un remanso de sombras. Cierro el libro que estaba terminando de leer con las últimas briznas de la luz menguante y me pongo de pie. Una risa sofocada se escucha muy cerca. Vuelvo a escudriñar alrededor: no se ve a nadie.

– ¿Quién anda ahí?

Silencio. Pero ahora se oye una vez más, justo a mi lado, el siseo de las ropas y los pasos. Parece cosa de magia y, si lo es, desde luego no se trata de magia blanca. La risita cascada rebota sobre las piedras grises del corredor. Es una risa burlona, un ruido maligno. En la esquina opuesta del jardín todavía queda una porción de sol, un pedacito de mundo muy verde y muy brillante. El rumor de la presencia cercana e invisible es como el sonido sinuoso que debía de producir la serpiente en el Paraíso. Un miedo irracional empieza a pesarme en los brazos, en las piernas, en mis músculos endurecidos por la inquietud. No estoy armada y lo lamento. Echo de menos mi espada, o siquiera el cuchillo. Aunque los hierros nada pueden contra los espíritus.

– ¡Por Cristo, Nuestro Salvador! ¿Quién anda ahí?

De nuevo un silencio de tumba. Ni siquiera los pájaros cantan, y eso es un mal presagio. Giro sobre mí misma contemplando la vacía galería. De pronto, el horror me petrifica: una hoja cortante araña mi cuello con su frío filo. No puede ser, no entiendo. Hace un instante no había nadie a mis espaldas y ahora tengo un puñal pegado a mi garganta. Me quedo muy quieta. Detrás de mí, el asaltante tampoco se mueve, tampoco dice nada. El hierro se aprieta un poco más contra mi carne; siento que el filo rasguña la piel. Entonces me decido; echo repentinamente el cuerpo hacia atrás e intento golpear el rostro de mi agresor con mi cabeza. Apenas le rozo porque es más bajo que yo, pero mi movimiento le desconcierta y afloja la presión del arma. Sujeto su muñeca con mi mano; él suelta el cuchillo, que cae al suelo con tintineo metálico, se zafa de un tirón y se escabulle. Me giro a tiempo de verle desaparecer por una puerta secreta que hay abierta en el muro, junto al banco de piedra: una figura imprecisa envuelta en una larga capa negra con capucha. Salgo detrás de él, pero el agresor es muy rápido: se pierde por los vericuetos del corredor secreto, que es estrecho y oscuro. Yo también me introduzco sin pensar en el lóbrego túnel; al principio parece tan tenebroso como un pozo, pero enseguida empiezo a encontrar, de tanto en tanto, débiles lámparas de aceite que iluminan el lugar con un resplandor mortecino. Las mohosas paredes rezuman humedad y en el suelo hay tramos de escalones con los que tropiezo, pues resultan casi invisibles en la penumbra. Corro y corro durante no sé cuánto tiempo, entre la espesa piedra de los muros, respirando el aire rancio y estancado. De pronto se me ocurre que mí atacante puede estar esperándome en alguna de las revueltas del pasadizo, dispuesto a saltar sobre mí y degollarme. El vello se me encrespa sobre la nuca y pienso en el cuchillo que cayó al suelo: salí en persecución del asesino con tanta premura que no atiné a recogerlo. El miedo empieza a subir por mí interior como una marea fría; las piernas se me debilitan, corro menos. Pero al doblar una esquina atisbo a lo lejos al hombre embozado: empuja la pared y abre otra puerta. Además, también él ha perdido su puñal. Salgo detrás con renovadas fuerzas y me encuentro en una de las salas del castillo. Una sala que no reconozco, pero esto no es raro. La persecución prosigue: a veces sólo me guía el repiqueteo de los pasos de mí enemigo. Atravesamos salones, antesalas, patios, subimos por amplias escalinatas y bajamos por intrincadas escaleras de caracol. Todas estas dependencias de la fortaleza me parecen desconocidas y, lo que es más inquietante, en toda nuestra carrera no nos hemos encontrado a nadie: ni un paje, ni un soldado, ni un criado, ni un perro. El castillo, enorme y laberíntico, es igual que el de Dhuoda, pero podría ser otro, tan distinto y siniestro me parece en la creciente penumbra, rota de cuando en cuando por un hachón humeante.

A lo lejos, mi asaltante abre de un empellón una gran puerta labrada, y sus hojas retumban en el silencio cuando se cierran. Llego sin aliento hasta el dintel y me detengo con la mano apoyada en la falleba. No sé si abrir. No sé si seguir. Intuyo que si cruzo el umbral puedo descubrir cosas que tal vez hubiera preferido no saber. Miro a mi alrededor: la galería oscura y desierta, los ventanales empotrados en el ancho muro, la noche temprana apretándose contra los vidrios como una gasa fúnebre. Ignoro dónde estoy. Ignoro por qué y por quién he sido atacada. Hay ignorancias que matan. Si no llego hasta el final, quedaré atrapada en el peligro, a merced de nuevas agresiones.

Giro la falleba con cuidado y empujo la puerta lentamente. Una antesala vacía y, luego, un gran cuarto. Una cama enorme y abultada como un carro de heno ocupa el centro de la estancia. Colgaduras de seda caen desde lo alto del dosel cubriendo parte del lecho. Parpadeo, encandilada por la luz. Docenas de finas velas blancas, ricas velas de cera, iluminan la estancia con su aliento dorado. Arcones, abigarrados tapices, una mesa. Es una alcoba digna de un rey. Aunque yo nunca he conocido a ningún rey e ignoro cómo son sus aposentos privados. El vivo resplandor de las candelas me permite observar que no hay otra salida, aunque mi agresor puede haber utilizado nuevamente una puerta secreta. Pero algo me dice que no me encuentro sola, que aunque no lo vea él aún está aquí. El aire me pesa sobre los hombros, me cuesta respirar, estoy mareada. Sólo puede haberse escondido detrás de las colgaduras del dosel. Busco desesperadamente a mi alrededor y cojo un renegrido hierro de atizar el fuego que descansa junto a la chimenea apagada. Con él en el puño, me aproximo muy despacio a la cama. Ya estoy cerca. Muy cerca. Me parece distinguir el bulto oscuro al otro lado de las sedas vaporosas. Me parece escuchar su respiración. Levanto el atizador y, con la otra mano, corro los cortinajes de un tirón. Aquí está. Sentado sobre el lecho, envuelto en sus ropajes negros, con la encapuchada cabeza inclinada sobre el pecho. Perfectamente quieto. Un espasmo de vértigo pasa por mi cabeza como las ondas pasan sobre las aguas lisas tras haber arrojado un guijarro a un estanque. Durante un instante de estupor me parece encontrarme en la mitad de un sueño. Pero aprieto el hierro en mi mano y es duro y es real.

– ¿Quién sois? ¿Por qué me habéis atacado?

El hombre no contesta, pero su cabeza empieza a levantarse lentamente. Aguanto el aliento. La capucha cae. Un rostro blanco y arrebolado, una boca sonriente, unos ojos de fuego.

– ¡Dhuoda!

Las llamas de las velas aletean en sus pabilos, como agitadas por una rara brisa. Siento la presencia del Maligno. Me persigno torpemente con la mano izquierda, porque con la derecha aún aferró el atizador. Dhuoda ve mi gesto y suelta una carcajada burlona y salvaje.

– ¿Crees que soy un demonio, mi buen Leo? Está bien… No eres el primero que lo piensa.

Su voz parece romper el maleficio. Es su voz de siempre, la voz de la Duquesa. Las cosas vuelven a adquirir consistencia real y el miedo empieza a abandonarme poco a poco.

– ¿Por qué me has atacado?

La he tuteado. Me he dirigido a ella sin el tratamiento habitual de cortesía. Pero su puñal parece haber borrado las diferencias. La Dama Blanca vuelve a reír.

– Ha sido un juego. Una broma. Un divertimento. Me aburría. Y no te he atacado. SÍ lo hubiera deseado, podría haberte rebanado el cuello.

Toco mí garganta con la mano: unas cuantas gotas de sangre me manchan los dedos.

– Me has cortado.

– Oh, sí, qué herida tan enorme, y cómo se duele de ella el gran caballero -se mofa Dhuoda. Pero inmediatamente se pone muy seria-. Sin embargo, haces bien en advertir tu diminuto rasguño… y en preocuparte por él. ¿Sabes lo que es la cantárida? Es un pequeño insecto que vive en el fresno…, una especie de mosca. Si arrancas las alas de unas cuantas cantáridas y las pones a cocer con un poco de agua hasta que el líquido se seque, te quedará una pasta pegajosa… Una pasta mortal. El veneno más letal que se conoce. ¿Y quién te dice a ti que yo no he embadurnado el filo de mi cuchillo con cantárida? ¿Y que por eso te he hecho luego correr, para que la ponzoña se extendiera rápidamente por tu cuerpo? ¿No te sientes raro, mi querido Leo? ¿Te duele el corazón, te pesa el pecho, te cuesta respirar, se te nubla la vista?

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