Por todos los santos, creo que me duele el corazón, que me pesa el pecho. Creo que me cuesta respirar y que el contorno de las cosas se difumina. Me tambaleo. Pero no, no es posible. Está bromeando. Resoplo con decisión y sacudo la cabeza.
– No es verdad. Estoy perfectamente. No te creo.
La Duquesa vuelve a reír.
– Y haces bien en no creerme, porque es mentira. Además, si hubiera envenenado mi puñal con cantárida ya te habrías desplomado hace tiempo.
– Pero ¿por qué haces todo esto?
– Ya te he dicho, me aburro. ¿Por qué participan en torneos los caballeros? ¿Por qué se divierten matando y dejándose matar?
Dhuoda hace un mohín de disgusto y se quita la tosca capa negra. Debajo lleva uno de sus deslumbrantes trajes albos, con el escote recamado de perlas. Sobre el pecho, prendida con un alfiler de oro, lleva una rosa también blanca, semejante a las que cultiva en su jardín.
– Hay días, hay momentos en los que la vida se te queda pequeña. ¿Nunca te ha pasado, mí querido Leo? El tiempo se detiene y el aire que te rodea se convierte en una jaula estrecha y asfixiante. Eres prisionera de tu cuerpo, pero dentro de ti hay algo grande y libre, algo casi feroz que quiere salir. En esos momentos me arrojaría desde la almena más alta de mi castillo, y es muy posible que pudiera volar. Algún día tengo que probarlo.
– No hablas en serio, Dhuoda…
– Nunca he bromeado más en serio.
Nos quedamos en silencio. La conversación me inquieta y me incomoda. Miro alrededor.
– ¿Dónde nos encontramos?
– En mi ala privada del castillo y en mi habitación, naturalmente. Disfruta de este privilegio, Leo, porque aquí no entra nadie. Ni siquiera ha entrado sir Wolf, y eso que los caballeros suelen tener acceso a las alcobas de sus damas… Pero yo soy la Duquesa Blanca.
Su piel es tan clara que parece de leche, aunque sus mejillas hoy están sonrosadas, tal vez por la carrera. Tiene el rostro carnoso, íos labios abultados, una nariz menuda y unos ojos oscuros e inquietantes que ahora me miran fijamente con mirada de loca. Dhuoda suspira, desabrocha su alfiler de oro, coge la rosa blanca de su pecho y hunde su nariz entre los pétalos con deleite.
– Mmmmm…, qué hermosas son las rosas. Mira ésta: la belleza de su forma, el aroma exquisito… y sus espinas duras y crueles.
Es verdad: en el breve talio de la flor cortada hay tres o cuatro espolones de temible aspecto.
– Por eso amo las rosas, porque no son inocentes, aunque lo parecen… Escucha, mi Leo: además de matar, la cantárida posee otras propiedades. Si mezclas el cocimiento ponzoñoso con miel en las proporciones adecuadas y luego te ¡o comes, el cuerpo se te enciende como un fuego y eres una pura llama de gozo carnal, hasta un punto que no podrías ni imaginar. Pero para alcanzar ese paraíso de los sentidos tienes que ser sabio, para controlar la exactitud de la mezcla, y valiente, para que no te importen las consecuencias…
Tengo la boca seca.
– Pero vos sois la Dama Blanca…
No sé por qué, he vuelto a utilizar la voz de cortesía.
– Es cierto, lo soy.
– Quiero decir que… Perdonadme, pero… Yo había oído que os llamaban así porque sois doncella.
– En efecto, así es.
– Pero entonces…
Dhuoda alarga la mano y roza mi boca con los pétalos de la rosa, para hacerme callar. Luego me agarra por la cintura con el otro brazo y tira de mí hacia ella. Continúa sentada sobre la alta cama y su rostro está a la altura de mi pecho.
– Duquesa…
– ¿Quieres volar conmigo, Leo? No hace falta subirse a las almenas… Podría untar miel de cantárida en mis labios… y podrías comerla de mi boca.
Doy un tirón y un paso hacia atrás y me desprendo con rudeza de su abrazo:
– No sabéis de lo que habláis, mi Señora… Es decir, me siento muy honrado pero… No puedo hacerlo, Dhuoda. Y, además, ¡vos sois la Dama Blanca!
La Duquesa ríe.
– Claro que lo soy. ¿Y eso qué importa? Dime, mi buen Leo…, ¿por qué no puedes hacerlo? ¿Porque no te gusto? ¿O acaso tienes miedo de que descubra tu verdadero cuerpo?
Callo, consternada.
– MÍ querida Leo, mí linda guerrera…, ¿acaso creías que me tenías engañada? Hace tiempo que sueño con tus ojos azules… y con las suaves y redondas formas que se ocultan bajo tu cota de malla. Y ahora que ya ha quedado todo claro, ¿de verdad no te atreves a jugar conmigo?
La cabeza me da vueltas. Me da miedo desdeñarla, pero nunca he deseado a una mujer. ¡Pero si ni siquiera he gozado de varón! La sola idea de tocarla me parece imposible.
– Dhuoda, Dhuoda… Perdonadme, Dhuoda. Perdonadme por engañaros sobre mi condición, y por ser tan torpe y tan estúpida. Sois maravillosa. Sois bellísima, elegante, refinada. La mejor anfitriona, la más generosa. Pero yo sólo soy una pobre campesina, joven e ignorante. Haría todo lo que me pidierais, pero no esto. No me siento capaz de hacer lo que queréis. Por favor, mi Dama, por favor…
Estoy aterrorizada y ella lo advierte. Hace un mohín amargo, o quizá triste, y se recuesta en el lecho.
– Está bien. Por desgracia, éste es un juego que se juega a dos. Yo podría amenazarte… Podría revelar tu verdadera naturaleza y castigarte por fingirte varón. Pero tranquilízate, no voy a hacerlo.
– Gracias por vuestra magnanimidad, mi Señora.
– No es magnanimidad, pequeña Leo, sino amor. Un sentimiento que no sé si me gusta. El amor te ablanda por dentro y quiebra las piernas de tu orgullo. Disfruta de este privilegio, Leo: entran aún menos personas en mi amor que en mi alcoba. Sin embargo, es una pena. Y lo que más lamento es que ni siquiera seas capaz de imaginar lo que te estás perdiendo.
Estira el brazo y vuelve a pasar la rosa por mi cara con un roce levísimo. Permanezco petrificada mientras la flor me acaricia las mejillas, la nariz, mientras el terciopelo de los pétalos explora mis labios. Dhuoda me contempla con una mirada fija y quieta, sus ojos en mis ojos, dos simas de negrura. Ahora, sin dejar de mirarme, se lleva la rosa a la boca. Sus pequeños dientes, blancos y afilados como los de un animal, muerden las suaves hojas con fiereza. Corta y mastica y traga. Se está comiendo la flor. La devora lentamente, con impavidez y obstinación. Primero desaparecen los pétalos, después la rizada base verde, luego el corto tallo erizado de espinas. Aterra ver entrar los formidables pinchos en su boca, pero ella sigue masticando sin hacer ni un gesto. Transcurre un tiempo interminable; Dhuoda ha dejado de rumiar y ya no queda nada de la rosa. La Duquesa sonríe:
– Tienes razón, Leo. No eres más que una campesina ignorante. Pero es posible que algún día llegues a aprender lo cerca que está el placer del sufrimiento.
Y una gota de sangre resbala por sus labios y cae sobre la inmaculada seda blanca del vestido.
Ya conozco la historia de Dhuoda. Su nuez de dolor, como diría Nyneve. Me la contó ¡a propia Duquesa, con quien he acabado entablando una relación que se parece a la amistad, aunque sé muy bien que ella es mi Dama y yo su servidora. Pasamos mucho tiempo en compañía; me siento a su lado mientras ella toca el laúd o la fídula, paseamos por los jardines, jugamos al ajedrez o a los bolos, leemos en la biblioteca, subimos a las almenas en las noches quietas del cálido verano a comer uvas y beber hipocrás mientras contemplamos las divinas estrellas, amaestramos juntas a sus gavilanes de esponjoso pecho. Hemos acordado una enseñanza mutua: ella quiere aprender a combatir, de modo que yo la entreno todas las mañanas en el patio de armas, intentando recordar las sabias lecciones del Maestro. Es una alumna aventajada y será mejor guerrero que yo, porque es feroz y despiadada: ni su cabeza ni su mano se arredran ante el golpe. Por su parte, Dhuoda está empeñada en enseñarme a mí los modos refinados de las damas. Como mi condición sigue siendo un secreto, las clases se celebran en la intimidad inexpugnable de su alcoba. Me pruebo sus trajes fabulosos, que me quedan cortos, y Dhuoda me explica cómo tengo que sentarme y agacharme, cómo he de mantener el cuello al mismo tiempo erguido y un poco arqueado, cómo debo mover la falda y alzar graciosamente el ruedo para dejar asomar el pequeño pie. Sólo que las faldas de la Dama Blanca me ¡legan más arriba de las espinillas, y mis pies, que no son ni pequeños ni graciosos, se ven de manera permanente junto a un palmo de pierna. También he aprendido a comer con delicados mordiscos y con la boca cerrada, a recogerme las amplias mangas para no meterlas en los platos, a lavarme con elegancia los dedos en el aguamanil, a masticar menta e hinojo para perfumar el aliento, a no limpiarme jamás la grasa de las manos con el mantel o el traje.
Hay cosas mucho peores. He pasado largas tardes apresada dentro de unas espalderas de cuero provistas de clavos, para aprender a mantenerme bien derecha. Ahora uso collarines de mimbre que corrigen la posición de la cabeza, y Dhuoda acostumbra a hacerme caminar descalza delante de ella y me azota los tobillos desnudos con un junco si no me muevo bien.
– No te quejes. Así he aprendido yo. Así hemos aprendido todas las damas.
Y luego está el rema de los afeites. Ella no los necesita y no los usa, pero para aclarar mi oscuro rostro me hace maquillarme, a modo de prueba, con polvos de yeso y plomo. Parezco un espíritu. También me ha enseñado a usar carmín para dar rubor a las mejillas, y el negro kohol de los sarracenos para resaltar la mirada. Los dientes se blanquean con piedra pómez y orina, y para mantener una complexión de cutis fina y limpia, sin granos ni impurezas, es necesario frotarse solimán.
– ¡No se te ocurra untarte esas porquerías! -bramó Nyneve cuando se enteró-. El plomo blanco es ponzoñoso y podría incluso matarte; y el solimán es sublimado de mercurio, otro veneno… Acabará contigo y antes te pondrá los dientes negros.
Mi condición aparente de varón me ha salvado de las torturas de la depilación, porque las damas, Dhuoda incluida, se depilan las cejas y el nacimiento del cabello, para alardear de una frente amplia. Pero yo, claro está, me debo a mi disfraz de guerrero. Ciertamente empiezo a creer que es más duro el aprendizaje para ser una dama que el entrenamiento de los caballeros. Por no hablar de los instrumentos musicales: la Duquesa está obcecada con que aprenda a tocar algo, pero el laúd, la fídula o la mandora chirrían penosamente entre mis dedos torpes y callosos.
Uno de esos días en su alcoba, entre clases y risas y azotes en las piernas con el junquillo, Dhuoda me contó su historia. La Dama Blanca es hermanastra del poderoso conde de Brisseur. Es hija póstuma: su padre murió un par de meses antes de que ella naciera. Su hermanastro, Pierre, quince años mayor, decidió arrebatar la parte de la herencia de Dhuoda y quedarse con todo.