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Paul Bielert le miró con sus ojos, fríos como el hielo en una noche de invierno.

– El humor no me interesa. Soy el jefe de la sección ejecutiva de la policía secreta. No nos gustan las bromas. Cumplimos nuestro deber. Nuestra vida es el servicio. La seguridad del país descansa en nosotros. Liquidamos a cualquier persona que no sepa vivir en nuestra sociedad. Firme la declaración y dejaré tranquilo al resto de su impertinente familia. Era la idea de Reinhard Heydrich. Espere a que hayamos ganado la guerra y verá cómo toda la población de Europa saludan a los oficiales SS con una profunda reverencia. Hace unos meses, estuve en el Japón, donde vi a holandeses e ingleses inclinarse humildemente ante un teniente de Infantería.

Se arrellanó en el butacón acolchado y apoyó la cabeza en sus manos afiladas. En el brazo del sillón estaba esculpido el emblema de las SS, la calavera.

El teniente, Olhsen se estremeció. Sólo faltaban unos cuervos para que pareciera el trono del diablo o el de una bruja. Miró por la ventana. La sirena de un barco silbaba en el Elba. Dos palomas se arrullaban amorosamente en la cornisa, y la bandera roja con la cruz gamada ondeaba sobre el puesto. Un emblema que había nacido con sangre.

Dos gaviotas gritaban, disputándose un pedazo de carne. A Ohlsen habían dejado de gustarle las gaviotas el día en que, después de ser torpedeado en el Mediterráneo, había visto cómo reventaban los ojos del comandante, que estaba medio muerto. Los cuervos y los buitres, e incluso las ratas y las hienas, esperaban a que la víctima hubiese muerto. Pero las gaviotas no tenían paciencia. Picoteaban los ojos, los extraían en cuanto la víctima ya no podía defenderse. Las gaviotas representaban a sus ojos, la Gestapo de los pájaros.

Miró a el Bello Paul, con su cuidado traje negro, y, de repente, comprendió que la Gestapo de los pájaros era caritativa en comparación con la de los hombres.

Cogió la declaración y la firmó, apático. Ya todo le era igual. ¡Había dicho tantas cosas sobre el Führer…! Cosas peores que las que estaban anotadas en aquel papel. El que le había denunciado no tenía una memoria infalible. ¡Si por lo menos pudiera averiguar quién era el soplón y enviar un mensaje al legionario y a Porta…! Se regocijó al pensar en lo que le ocurriría a aquel tipo. Ni siquiera un general de Brigada podría escapar. Porta se había cargado a muchos tipos. Siempre llevaba un bolsillo lleno de cartuchos con entalladuras. Era con uno de éstos que mató al capitán Meyer y a Brandt, miembro de la Gestapo, destinado un día a la Compañía, bajo el disfraz de cabo. Pero el legionario había descubierto la insignia ovalada de la Policía. Al regresar del próximo reconocimiento, el cabo Brandt fue declarado desaparecido. Cuando la patrulla hubo roto filas, Porta dijo lo suficientemente fuerte para que todo el mundo le oyera: «Dios es bueno. Me ha dado un ojo seguro y un dedo acostumbrado a apretar el gatillo. Coloca frente a mí unos blancos interesantes. Sabe dónde se oculta el diablo.»

Después, se había vuelto hacia Hermanito, y había añadido:

– Será mejor que vayamos a ver al capellán, a confesarnos. Ahora, el viejo jefe de Batallón, Stuber, pasaría a ser, sin duda, jefe de la 51.ª. Le faltaba estatura para mandar a aquellos muchachos; ni sospechaba lo que eran. Pero estaba obligado a aceptar un mando en el frente. Necesitaba el suplemento de paga para satisfacer a su esposa, llena de ambiciones. Quería muebles bonitos, alfombras caras. No podía ser menos que la mujer del comandante. Quería una criada como la mujer del comandante de la guarnición. Y le gustaba mucho recibir.

El jefe del Batallón, Stuber, había suplicado al coronel Hinka que le concediese un mando en el frente. El coronel había contestado con evasivas. Sabía que Stuber no era apto para el servicio en el frente. Pero, por último, exasperado, lo había prometido. Y ahora la 51.ª Compañía era libre. La compañía más dura de todo el Ejército alemán. La llamaban «la Compañía del diablo». Todo el Cuerpo de oficiales conocía a los tiradores escogidos de la Compañía: Porta, el legionario, Barcelona y Hermanito. También conocía a los lanzadores de granadas, Steiner, Julius Heide y Sven, que alcanzaban el blanco a ochenta metros de distancia. A aquellos hombres les era muy fácil liquidar a un indeseable. Había ocurrido ya muchas veces, sin que nadie hubiese podido demostrarlo. Asesinato, decían algunos. Defensa propia, aseguraban otros. El legionario había dicho una vez:

– Participamos en una guerra en la que sólo luchamos por nuestra propia vida. Matamos y maltratamos a hombres de otras naciones contra los que no tenemos nada, camaradas como los nuestros. El enemigo está entre los nuestros.

Nadie había contestado. Lo que había dicho era tan cierto, tan absurdo…

El consejero criminal Paul Bielert cogió el documento firmado, ofreció uno de sus cigarros brasileños al teniente Ohlsen, y dijo secamente:

– Bueno, ya está hecho.

El teniente Ohlsen no contestó. Ya no había gran cosa que decir. Hubiese podido retrasar el asunto, negar; pero el resultado final hubiese sido el mismo. Para la Gestapo, lo único que contaba era la confesión y el juicio.

Diez minutos más tarde, dos SD Unterscharführer entraron en el despacho. Uno de ellos apoyó pesadamente una mano en el hombro del teniente Ohlsen, y dijo con voz alegre:

– Vamos a dar un paseíto en automóvil, mi teniente, y os gustaría que nos acompañara.

Se reían. Aquel SD Unterscharführer siempre decía: «No hay que ser brutal si se puede ser amable.» Tiempo atrás cuando su Sección había sido designada como pelotón de ejecución, había dicho a una mujer doctora mientras le anudaba una venda sobre los ojos:

– Sólo le pongo una cortina delante de los faros, querida señora, porque no todo es agradable de ver. Imagine que jugamos a la gallina ciega.

Todo el pelotón se retorció de risa. Desde aquel día, llamaban a las ejecuciones «la gallina ciega».

El Unterscharführer Bock era así. Ahora estaba sentado junto al chofer, y explicaba, como un guía, todo lo que veía. Pasaban por la Mönckebergstrasse, atravesaban la plaza Adolph Hitler. A causa de los bombardeos se veían obligados a dar un rodeo y pasar por el Alster, donde cruzaron ante el hotel «Vier Jahreszeiten». Allí, Bock sintió la necesidad de decir:

– Todos esos hijos de papá se lo están pasando bomba, en espera de que perdamos la guerra; pero pronto iremos a desenmascararlos.

Después atravesaron Gansemarkat, cogieron por la Zeughausallee y bordearon la Reeperbahn. Estaba lleno de gente alegre que iba de una tasca a la otra.

– Si no tuviéramos tanta prisa -dijo Bock- habríamos podido soplarnos una botella de cerveza.

En la Kleine Maria Strasse había una larga cola.

– Acabamos de instalar veinte putas nuevas -explicó Bock-. Parece que esta pandilla de toros quiere probarlas. Y aún hay quien dice que en el Tercer Reich no hay servicios organizados. Mi teniente, ¿ha reflexionado alguna vez en lo que representa exactamente el nacionalsocialismo?

Como el teniente Ohlsen no respondiera a esta pregunta de máxima actualidad, el otro prosiguió:

– La mejor forma de comunismo.

– ¿Cómo se las arregla para llegar a esta conclusión? -preguntó el teniente Ohlsen, sorprendido.

Bock se rió, halagado.

– Somos nacionalcomunistas que quieren convertir a todas las demás naciones en países alemanes, a condición, desde luego, de que sus habitantes tengan la nariz recta. En Rusia, evidentemente, también son comunistas, pero no se interesan en convertir en rusos a los demás. Te pegan un coscorrón y después te dicen: «Ahora eres bolchevique, y lo que yo pienso lo pensarás tú también.» Nosotros dejamos tranquilos a los hombres con sotana, no les obligamos a llevar la cruz gamada. En Rusia, les ahorcan. En el fondo, hay ciertas cosas que me gustan en los tipos de Moscú. Nosotros somos demasiado blandos. Esa pandilla del Papa amenaza con vencernos Son más fuertes de lo que pensamos, y si no vigilamos, aún lo serán más A la gente le gusta el confesionario y todas esas zarandajas. Personalmente, sabré mantenerme apartado.

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