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Pero no era cosa de risa. Se trata de una burda necesidad que no se suele mencionar en los libros (aunque sobre ello haya quedado dicho con inmortal frivolidad: «Bienaventurados los que de buena mañana...»). [134]Y aunque pueda parecer natural que la jornada penitenciaria empiece así, en realidad estaba tendiéndose una trampa al preso para el resto del día, una trampa en la que cae el espíritu, eso es lo lamentable. En la cárcel, inmóvil y frugalmente alimentado, tras haber pasado la noche en un débil aletargamiento, nada más levantarse uno todavía no estaba en condiciones de rendir su tributo a la naturaleza. Te devolvían enseguida a la celda hasta las seis de la tarde (y en algunas prisiones hasta la mañana siguiente). A partir de ese momento te inquietas porque se acerca la hora de los interrogatorios diurnos y por los acontecimientos que aún pueda traer el día, porque vas a empezar a llenarte con el pan, el agua y el bodrio, pero nadie te permitirá ir a este magnífico lugar al que los hombres libresacceden sin trabas y sin saber apreciar su buena suerte. Esta necesidad, abrumadora y vulgar, se te podía presentar inmediatamente después del desahogo matinal y martirizarte todo el día, oprimiéndote y privándote de libertad para conversar, leer, pensar e incluso dar cuenta de la parca comida.

A veces, en las celdas, se debatía cómo había surgido el reglamento de la Lubianka y del resto de prisiones en general: ¿era una crueldad premeditada o había salido simplemente porque sí? Yo creo que según. Sin duda, el toque de diana estaba calculado con mala fe, pero muchas otras cosas habían surgido de un modo puramente mecánico (como muchas de las barbaridades de nuestra vida habitual), lo que pasa es que, luego, los de arriba vieron que eran útiles y dieron su visto bueno. Los turnos cambiaban a las ocho de la mañana y a las ocho de la tarde, por lo tanto, lo más cómodo era llevar a los presos al retrete al final de cada turno (llevarlos de día y uno a uno hubiera sido buscarse más preocupaciones y ampliar las medidas de seguridad, y no les pagan para eso). Lo mismo con las gafas: ¿para qué preocuparse desde el toque de diana? Ya las devolverán cuando acabe el turno de noche.

Ya se oye cómo las reparten, se están abriendo las puertas. Puedes darte cuenta de si hay alguien con gafas en la celda vecina. (¿Llevará gafas aquel a quién han encausado contigo? Pero no nos atrevemos a comunicarnos dando golpecitos en la pared, con eso son muy estrictos.) Ya han traído las gafas a los nuestros. Fastenko sólo se las pone para leer, pero Suzi las lleva siempre. Deja de fruncir los ojos y se las pone. Con sus gafas de concha —unas líneas rectas ante los ojos— su cara adquiría al instante un aire severo, penetrante, como imaginamos que debe ser la cara de un hombre culto de nuestro siglo. Antes de la revolución estudió en la Facultad de Letras de Petrogrado, y en los veinte años de independencia de Estonia mantuvo un ruso purísimo e irreprochable. Luego, ya en Tarta,se licenció en derecho. Además de su lengua materna, el estonio, también sabía el inglés y el alemán. No se perdía ni un número del Economistlondinense y seguía las recensiones científicas de los Berichtealemanes. Había estudiado la Constitución y los códigos de leyes de varios países y ahora, en nuestra celda, representaba a Europa con dignidad y reserva. Había sido un destacado abogado en Estonia, donde le llamaban kuldsuu(pico de oro).

Un nuevo movimiento en el corredor: un parásito con bata gris —uno de esos jóvenes fornidos que no ha ido al frente— trae en una bandeja nuestras cinco raciones de pan y diez terrones de azúcar. Nuestra cluecano para de dar vueltas alrededor de la comida, aunque no hay vuelta de hoja: ahora mismo vamos a echarlas a suertes. Porque todo tiene su importancia: la corteza, el número de pedacitos añadidos para llegar al peso, lo pegada que esté la corteza a la miga. Que lo decida la suerte (¿es que no lo hacen así en todas partes? Será por tantos años de hambre generalizada. En el Ejército todo se repartía así. Los alemanes, a fuerza de oírnos desde sus trincheras, se cachondeaban de nosotros: «¿A quién le toca este cachico? ¡Al comisario político!*».) Pero la clueca,con todo, hará lo posible por ser él quien sostenga las raciones y se quedará con una pátina de moléculas de pan y de azúcar en las palmas de las manos.

Esos cuatrocientos cincuenta gramos de pan húmedo, mal fermentado, de miga esponjosa como el suelo de un pantano, hecho a medias con patata, era nuestra muleta, [135]el suceso clave de la jornada. ¡Comienza la vida! ¡Comienza el día, ahora sí que empieza de verdad! Cada uno tiene un sinfín de problemas: ¿hizo ayer buen uso de la ración?, ¿qué es mejor: cortarlo con un hilo o partirlo ávidamente en pedazos?, ¿o mejor quizás ir dándole pellizcos?, ¿esperar el té o zampárselo ahora mismo?, ¿dejar algo para la cena o sólo para la comida?, en ese caso, ¿cuánto me guardo?

Y además de estas míseras cavilaciones, ¡qué amplios debates (¡con el pan se nos soltaba la lengua, volvíamos a ser personas!) provocaba esa libra de pan en las manos, un pan con más agua que harina! Por lo demás, Fastenko nos explicaba que los obreros de Moscú comían ese mismo pan. ¿Pero había sólo trigo en aquel pan?, ¿con qué lo habrían alargado? (en cada celda había un entendido en mezclas con sucedáneos, pues, ¿quién no las había comido en aquellas décadas?). Empezaban los razonamientos y los recuerdos. ¡Qué pan más blanco se cocía en los años veinte! Eras unas hogazas esponjosas, con poros de aire en su interior, con la corteza aceitosa y tostada, casi rosada, y la suela con ceniza, con carbonilla del horno. ¡Un pan que se fue para no volver! ¡Los nacidos a partir de 1930 jamás sabrán lo que es comer pan ! ¡Amigos, éste es un tema prohibido! ¡Habíamos quedado en que de comida, ni una palabra!

De nuevo movimiento en el pasillo: traen el té. Otro mu-chachote con bata gris y unos cubos. Sacamos nuestra tetera al pasillo y él nos sirve del cubo, que no tiene vertedor. Prácticamente cae tanto dentro como fuera, sobre la esterilla que cubre todo el pasillo. Este reluce como en un hotel de primera categoría.

Pronto, desde Berlín, habían de traer a nuestra celda al biólogo Ti-moféyev-Ressovski, del que ya hemos hablado. Creo que nada le ofendía tanto en la Lubianka como ese té derramado, pues veía en ello una prueba escandalosa de desidia por parte de los celadores (y de todos nosotros). Llegaría a multiplicar 27 años de existencia de la Lubianka por 730 veces al año y por 111 celdas, y coger más de una rabieta porque resultara más fácil derramar el té dos millones ciento ochenta y ocho mil veces (y otras tantas venir con un trapo a enjugar el suelo) que hacer unos cubos con vertedor.

Éste es todo el desayuno. Las comidas calientes vendrán una pegada a la otra: a la una y a las cuatro de la tarde, y luego, a pasar veintiuna horas con el recuerdo. (Tampoco es por crueldad: el personal de cocina lo que quiere es terminar cuanto antes y marcharse.)

Las nueve. La inspección matinal. Desde mucho antes se oye cómo giran las llaves, haciendo más ruido que a otras horas, cómo dan golpes contra las puertas, también más secos que a otras horas, y cómo uno de los tenientes de guardia en la planta entra todo tieso, casi en posición de firmes, da dos pasos por la celda y mira con severidad hacia nosotros, que estamos de pie (no nos atrevíamos ni a recordar que a los presos políticos les está permitido permanecer sentados). Contarnos no le cuesta ningún trabajo, basta una ojeada, pero en este breve instante de lo que se trata es de poner a prueba nuestros derechos, porque digo yo que alguno debemos tener, aunque no los conozcamos. Su deber, en cambio, es ocultárnoslos. Si algo aprendes en la Lubianka es a alcanzar una mecanización total: ni expresión, ni tono, ni una palabra de más.

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