—No, no tengo la bondad. Estoy ocupado.
—¡Pero es tu hija! ¿Acaso has caído tan bajo...?
—¡Estoy ocupado! —gritó Víktor.
—¿No te preocupa lo que le pase a tu hija?
—Deja de hacerte la tonta. Creo que querías deshacerte de Irma. Pues ya te has librado de ella. ¿Qué más quieres? —Lola comenzó a llorar—. Basta ya —dijo Víktor, frunciendo el ceño—. Ella se siente bien allí. Mejor que en un buen internado. Ve a verla y convéncete por ti misma.
—Eres un cerdo asqueroso, desalmado y egoísta —proclamó Lola, y colgó.
Víktor soltó un improperio en voz baja, desconectó de nuevo el teléfono y volvió a la mesa.
—Oiga, Gólem, ¿qué hacen allí con nuestros hijos? Si están preparando el relevo, yo no estoy de acuerdo.
—¿El relevo de quién?
—Pues, el relevo... Eso es lo que pregunto: ¿de quién?
—Por lo que sé, los niños están muy contentos —dijo Gólem.
—Eso no importa... No necesito que usted me lo diga para saber que están contentos. Pero ¿qué hacen allí?
—¿Acaso no se lo han dicho?
—¿Quién?
—Los niños.
—¿Cómo podrían decírmelo, si yo estoy aquí y ellos están allá?
—Están construyendo un mundo nuevo.
—Ah... Sí, eso me lo dijeron. Pero sólo se trata de filosofía... ¿Por qué vuelve a mentirme, Gólem? ¿Qué mundo nuevo puede existir tras una cerca de alambre espino? ¡Un mundo nuevo bajo el mando del general Pferd!... ¿Y si se contagian?
—¿De qué?
—De la enfermedad de los gafudos, por supuesto.
—Le repito por sexta vez que las enfermedades genéticas no son contagiosas.
—Por sexta vez, por sexta vez... —gruñó Víktor, que había perdido el hilo de la conversación—. Y en general, ¿qué es la enfermedad de los gafudos? ¿A quiénes ataca? ¿O es un secreto?
—No, se ha publicado por doquier.
—Cuente entonces, pero sin palabras.
—Comienza con los cambios de la piel. Granos, forúnculos, sobre todo en manos y pies... A veces aparecen úlceras purulentas...
—Oiga, Gólem, ¿tiene que detallar tanto?
—¿Cómo?
—Que si tiene que dar tantos detalles.
—No, pero pensé que le resultaría interesante.
—¡Quiero conocer lo fundamental! —exclamó Víktor con pasión.
—Pero no va a entender lo fundamental —replicó Gólem, alzando levemente la voz.
—¿Por qué?
—En primer lugar, porque está borracho...
—Eso no es un argumento.
—Y en segundo, porque es imposible de explicar.
—Eso es imposible —declaró Víktor—. Sencillamente, no quiere hablar. Pero eso a mí no me ofende. Sé que se ha comprometido, no puede hablar, el tribunal militar... A Pavor lo han detenido... Vaya con Dios. Lo único que no entiendo es por qué un niño debe construir un mundo nuevo en una leprosería. ¿No encontraron otro lugar?
—No. En la leprosería viven los arquitectos. Y los contratistas.
—Con fusiles automáticos —replicó Víktor—. Los he visto. No entiendo nada. Uno de ustedes miente. Usted o Zurzmansor.
—Claro que Zurzmansor —dijo Gólem fríamente.
—Y es posible que mientan ambos. Pero les creo a los dos, porque tienen algo... Sólo quiero que me diga qué quieren. Pero la verdad.
—La felicidad —respondió Gólem.
—¿Para quién? ¿Para sí mismos?
—No sólo.
—¿Y a qué precio?
—Esa pregunta no tiene sentido para ellos —explicó Gólem sin prisa—. Al precio de la hierba, de las nubes, del agua que corre... de las estrellas.
—Exactamente como nosotros.
—Pues no —objetó Gólem—. Nada por el estilo.
—¿Por qué? Nosotros también...
—No, porque pisoteamos la hierba, dispersamos las nubes, frenamos el agua... Me ha entendido demasiado literalmente y se trata de una analogía.
—No entiendo.
—Se lo advertí. Yo mismo no entiendo muchas cosas, pero algo me imagino.
—¿Hay alguien que lo entienda?
—No lo sé. Es difícil. Quizá los niños... Pero incluso si lo entienden, es a su manera. Muy a su manera.
Víktor tomó la mandolina y rasgueó las cuerdas. Los dedos no le obedecían. Dejó el instrumento sobre la mesa.
—Gólem, usted es comunista. ¿Qué demonios hace en la leprosería? ¿Por qué no está en un mitin? ¿O en una barricada? Moscú no lo va a condecorar.
—Soy arquitecto —replicó Gólem con tranquilidad.
—¿Qué clase de arquitecto es usted si no entiende una mierda? Y, en suma, ¿por qué quiere embaucarme? Llevamos hablando una hora entera, ¿y qué me ha contado? Bebe mi ginebra y me llena de niebla. Es una vergüenza, Gólem. Y miente en todo.
—En todo, no. Aunque algo hay. No tienen úlceras purulentas.
—Déme el vaso —dijo Víktor—. Ya está borracho. —Se sirvió y bebió—. Váyase al demonio, Gólem. ¿Qué necesidad tiene de todo esto? ¿A qué juega? Si puede contar algo, cuéntelo, y si se trata de un secreto, no tenía por qué comenzar.
—Eso tiene una explicación muy sencilla —dijo Gólem con aire bonachón mientras estiraba las piernas—. Soy un profeta, usted mismo me lo ha dicho. Y todos los profetas están en la misma situación: saben mucho, tienen ganas de contarlo, de compartirlo con un interlocutor agradable, de jactarse para parecer más importantes. Pero cuando comienzan a hablar, surge una sensación de incomodidad, de desagrado... Por eso cuentan fábulas, como el buen Dios cuando le preguntaron por la piedra.
—Como quiera —dijo Víktor—. Iré a la leprosería y lo averiguaré todo sin usted. Déme alguna pista...
Percibía con cierto interés cómo se le entumecían las manos y los pies, y pensaba lo bueno que sería beber un último vaso para terminar y echarse a dormir, y después despertar para ir a ver a Diana. Entonces la cosa no saldría tan mal. Y en general, nada iba tan mal. Se imaginó cómo Diana cantaría la canción del submarino y se sintió perfectamente. Tomó el remo húmedo que yacía en la popa, lo utilizó para apartarse de la orilla y el bote comenzó a oscilar al momento. No llovía en absoluto, el crepúsculo era purpúreo y los remos rozaban la cresta de las olas. Yacer en el fondo... Y se hubiera tendido allí, pero le resultaba violento porque junto a su oído susurraba sin prisa la voz de Gólem.