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El trasplante de nacionalidades enteras era su mayor contribución teórica y su experimento más atrevido, pero ahora nada más quedaba por hacer. Toda su vida había sido el más aventajado experto dentro del Partido en materia de nacionalidades.

Habían habido muchos otros descollantes edictos suyos. Sin embargo, todavía encontraba un punto débil en la arquitectura total del sistema, y gradualmente un importante nuevo edicto comenzó a dar vueltas en su cabeza. Todo lo había asegurado de la mejor manera, había detenido toda acción, tapado todos los orificios, doscientos millones fueron ubicados en su lugar, solamente los jóvenes de las granjas colectivas se le habían escapado.

Desde luego las cosas habían andado muy bien en las granjas. Stalin estaba seguro de ello después de ver Cosacos del Kubany leer Caballero de la estrella dorada. Ambos autores habían visitado las granjas colectivas. Habían visto e informado sobre lo que vieron, que obviamente era bueno. El mismo Stalin había hablado con granjeros colectivos en los presidiums de los Congresos.

Pero con autocrítica de profundo estadista, probaría aun más que esos escritores. Uno de los secretarios provinciales del Partido (parece que fue fusilado luego) le dijo abruptamente que había un lado sombrío a considerar: los viejos y viejas inscriptos en las granjas colectivas desde 1930, eran trabajadores entusiastas, pero la gente joven (no todos, desde luego, sólo algunos individuos inconscientes) trataban, tan pronto como concluían la escuela, de conseguir por engaño pasaportes para desertar e irse a vagar a la ciudad. Stalin lo escuchó y en su interior comenzó un proceso corrosivo.

¡Educación! Todo aquel negocio de siete años de educación universal, diez de educación universal, con hijos de cocineras concurriendo a las universidades, había producido un revoltijo. Lenin había estado equivocado en ese punto, pero era demasiado pronto todavía para decírselo al pueblo. ¡Cada cocinera, debía ser capaz de manejar el estado! ¡Cómo pudo imaginar tal cosa! Aquellas cocineras no cocinarían el viernes; lo tendrían libre para asistir a las reuniones de los comités ejecutivos provinciales. Una cocinera es una cocinera, y su trabajo es preparar la comida. En cuanto al gobierno del pueblo es una tarea muy encumbrada; eso solamente puede confiarse a un personal escogido, especializado, acreditado, probado a través de un largo período de muchos años. Y la conducción de este personal solamente podía estar en un solo par de manos, las manos competentes del Líder.

Debía darse un estatuto a las granjas colectivas, que hiciese que como la tierra que les pertenecía a perpetuidad, de la misma manera cada persona nacida en una población dada, se convirtiera automáticamente desde el día de su nacimiento en un miembro de la granja colectiva. Esto se presentaría como un derecho honorífico. Y solamente el presidium del comité ejecutivo del distrito local podría autorizar la partida de alguien, de la granja colectiva.

Inmediatamente se inició una campaña de propaganda en una serie de artículos en los diarios: "Los jóvenes herederos del Granero Granja Colectiva", "Un paso importante en la construcción de la nueva aldea". Los escritores encontrarían sin duda la mejor manera de expresarlo.

Claro, que pareció, como si entre los derechistasalguien hubiere advertido que este problema surgiría (Tales derechistasnunca existieron realmente, Stalin fue quien por sí mismo agrupó con este rótulo a cierta gente de manera de poder terminar con ellos de un solo golpe).

Por alguna razón sucedía siempre que los oponentes aniquilados acababan por tener razón respecto a algo. Fascinado por sus pensamientos hostiles, Stalin, alerta, oía sus voces desde más allá de la tumba.

Pero aunque aquel edicto era urgente, como lo eran también todos los que su mente había madurado, al entrar ese día a su despacho, Stalin se sentía arrastrado hacia algo más elevado.

En el fondo de sus ocho décadas no tenía derecho para dejarlo más tiempo de lado.

Parecería que todo lo posible había sido hecho para asegurarle inmortalidad. Pero a Stalin le parecía que sus contemporáneos, aunque lo llamaran el Sabio de los Sabios, no lo admiraban tanto como él merecía, que sus arrebatos eran superficiales, que no comprendían la profundidad de su genio.

Un pensamiento lo carcomía últimamente: llevar a cabo otro desafío científico que dejara indeleble su contribución a otras ciencias que la filosofía y la historia. Tal contribución podía ser hecha sin duda a la biología, pero él había encomendado esta labor a Lysenko, aquel honesto y enérgico hombre del pueblo; pero la matemática o al menos la física, era más atractiva para Stalin. Nunca pudo leer sin envidia la discusión acerca del cero y el menos uno al cuadrado de Las Dialécticas de la Naturaleza.

No importa cuan a menudo ojeara el texto de Kiselev, Algebray la Física de Sokolovpara clases avanzadas; de ningún modo pudo encontrar inspiración apropiada.

Una idea feliz, pero en un campo completamente diferente, la lingüística; le dio el caso reciente del profesor Chicobava de Tiflis. Chicobava había escrito una, en apariencia herejía antimarxista, con motivo de afirmar que el lenguaje no era para nada una superestructura, sino simplemente lenguaje. Es decir, ni burgués, ni proletario, sino sólo idioma nacional y había tenido la osadía de adjudicar estas mismas difamaciones al mismo Marr.

Ya que ambos, Marr y Chikobava, eran georgianos, una inmediata respuesta apareció en el diario de la Universidad Georgiana, de la que un grisáceo ejemplar en rústica impreso en las características del alfabeto georgiano, tenía en ese momento al frente Stalin. Algunos discípulos de Marr atacaron al insolente estudioso. Lo único que podía hacer después de tales acusaciones, era sentarse y aguardar que la MGB golpeara a sus puertas a medianoche. Se sugería además que Chikobava era un agente del imperialismo americano.

Nada podía salvar a Chikobava si Stalin no tomaba el teléfono y le otorgaba la vida. Lo dejaría vivir y, él mismo le daría a los pensamientos provincianos de ese hombre simple, una exposición inmortal y un desarrollo brillante.

Habría impresionado más en verdad la refutación de la contrarevolucionaria teoría de la relatividad, por ejemplo, o de la teoría de las ondas mecánicas, pero a causa de los asuntos de estado no tenía tiempo. La filología era, no obstante lo que seguía a la gramática y Stalin había puesto siempre la gramática en un mismo nivel con las matemáticas.

Podía escribir esto con viveza, con expresividad, (ya estaba sentado escribiendo): "Cualquier lenguaje de las naciones que tomemos del Soviet: Rusia, Ukrania, Belorusian, Uzbek, Kazakhstan, Georgia, Armenia, Estonia, Latvia, Lituania, Moldavia, Tatar, Azerbaidzhanian, Bakir, Turcomania" (demonio, con los años cada vez le era más difícil enumerar cosas.) ¿Pero era esto necesario? En la medida en que se metía dentro de la cabeza del lector efectivamente se debilitaba su impulso por objetar —"es claro para cualquiera que"—, ¡Bien; entonces anota algo que sea claro para todos!

¿Pero, qué es claro?, nada está claro. ¿Cómo ellos dicen "Siete millas se apilan hacia el cielo ¿y es selva lo mismo?"

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