– Y, precisamente por mi experiencia, puedo garantizar -señaló para terminar- que yo sola no sirvo como guía de una expedición que va a internarse en territorio desconocido con tres personas que no han puesto el pie en la selva en toda su vida.
– ¿Ni aunque les vigilemos constantemente? -preguntó un defraudado Efraín.
– Habría que vigilarles constantemente y mucho más -dijo ella-. No podríamos perderlos de vista ni un instante.
– Cada uno de nosotros se hará cargo de uno de ellos -resolvió su marido, poniendo ambas manos sobre la mesa con firmeza-. No les quitaremos la vista de encima y procuraremos enseñarles todo lo que sabemos sobre los peligros potenciales de la selva. Me comprometo a traerlos de vuelta sanos y salvos.
La idea de que nos cuidaran como a niños de guardería, con atención personalizada, me pareció un buen motivo para tranquilizarme. Vi el mismo alivio en la cara de Marc y de Lola.
– Hay otro problema, Efraín -objetó de nuevo la doctora-. Creo que no te has parado a pensar que, si nos descubren dentro del parque, lo pagaremos muy caro. Será un escándalo muy grande.
– Bueno… -dije yo, metiéndome por medio-, si nos descubren será porque han decidido eliminar vacíos geográficos y no creo que eso vaya a ocurrir en este preciso momento, ¿verdad? Y en cuanto al escándalo, doctora Bigelow, creo que ya está incluido en el precio de la entrada. Si nosotros nos la vamos a jugar por ayudar a mi hermano, ustedes también tienen sus propios e importantes intereses para buscar a los yatiris. Marta lo explicó muy bien ayer: Efraín y ella llevan toda la vida trabajando en este tema y usted, Gertrude, mantiene la fe en encontrar a unos yatiris no contactados por ningún ser humano desde hace quinientos años. Ése es su precio.
La doctora sonrió.
– Se equivoca, Arnau -dijo con acento misterioso-. Eso es sólo una parte pequeña de mi precio.
Marta y Efraín intercambiaron miradas y leves sonrisas.
– ¿De qué habla, Gertrude? -le preguntó Lola, muy interesada. Su instinto de mercenaria había despertado.
– Desde que entré a formar parte del secreto de los yatiris -empezó a explicar la doctora, abandonando los cubiertos en el plato y arreglándose discretamente el pelo ondulado-, me obsesionó lo que ustedes llaman el poder de las palabras, la capacidad del lenguaje aymara para producir extraños efectos en los seres humanos a través de los sonidos. Como médica, sentí una gran curiosidad y he pasado los últimos años conciliando mi trabajo en Relief con la investigación científica sobre la influencia del sonido en el cerebro. Tengo mi propia teoría sobre el asunto y mi precio, Lola, es descubrir si estoy en lo cierto.
El silencio se hizo alrededor de la mesa.
– Y… ¿cuál es esa teoría? -me atreví a preguntar, intrigado. Aquello prometía.
– Es demasiado aburrido -se excusó ella, desviando la mirada.
– ¡Oh, venga, linda! -protestó su marido-. ¿Acaso no ves que se mueren por saberlo? Tenemos tiempo.
– Cuéntaselo, Gertrude -apuntó Marta-. Lo entenderán perfectamente.
La doctora Bigelow empezó a jugar con unas migas que había sobre el mantel.
– Está bien -dijo-. Si no comprenden algo me lo preguntan.
Con un gesto rápido, cruzó los brazos sobre la mesa y tomó aire.
– Verán -empezó a explicar-, durante los últimos cincuenta años se han realizado grandes avances en el estudio del cerebro humano. Apenas sabíamos nada y, de pronto, todo el mundo empezó a estudiar las cosas que este órgano tan perfecto es capaz de hacer. Actualmente continúa siendo un gran misterio y seguimos utilizando solamente el cinco por ciento de su inmensa capacidad, pero hemos avanzado mucho y somos capaces de trazar un mapa bastante completo de las distintas áreas y funciones. También sabemos que la inmensa actividad eléctrica del cerebro, que emite infinidad de tipos de ondas, provoca que neuronas individuales o grupos de neuronas emitan ciertas sustancias químicas que controlan nuestros estados de ánimo y nuestros sentimientos y, por lo tanto, los comportamientos provocados por los mismos. Estas sustancias, o neurotransmisores, aunque circulan por todas partes, pueden operar en lugares bastante específicos con resultados muy diferentes. Se conocen más de cincuenta neurotransmisores, pero los más importantes son siete: dopamina, serotonina, acetilcolina, noradrenalina, glutamato, y los opiáceos conocidos como encefalinas y endorfinas.
– ¡Un momento! -exclamó Marc, alzando la mano en el aire-. ¿Ha dicho usted que esas sustancias que circulan por nuestro cerebro son las causantes de nuestros sentimientos?
– En efecto, así es -confirmó Gertrude.
– ¡Pero eso es fantástico! -se entusiasmó-. Somos máquinas programables como los ordenadores.
– Y el código que nos maneja son esos neurotransmisores -añadí yo.
– Exacto -confirmó él, cuyo cerebro de ingeniero iba y venía a velocidades cuánticas-. Si escribiésemos con neurotransmisores podríamos programar a las personas.
– Déjenme seguir -nos pidió la doctora Bigelow, con un acusado acento yanqui-. Lo que les estoy diciendo no es una teoría: está científicamente comprobado desde hace muchos años y hoy en día aún sabemos mucho más. ¿Qué le parecería, Marc, si yo le dijera que, estimulando eléctricamente una zona del lóbulo temporal de su cerebro y, por lo tanto, activando ciertos neurotransmisores, puedo provocar que usted tenga una profunda experiencia mística y que esté convencido de que ve a Dios? Pues esto es cierto, está empíricamente comprobado, como también lo es que no se ha encontrado ninguna zona del cerebro donde radique la felicidad, aunque sí las hay para el dolor, tanto físico como anímico, y para la angustia. Si la dopamina circula por su cerebro, usted sentirá placer, pero sólo durante el tiempo que ese neurotransmisor esté activo. Cuando deje de estarlo, la sensación o el sentimiento desaparecerá. Si está muy atareado o muy concentrado en alguna tarea, una parte de su cerebro llamada amígdala, que es la responsable de generar las emociones negativas, permanecerá inhibida. Por eso dicen que mantenerse ocupado cura todos los males. En fin, la cuestión es que tanto el miedo como el amor, la timidez, el deseo sexual, el hambre, el odio, la serenidad, etcétera, nacen porque hay una sustancia química que se activa por una pequeña descarga eléctrica. Siendo más concreta, hay una clase especial de neurotransmisores, los llamados neurotransmisores peptídicos, que trabajan de una manera mucho más precisa y que pueden hacer que cualquiera de nosotros odie el color amarillo, tenga ganas de escuchar música o de leer un libro, o se sienta atraído por los pelirrojos -y terminó mirando a Lola con una sonrisa.
– O tenga miedo a volar -añadió Marc.
– En efecto.
– O sea, que el aymara contiene algún tipo de onda electromagnética -aventuró Proxi con cara de no estar muy segura de ello- que los yatiris saben utilizar.
– No, Lola -denegó Gertrude, agitando su pelo pajizo al mover la cabeza-. Si mi teoría es cierta, y es lo que quiero descubrir con este viaje, se trata de algo mucho más sencillo. Yo creo que el aymara es, con diferencia, la lengua más perfecta que existe. Efraín y Marta me lo han explicado muchas veces y, aunque apenas la entiendo, sé que tienen razón. Pero lo que yo creo es que, en realidad, se trata de un vehículo perfecto para bombardear el cerebro con sonidos. ¿Han visto la típica escena de película en la que una copa de cristal estalla cuando se produce cerca un sonido muy fuerte o muy agudo? Pues el cerebro responde de la misma manera cuando se le bombardea con ondas sonoras.
– ¿Estalla? -bromeó Jabba.
– No. Resuena. Responde a la vibración del sonido. Estoy convencida de que lo que hace el aymara es propiciar que un determinado tipo de ondas puedan ser producidas por los órganos fonadores de la boca y la garganta y que lleguen al cerebro a través del oído disparando los neurotransmisores que provocan tal o cual estado de ánimo o tal o cual sentimiento. Y si lo que activa son los especializadísimos neurotransmisores peptídicos, entonces puede conseguir casi cualquier cosa.