– Ah -dijo-. Un congreso de historiadores. Se está perdiendo su propia fiesta, profesor.
– Examinó con descaro los libros y papeles diseminados sobre la mesa, y por fin levantó la antigua revista de la que Stoichev nos había leído fragmentos de la «Crónica» de Zacarías-. ¿Es éste el objeto de su atención? -Casi sonrió-. Tal vez debería leerlo yo también para cultivarme. Hay muchas cosas que no sé de la Bulgaria medieval. Y su muy atractiva sobrina no está tan interesada en mí como yo pensaba. Le he hecho una proposición muy seria en el extremo más bonito de su jardín y se ha resistido bastante.
Stoichev enrojeció, enfurecido, y dio la impresión de que iba a decir algo, pero ante mi sorpresa fue Helen quien le salvó.
– Mantenga alejadas sus sucias manos burocráticas de esa chica -dijo mirando a Ranov a los ojos-. Ha venido para molestarnos a nosotros, no a ella.
Le toqué el brazo para advertirle de que no encolerizara al hombre. Lo último que
necesitábamos era un desastre político, pero Ranov y ella se limitaron a cruzar una mirada larga y contenida y después los dos desviaron la vista.
Entretanto Stoichev se había recuperado.
– Sería muy útil para la investigación de estos visitantes que les facilitara viajar a Rila – dijo a Ranov con calma-. A mí también me gustaría viajar con ellos. Será un honor para mí enseñarles la biblioteca.
– ¿Rila? -Ranov sopesó la revista-. Muy bien. Ésa será nuestra siguiente excursión. Tal vez sea posible pasado mañana. Le enviaré un mensaje, profesor, para informarle de cuándo podría reunirse con nosotros allí.
– ¿No podríamos ir mañana? -pregunté intentando aparentar la mayor indiferencia.
– Así que tenemos prisa, ¿eh? -Ranov enarcó las cejas-. Hace falta tiempo para arreglar todo eso.
Stoichev asintió.
– Esperaremos con paciencia, y los profesores podrán disfrutar de las bellezas de Sofía hasta entonces. Ahora, amigos míos, hemos gozado de un agradable intercambio de ideas,
pero a Kiril y Metodio no les importará que también comamos, bebamos y seamos felices, como se dice. Venga, señorita Rossi -extendió su frágil mano hacia Helen, quien le ayudó a levantarse-. Déme su brazo para ir a celebrar el día de los profesores y alumnos.
Los demás invitados habían empezado a congregarse bajo el emparrado, y pronto vimos por qué: tres jóvenes estaban sacando instrumentos musicales de sus estuches y acomodándose cerca de las mesas. Un tipo larguirucho con una mata de pelo oscuro estaba probando las teclas de un acordeón blanco y plateado. Otro hombre sostenía un clarinete. Tocó algunas notas, mientras el tercer músico sacaba un tambor grande de piel y una baqueta larga con el extremo cubierto de fieltro. Se sentaron en tres sillas muy juntos e intercambiaron sonrisas,
tocaron unas notas, movieron un poco los asientos. El clarinetista se quitó la chaqueta.
Después se miraron y empezaron a tocar la música más alegre que había oído en mi vida.
Stoichev sonrió desde su trono, detrás del cordero asado, y Helen, sentada a mi lado, me apretó el brazo. Era una melodía que remolineó en el aire como un ciclón y después se adaptó a un ritmo desconocido para mí aunque irresistible en cuanto mis pies le obedecieron. Las notas brotaban de los dedos del acordeonista. Me asombró la velocidad y energía con que tocaban los tres. El sonido arrancó vítores y gritos de aliento de la multitud.
Al cabo de unos pocos minutos, algunos hombres se levantaron, se agarraron mutuamente de los cinturones por debajo de la cintura y empezaron a bailar con la misma alegría de la canción. Sus zapatos lustrosos se levantaron y patearon la hierba. Pronto se les unieron varias mujeres vestidas con recato, que bailaban con el torso inmóvil y tieso, aunque sus pies se movían con celeridad. Los rostros de los bailarines eran radiantes. Todos sonreían como si no pudieran evitarlo y los dientes del acordeonista centelleaban en respuesta. El hombre que se hallaba al frente de la hilera había sacado un pañuelo blanco y lo sostenía en alto para guiarlos, dándole vueltas sin cesar. Los ojos de Helen brillaban mucho, y daba
palmadas sobre la mesa como si no pudiera estarse quieta. Los músicos seguían tocando, mientras los demás les jaleábamos, brindábamos por ellos y bebíamos, y los bailarines no daban señales de rendirse. Por fin, la canción terminó y la fila se dispersó, mientras todos los participantes se secaban el sudor y reían a carcajadas. Los hombres fueron a llenar sus vasos y las mujeres sacaron pañuelos y se retocaron el pelo entre risas.
Entonces el acordeonista volvió a tocar, pero esta vez emitió una serie de notas vibrantes y lentas como un sollozo. Echó hacia atrás su hirsuta cabeza y exhibió los dientes al cantar.
De hecho, era una mezcla de canción y aullido, una melodía de barítono tan desgarradora que mi corazón se encogió al pensar en todas las personas que había perdido en mi vida.
– ¿Qué está cantando? -pregunté a Stoichev para disimular mi emoción.
– Es una canción muy, muy antigua. Creo que debe tener unos cuatrocientos años de antigüedad. Cuenta la historia de una hermosa doncella búlgara que es perseguida por los invasores turcos. La quieren llevar al harén del bajá local, pero ella se niega. Sube a lo alto de una montaña cercana al pueblo y galopan tras ella a lomos de sus caballos. En la cumbre hay un precipicio. Ella grita que prefiere morir antes que convertirse en amante de un infiel y se arroja al abismo. Más tarde aparece un arroyo al pie de la montaña, el agua más pura y deliciosa de aquel valle.
Helen asintió.
– En Rumanía hay canciones de tema parecido.
– Existen en todas partes donde el yugo otomano sojuzgó a los pueblos de los Balcanes – dijo Stoichev muy serio-. En la tradición popular búlgara existen miles de canciones parecidas con diversos temas. Todas son un grito de protesta contra la esclavitud de nuestro pueblo.
El acordeonista debió de pensar que ya había torturado lo bastante nuestros corazones, porque al final de la canción exhibió una sonrisa maliciosa y volvió a tocar música de baile.
Esta vez casi todos los invitados se sumaron a la hilera, que desfiló alrededor de la terraza.
Un hombre nos animó a participar, y Helen le siguió al cabo de un segundo, aunque yo seguí sentado al lado de Stoichev. Disfrutaba mirándola. Captó los pasos del baile al cabo de una breve demostración. Debía llevar en la sangre el don de la danza. Su porte poseía una dignidad innata y sus pies se movían con seguridad. Mientras observaba su forma ágil, con la blusa clara y la falda negra, su rostro radiante rodeado de rizos oscuros, estuve a punto de rezar para que ningún mal se abatiera sobre ella, con la duda de si me permitiría protegerla.
– Bien -dijo-, puesto que contamos con este amable permiso, iremos a la biblioteca.
Besó la mano del abad, inclinó la cabeza y se encaminó hacia la puerta.
– Mi tío está muy entusiasmado -nos susurró Irina-. Me ha dicho que la carta de ustedes es un gran descubrimiento para la historia de Bulgaria.
Me pregunté si la joven conocía las implicaciones de la investigación, las sombras que cubrían nuestro camino, pero me resultó imposible leer algo en su expresión. Ayudó a su tío a salir y le seguimos por las impresionantes galerías de madera que flanqueaban el patio.
Ranov nos pisaba los talones con un cigarrillo en la mano.
La biblioteca era una larga galería del primer piso, que corría casi enfrente de los aposentos del abad. En la entrada nos recibió un monje de barba negra. Era un hombre alto y enjuto, y tuve la impresión de que miraba fijamente a Stoichev antes de saludarnos con un movimiento de cabeza.
– Es el hermano Rumen -explicó el profesor-. Es el bibliotecario actual. Nos enseñará todo lo que necesitemos examinar.
Algunos libros y manuscritos se exhibían en vitrinas con etiquetas explicativas para los turistas. Me hubiera gustado echarles un vistazo, pero nos dirigimos hacia una galería más profunda, que se abría al fondo de la sala. Hacía un fresco milagroso en las profundidades del monasterio, donde ni siquiera las escasas bombillas podían expulsar la profunda oscuridad de los rincones. En este sanctasanctórum, armarios y estantes de madera estaban abarrotados de cajas y bandejas con libros. En una esquina, un pequeño templete albergaba un icono de la Virgen y el Niño, flanqueados por dos ángeles de alas rojas, con una lámpara de oro incrustada de joyas colgando ante ellos. Las antiquísimas paredes eran de estuco enlucido y el olor que nos rodeaba era el perfume familiar de pergaminos, vitela y terciopelo en estado de lenta putrefacción. Me alegró ver que Ranov tenía, al menos, la gentileza de apagar el cigarrillo antes de seguirnos al interior de esta cueva del tesoro.
Stoichev dio una patada en el suelo de piedra como si convocara espíritus.
– Aquí -dijo- están viendo el corazón del pueblo búlgaro. Aquí es donde durante cuatrocientos años los monjes conservaron nuestra herencia, con frecuencia en secreto.
Generaciones de fieles monjes copiaron estos manuscritos o los escondieron cuando los infieles atacaban el monasterio. Esto es un pequeño porcentaje del legado de nuestro pueblo. Gran parte fue destruida, por supuesto, pero estamos agradecidos por la preservación de estos restos.
Habló con el bibliotecario, quien empezó a examinar con detenimiento cajas etiquetadas de los estantes. Al cabo de unos minutos, bajó una caja de madera y sacó de ella varios volúmenes. El de encima estaba adornado con una sorprendente pintura de Cristo (al menos yo pensé que era Cristo), con una esfera en una mano y un cetro en la otra, el rostro nublado de melancolía bizantina. Ante mi decepción, las cartas del hermano Kiril no se hallaban alojadas bajo aquella gloriosa encuadernación, sino en una más sencilla que había debajo, que tenía el aspecto de hueso viejo. El bibliotecario la llevó a la mesa, Stoichev se sentó impaciente y la abrió con deleite. Helen y yo sacamos las libretas y Ranov paseó por la biblioteca como si estuviera demasiado aburrido para estar quieto.
– Recuerdo que aquí hay dos cartas -dijo Stoichev-, y no está claro si existían más o si el hermano Kiril escribió otras que no han sobrevivido. -Indicó la primera página. Estaba cubierta de una apretada caligrafía redondeada, y el pergamino era muy viejo, de un amarillo muy oscuro. Se volvió hacia el bibliotecario para preguntarle algo-. Sí -nos dijo complacido-. Los han mecanografiado en búlgaro, al igual que otros documentos raros de ese período. -El bibliotecario dejó una carpeta delante de él, y Stoichev estuvo callado un rato, mientras examinaba las páginas mecanografiadas y volvía a revisar la antigua caligrafía-. Han hecho un trabajo excelente -dijo por fin-. Se lo traduciré como mejor pueda para que tomen notas.