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Despertó a la luz de un mediodía refulgente, abrió los ojos con tremenda dificultad y apenas logró incorporarse un poco se vio rodeado de cielo y agua. Tardó un buen rato en darse cuenta que estaba de espaldas sobre un gran rollo de cuerdas en la cubierta de un barco. El golpe de las olas contra los costados de la nave repicaba en su cabeza como formidables campanazos. Creía escuchar voces y gritos, pero no estaba seguro de nada, igual podía encontrarse en el infierno. Logró ponerse de rodillas y avanzar a gatas un par de metros cuando lo invadió la náusea y cayó de bruces. Pocos minutos más tarde sintió el garrotazo de un balde de agua fría en la cabeza y una voz dirigiéndose a él en cantonés. Levantó la vista y se encontró ante un rostro imberbe y simpático que lo saludaba con una gran sonrisa a la cual le faltaba la mitad de los dientes. Un segundo balde de agua de mar terminó de sacarlo del estupor. El joven chino que con tanto afán lo mojaba se agachó a su lado riéndose a gritos y dándose palmadas en los muslos, como si su patética condición tuviera una gracia irresistible.

– ¿Dónde estoy? -logró balbucear Tao Chi´en.

– ¡Bienvenido a bordo del "Liberty"! Vamos en dirección al oeste, según parece.

– ¡Pero yo no quiero ir a ninguna parte! ¡Debo bajar de inmediato!

Nuevas carcajadas acogieron sus intenciones. Cuando por fin logró controlar su hilaridad, el hombre le explicó que había sido "contratado", tal como lo había sido él mismo un par de meses antes. Tao Chi´en sintió que iba a desmayarse. Conocía el método. Si faltaban hombres para completar una tripulación, se recurría a la práctica expedita de emborrachar o aturdir de un trancazo en la cabeza a los incautos para engancharlos contra su voluntad. La vida de mar era ruda y mal pagada, los accidentes, la malnutrición y las enfermedades hacían estragos, en cada viaje moría más de uno y los cuerpos iban a parar al fondo del océano sin que nadie volviera a acordarse de ellos. Además los capitanes solían ser unos déspotas, que no debían rendir cuentas a nadie y cualquier falta castigaban con azotes. En Shanghai había sido necesario llegar a un acuerdo de caballeros entre los capitanes para limitar los secuestros a hombres libres y no arrebatarse mutuamente a los marineros. Antes del acuerdo, cada vez que uno bajaba al puerto a echarse unos tragos al cuerpo, corría el riesgo de amanecer en otra nave. El piloto del "Liberty" decidió reemplazar al cocinero muerto por Tao Chi´en -a sus ojos todos los "amarillos" eran iguales y daba lo mismo uno u otro- y después de embriagarlo lo hizo trasladar a bordo. Antes que despertara estampó la huella de su dedo pulgar en un contrato, amarrándolo a su servicio por dos años. Lentamente la magnitud de lo ocurrido se perfiló en el cerebro embotado de Tao Chi´en. La idea de rebelarse no se le ocurrió, equivalía a un suicidio, pero se propuso desertar apenas tocaran tierra en cualquier punto del planeta. El joven lo ayudó a ponerse de pie y a lavarse, luego lo condujo a la cala del barco, donde se alineaban los camarotes y las hamacas. Le asignó su lugar y un cajón para guardar sus pertenencias. Tao Chi´en creía haber perdido todo, pero vio su maleta con los instrumentos médicos sobre el entarimado de madera que sería su cama. El piloto había tenido la buena idea de salvarla. El dibujo de Lin, sin embargo, había quedado en su altar. Comprendió horrorizado que tal vez el espíritu de su mujer no podría ubicarlo en medio del océano. Los primeros días navegando fueron un suplicio de malestar, a ratos lo tentaba la idea de lanzarse por la borda y acabar sus sufrimientos de una vez por todas. Apenas pudo sostenerse de pie fue asignado a la rudimentaria cocina, donde los trastos colgaban de unos ganchos, golpeándose en cada vaivén con un barullo ensordecedor. Las provisiones frescas obtenidas en Hong Kong se agotaron rápidamente y pronto no hubo más que pescado y carne salada, frijoles, azúcar, manteca, harina agusanada y galletas tan añejas que a menudo debían partirlas a golpes de martillo. Todo alimento se regaba con salsa de soya. Cada marinero disponía de una pinta de aguardiente al día para pasar las penas y enjuagarse la boca, porque las encías inflamadas eran uno de los problemas de la vida de mar. Para la mesa del capitán Tao Chi´en contaba con huevos y mermelada inglesa, que debía proteger con su propia vida, como le indicaron. Las raciones estaban calculadas para durar la travesía si no surgían inconvenientes naturales, como tormentas que los desviaran de la ruta, o falta de viento que los paralizara, y se complementaban con pescado fresco atrapado en las redes por el camino. No se esperaba talento culinario de Tao Chi´en, su papel consistía en controlar los alimentos, el licor y el agua dulce asignados a cada hombre y luchar contra el deterioro y las ratas. Debía también cumplir con las tareas de limpieza y navegación como cualquier marinero.

A la semana comenzó a disfrutar del aire libre, el trabajo rudo y la compañía de aquellos hombres provenientes de los cuatro puntos cardinales, cada uno con sus historias, sus nostalgias y sus habilidades. En los momentos de descanso tocaban algún instrumento y contaban historias de fantasmas del mar y mujeres exóticas en puertos lejanos. Los tripulantes provenían de muchas partes, tenían diversas lenguas y costumbres, pero estaban unidos por algo parecido a la amistad. El aislamiento y la certeza de que se necesitaban unos a otros, convertía en camaradas a hombres que en tierra firme no se hubieran mirado. Tao Chi´en volvió a reírse, como no lo hacía desde antes de la enfermedad de Lin. Una mañana el piloto lo llamó para presentarlo personalmente al capitán John Sommers, a quien sólo había visto de lejos en la escotilla de mando. Se encontró ante un hombre alto, curtido por los vientos de muchas latitudes, con una barba oscura y ojos de acero. Se dirigió a él a través del piloto, quien hablaba algo de cantonés, pero él respondió en su inglés de libro, con el afectado acento aristocrático aprendido de Ebanizer Hobbs.

– ¿Me dice mister Oglesby que eres alguna clase de curandero?

– Soy un "zhong yi", un médico.

– ¿Médico? ¿Cómo médico?

– La medicina china es varios siglos más antigua que la inglesa, capitán -sonrió suavemente Tao Chi´en, con las palabras exactas de su amigo Ebanizer Hobbs.

El capitán Sommers levantó las cejas en un gesto de cólera ante la insolencia de aquel hombrecillo, pero la verdad lo desarmó. Se echó a reír de buena gana.

– A ver, mister Oglesby, sirva tres vasos de brandy. Vamos a brindar con el doctor. Éste es un lujo muy raro. ¡Es la primera vez que llevamos nuestro propio médico a bordo!

Tao Chi´en no cumplió su propósito de desertar en el primer puerto que tocara el "Liberty", porque no supo dónde ir. Regresar a su desesperada existencia de viudo en Hong Kong tenía tan poco sentido como seguir navegando. Aquí o allá daba lo mismo y al menos como marinero podría viajar y aprender los métodos de curar usados en otras partes del mundo. Lo único que realmente lo atormentaba era que en ese deambular de ola en ola, Lin tal vez no podría ubicarlo, por mucho que gritara su nombre a todos los vientos. En el primer puerto descendió como los demás con permiso para permanecer en tierra por seis horas, pero en vez de aprovecharlas en tabernas, se perdió en el mercado buscando especias y plantas medicinales por encargo del capitán. "Ya que tenemos un doctor, también necesitamos remedios", había dicho. Le dio una bolsa con monedas contadas y le advirtió que si pensaba escapar o engañarlo, lo buscaría hasta dar con él y le rebanaría el cuello con su propia mano, pues no había nacido todavía el hombre capaz de burlarse impunemente de él.

– ¿Está claro, chino?

– Está claro, inglés.

– ¡A mí me tratas de señor!

– Sí, señor -replicó Tao Chi´en bajando la vista, pues estaba aprendiendo a no mirar a los blancos a la cara.

Su primera sorpresa fue descubrir que China no era el centro absoluto del universo. Había otras culturas, más bárbaras, es cierto, pero mucho más poderosas. No imaginaba que los británicos controlaran buena parte del orbe, tal como no sospechaba que otros "fan güey" fueran dueños de extensas colonias en tierras lejanas repartidas en cuatro continentes, como se dio el trabajo de explicarle el capitán John Sommers el día en que le arrancó una muela infectada frente a las costas de África. Realizó la operación limpiamente y casi sin dolor gracias a una combinación de sus agujas de oro en las sienes y una pasta de clavo de olor y eucalipto aplicada en la encía. Cuando terminó y el paciente aliviado y agradecido pudo terminar su botella de licor, Tao Chi´en se atrevió a preguntarle adónde iban. Lo desconcertaba viajar a ciegas, con la línea difusa del horizonte entre un mar y un cielo infinitos como única referencia.

– Vamos hacia Europa, pero para nosotros nada cambia. Somos gente de mar, siempre en el agua. ¿Quieres volver a tu casa?

– No, señor.

– ¿Tienes familia en alguna parte?

– No, señor.

– Entonces te da lo mismo si vamos para el norte o el sur, para el este o el oeste, ¿no es así?

– Sí, pero me gusta saber dónde estoy.

– ¿Por qué?

– Por si me caigo al agua o nos hundimos. Mi espíritu necesitará ubicarse para volver a China, sino andará vagando sin rumbo. La puerta al cielo está en China.

– ¡Las cosas que se te ocurren! -rió el capitán-. ¿Así es que para ir al Paraíso hay que morir en China? Mira el mapa, hombre. Tu país es el más grande, es cierto, pero hay mucho mundo fuera de China. Aquí está Inglaterra, es apenas una pequeña isla, pero si sumas nuestras colonias, verás que somos dueños de más de la mitad del globo.

– ¿Cómo así?

– Igual como hicimos en Hong Kong: con guerra y con trampa. Digamos que es una mezcla de poderío naval, codicia y disciplina. No somos superiores, sino más crueles y decididos. No estoy particularmente orgulloso de ser inglés y cuando tú hayas viajado tanto como yo, tampoco tendrás orgullo de ser chino.

Durante los dos años siguientes Tao Chi´en pisó tierra firme tres veces, una de las cuales fue en Inglaterra. Se perdió entre la muchedumbre grosera del puerto y anduvo por las calles de Londres observando las novedades con los ojos de un niño maravillado. Los "fan güey" estaban llenos de sorpresas, por una parte carecían del menor refinamiento y se comportaban como salvajes, pero por otra eran capaces de prodigiosa inventiva. Comprobó que los ingleses padecían en su país de la misma arrogancia y mala educación demostrada en Hong Kong: lo trataban sin respeto, nada sabían de cortesía o de etiqueta. Quiso tomar una cerveza, pero lo sacaron a empujones de la taberna: aquí no entran perros amarillos, le dijeron. Pronto se juntó con otros marineros asiáticos y encontraron un lugar regentado por un chino viejo donde pudieron comer, beber y fumar en paz. Oyendo las historias de los otros hombres, calculó cuánto le faltaba por aprender y decidió que lo primero era el uso de los puños y el cuchillo. De poco sirven los conocimientos si uno es incapaz de defenderse; el sabio maestro de acupuntura también había olvidado enseñarle aquel principio fundamental.

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