En la casa de Levin, desierta desde hacía mucho tiempo, había ahora tanta gente que casi no quedaba una habitación libre. Casi todos los días la vieja princesa, al sentarse a la mesa, contaba a los comensales, y ponía a comer aparte al nieto que hacía el número trece. Kitty, que se había convertido en una diligente ama de casa, se las veía y se las deseaba para abastecerse de pollos, pavos y patos con los que satisfacer el apetito de lobo de los veraneantes, grandes y pequeños.
Toda la familia estaba ya a la mesa. Los hijos de Dolly, la institutriz y Várenka hacían planes para ir a buscar setas. Serguéi Ivánovich, que gozaba entre los invitados de un respeto rayano en la admiración por su inteligencia y conocimientos, sorprendió a todos mezclándose en esa conversación.
—Llévenme con ustedes. Me gusta mucho recoger setas —dijo, mirando a Varvara—. 99En mi opinión, es una ocupación muy agradable.
—Pues claro. Con mucho gusto —respondió ésta, ruborizándose.
Kitty y Dolly cambiaron una mirada significativa. La proposición de ese hombre inteligente y erudito de ir a buscar setas con Várenka confirmaba ciertas sospechas que albergaba Kitty en los últimos tiempos. Temiendo que reparasen en su mirada, se apresuró a dirigirle la palabra a su madre. Después de la comida Serguéi Ivánovich se sentó con su taza de café al pie de la ventana del salón y prosiguió una conversación iniciada con su hermano, sin dejar de mirar a la puerta, por la que debían salir los niños. Levin se había sentado en el alféizar, al lado de su hermano.
Kitty estaba de pie, a pocos pasos de su marido, esperando con impaciencia el final de esa aburrida conversación para decirle algo.
—Desde que te has casado has cambiado mucho, y además para mejor —dijo Serguéi Ivánovich, que no parecía demasiado interesado en la charla, y a continuación dedicó una sonrisa a Kitty—. Pero sigues fiel a tu costumbre de defender las teorías más paradójicas.
—Katia, no te conviene estar de pie —le dijo su marido, acercándole una silla y mirándola con aire significativo.
—Bueno, tengo que dejaros —añadió su hermano, al ver que los niños corrían a su encuentro, precedidos de Tania, que galopaba de lado, con las medias muy estiradas, agitando una cesta y el sombrero de Serguéi Ivánovich.
Tania se acercó con atrevimiento y, con los ojos hermosos y brillantes, tan parecidos a los de su padre, le tendió el sombrero e hizo como si fuera a ponérselo, aunque atenuó el descaro de su gesto con una sonrisa dulce y tímida.
—Várenka le está esperando —dijo, poniéndole el sombrero con mucho cuidado, una vez que la sonrisa de Serguéi Ivánovich le dio a entender que se lo permitía.
Várenka estaba en la puerta, con un vestido de percal amarillo y un pañuelo blanco en la cabeza.
—Ya voy, ya voy, Varvara Andréievna —dijo Serguéi Ivánovich, apurando su taza de café y metiéndose en el bolsillo el pañuelo y la pitillera.
—Qué encantadora es mi Várenka! ¿No es verdad? —le dijo Kitty a su marido en cuanto Serguéi Ivánovich se levantó. Lo dijo de tal forma que éste pudiera oírlo, que era lo que pretendía—. ¡Qué guapa es! ¡Y qué noble es su belleza! ¡Várenka! —gritó Kitty—, ¿iréis al bosque del molino? Nos vemos allí.
—Te olvidas de tu estado, Kitty —objetó la vieja princesa, entrando apresuradamente—. No puedes gritar de ese modo.
Várenka, que había oído la llamada de Kitty y la reprimenda de su madre, se acercó con pasos rápidos y ligeros. La rapidez de sus movimientos, el arrebol que cubría su animado rostro, todo denotaba que le sucedía algo extraordinario. Kitty sabía de qué se trataba y la observaba con atención. Sólo la había llamado para bendecirla mentalmente antes del importante acontecimiento que, en su opinión, se produciría ese día en el bosque.
—Várenka, soy muy feliz, pero lo seré aún más si sucede una cosa —le susurró, dándole un beso.
Várenka se turbó y, haciendo como si no hubiera oído lo que Kitty le había dicho, le preguntó a Levin:
—¿Vendrá usted con nosotros?
—Sí, pero sólo hasta la era.
—¿Y qué vas a hacer allí?
—Tengo que examinar las nuevas carretas y hacer unas cuentas —respondió Levin—. ¿Dónde vas a estar tú?
—En la terraza.
II
Todas las mujeres se reunieron en la terraza. En general, les gustaba sentarse allí después de la comida, pero además ese día tenían cosas que hacer. No sólo confeccionarían fajas y camisitas, de lo que se ocupaban todas, sino que también iban a hacer mermelada siguiendo un método diferente al que empleaba Agafia Mijáilovna, sin añadir agua. Kitty quería introducirlo, pues era el que se empleaba en su casa. Agafia Mijáilovna, encargada hasta entonces de esa tarea, estaba convencida de que nada de lo que se hiciese en casa de los Levin podía estar mal, y había añadido agua a las fresas y a los fresones, asegurando que no se podía hacer de otro modo. Pero la habían cogido con las manos en la masa, y ahora se disponían a preparar confitura de frambuesa a la vista de todos, para demostrarle que no se necesitaba añadir agua para que quedara bien.
Agafia Mijáilovna, el rostro encarnado, la expresión hosca, el cabello en desorden, los delgados brazos descubiertos hasta el codo, daba vueltas al perol sobre el hornillo y miraba con aire sombrío las frambuesas, deseando con toda su alma que se espesaran antes de que acabaran de cocer. La princesa, sabiendo que la cólera de Agafia Mijáilovna se dirigía contra ella, pues era la principal responsable de la introducción de ese nuevo método, hacía como si se ocupara de otras cosas y no se interesara por la mermelada, hablaba de cuestiones distintas, pero no dejaba de mirar el perol con el rabillo del ojo.
—Siempre compro los vestidos de mis criadas en los saldos —dijo la princesa, continuando una conversación ya iniciada—. ¿No cree que debería quitar ya la espuma, querida? —añadió, dirigiéndose a Agafia Mijáilovna—. No tienes por qué ocuparte tú. Hace demasiado calor cerca del fuego —prosiguió, deteniendo a Kitty.
—Lo haré yo —dijo Dolly y, levantándose, removió con mucho cuidado el espumeante almíbar con ayuda de una cuchara. De vez en cuando, para desprender lo que se había pegado, daba golpecitos en un plato, cubierto de una espuma de un amarillo rosado, de la que se escapaba un hilillo de jugo rojo como la sangre. «¡Cómo van a disfrutar los niños a la hora del té!», se decía, recordando que cuando era pequeña se sorprendía de que los mayores no comieran la espuma, que era la parte más exquisita de la mermelada—. Stiva dice que es mucho mejor darles dinero —añadió, reanudando esa interesante conversación sobre lo que convenía regalar a los criados—. Pero...
—¡No se les puede dar dinero! —exclamaron al unísono la princesa y Kitty—. Aprecian los regalos.
—Yo, por ejemplo, el año pasado le compré a nuestra Matriona Semiónovna un tejido que, aunque no era popelín, se le parecía bastante —dijo la princesa.
—Recuerdo que llevaba puesto ese vestido el día del santo de usted.
—Tenía un dibujo precioso, sencillo y de buen gusto. Yo misma me habría hecho uno igual, de no haberlo llevado ella. Algo parecido al de Várenka. Bonito y barato.
—Bueno, creo que ya está lista —dijo Dolly, dejando que el almíbar se escurriera de la cuchara.
—Cuando se formen grumos, estará en su punto. Cuézalo un poco más, Agafia Mijáilovna.
—¡Estas moscas! —dijo el ama de llaves con irritación—. Quedará igual —añadió.
—¡Ah, qué bonito! ¡No lo asustéis! —exclamó Kitty de repente, contemplando un gorrión que se había posado en la barandilla y se había puesto a picotear el rabo de una frambuesa, después de darle la vuelta.
— A propos de 100Várenka —dijo Kitty en francés, como hacían todas ellas cuando no querían que Agafia Mijáilovna se enterara de lo que estaban hablando—. Por alguna razón, maman, espero que hoy se resuelva todo. Ya sabe a lo que me refiero. Sería maravilloso.